sábado, 20 de marzo de 2010

Norman Foster quiere hacer un poblado de viviendas ecológicas en Abu Dhabi, donde, por cierto, la crisis económica amenaza con paralizar la megalomanía futurista de la capital de los Emiratos Árabes Unidos. La desinformación y los buenos oficios de la mercadotecnia que acompaña al arquitecto estrella británico allá donde va pueden hacer suponer engañosamente que esa idea ingeniosa fuera nueva. Pero que no es inédita lo prueba el hecho de que en el sur de Tenerife hace once años que viene construyéndose, paciente y mimosamente, y sin apenas publicidad, una urbanización basada en el aprovechamiento pasivo de las energías renovables.

Las casas sostenibles del planeta que simbolizan la utopía de un paraíso residencial sin CO2 fueron ideadas, por tanto, hace más de una década, en una isla, Tenerife, que, abocada a menudo a precipicios que conducen a las vanguardias, tuvo la visión de convocar un concurso internacional, en el que participaron cerca de cuatrocientos estudios de arquitectura, nada menos, bajo el requisito de no contaminar el medio ambiente en lo más mínimo. Casas de Al Gore anteriores a Al Gore, a su ‘verdad incómoda’ y a su Nobel.

El idealismo de estas casas bioclimáticas, al fin inauguradas el pasado viernes, en los terrenos del Instituto Tecnológico de Energías Renovables (ITER) de Granadilla de Abona (Tenerife), merecerá, a buen seguro, alguno de los reconocimientos previsibles como corresponde a toda propuesta que se adelanta a su tiempo. Esto fue pensado hace once años y sonaba a una extravagancia de iluminados de un mundo sin contaminación.

Son las casas de Kioto, coetáneas del protocolo que firmó en 1997 un puñado considerable de países industrializados para reducir la emisión de gases causantes del efecto invernadero. Cada casa es arquitectónicamente distinta, y todas se miran sin reconocerse en veinticinco espejos, un completo puzle de piezas inconexas que, en su absoluta falta de parecido, basan precisamente su secreto y su sincretismo. Estas maravillas singulares de arquitectos diferentes que han ido naciendo y creciendo, en efecto, en voz baja, hasta ser culminadas, son ya iconos de un siglo que se reconcilia con el medio ambiente, casas aisladas térmicamente para evitar pérdidas de frío o de calor, casas sin ruido, de luz natural, de ventanas alzadas y tragaluces, casas que se suministran del sol y el viento y son autosuficientes energéticamente.

Westerdahl acariciaba una idea en el siglo pasado, poder invitar a artistas y científicos a su isla para que se alojaran temporalmente y pudieran crear en un entorno confortable y limpio. Ricardo Melchior, antes de presidir el Cabildo de esa isla, me contó una vez un sueño por el estilo, que albergaba a partir de una conversación con un científico amigo intrigado por venir a un sitio aislado a descansar y poner a trabajar la imaginación.

Un sitio que parece imaginario en una isla que parece inventada dentro de otra isla que ya no se parece a sí misma, existe, se puede visitar y, lo que es más tentador, pronto se podrá habitar en régimen de alquiler por períodos cortos. El propio Foster haría bien viniendo a vivir unos días a una de estas casas bioclimáticas que piensa imitar al sureste del Golfo Pérsico.

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