La poesía de Wislawa Szymborska, su esencialismo, cayó en mis manos por casualidad hace ya una quincena de años. Y enseguida te atrae, es como un imán. Sus versos sencillos y fertilizantes arraigan en uno, le dejan intranquilo con la sabiduría de no dejar que nada pase desapercibido; esta mujer se asoma a la ventana y nos cuenta la vida cotidiana como una niña eterna mirándolo todo. Una vez leída, queda para hacernos compañía durante meses y a veces años, hasta el siguiente poemario. De manera que esperas a que diga algo. Algo sin límites, es poeta precisa, desentendida de adjetivos, transparente como una taza de agua con migas de pan al fondo. Minimalista. Y nunca nos dirá sólo algo, es como si siempre nos dijera todo lo que tuviera que decir en pocas palabras y no se quedara corta.
Cada nuevo libro suyo es como un hallazgo. Tengo en las manos el último de Szymborska, titulado: ‘Aquí’. La misma simplicidad magnética. Cuenta en su primer poema que ‘aquí’, en la Tierra (donde ella escribe, claro), hay bastante de todo. Hay mucha ignorancia. Por los sueños no se paga. La gente es mala y la gente es buena. Hay de todo. Pañuelos para las lágrimas. Y éste es un planeta en que el vamos de gira por una galaxia y todo es tan vertiginoso que la Tierra ni se mueve. La poeta nos cuenta en su libro lo que le da vueltas en la cabeza. Y lo que ve. En la calle ve caras de segunda mano, célebres rostros repetidos, un Arquímedes en vaqueros o Catalina la Grande con ropa de rebajas, Moctezuma, Confucio, Nabucodonosor y Semíramis hablando en inglés, “miles de millones de caras en la superficie del mundo”, como si la Naturaleza, con prisas, fuera pescando “lo que anda sepultado en el espejo del mundo”.
Ah, una cosa. Szymborska es una señora de edad, que vive sola en su apartamento de Cracovia, y escribe poemas desde hace más de medio siglo con la invariable lucidez de una mujer invisible que se queda con todo y deja caer unos versos como huellitas al pasar. Uno la lee con gusto y desconsuelo temiendo que sus pocas páginas se terminen dejándonos con ganas de más. ‘Aquí’ conversa (es el verbo exacto) con una idea. “Muy bien –le digo-, quédate, hablemos./Tienes que contarme más de ti”. Habla con ella misma, con la adolescente que fue, desmerece en ese autodiálogo sus propios poemas juveniles, salva algunos, “el resto no augura nada bueno”. Se cansa de lo vivido con recuerdos que puebla de muertos. “Soy mal público para mi memoria”.
Reclaman su atención los seres diminutos, los mínimos o ínfimos que sólo distingue el microscopio, carecen de entrañas, y “no saben qué es el sexo, la infancia, la vejez”. “Hace ya tiempo”, nos confiesa, “que quería escribir sobre ellos,/ pero es un tema difícil…/y quizá digno de un mejor poeta,/todavía más sorprendido que yo por el mundo./Pero el tiempo apremia. Escribo”. Lo que le importa a ella no es lo importante, lo importante es la importancia que le da a las foramníferas, por ejemplo. “Tocar objetos que se encuentran cerca”, “escuchar voces al alcance del oído”, antes de salir de viaje.
Al cabo de los años vividos, le asaltan las molestas predicciones sobre el mundo, arrastrado por una ola de terrorismo o de violencia mezquina. Los terroristas se pasan los días “pensando cómo matar por matar/y a cuántos matar para matar muchos.” Fuera de eso, comen, rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros, “hablan por teléfono rascándose el sobaco”, “si son mujeres compran compresas”… “y duermen apaciblemente hasta el amanecer/-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.”
No le falta humor –ni mucho menos- a doña Wislawa: objeta de Proust sus siete tomos de ‘A la busca del tiempo perdido’, sin mencionar el título de la macronovela del legendario autor francés. Ella vendería esa obra interminable en las librerías con un mando a distancia, para, cuando nos apetezca, en un alto de la lectura, “cambiar a un partido de fútbol/o a un concurso donde ganar un volvo”. Szymnborska, la sucinta –como el breve Monterroso, al que echamos de menos, ¡fue tan reducida su producción!-, es traviesa con Proust, “ése”, que “al parecer escribió en la cama un montón de años”, y, en la íntima disconformidad con su ironía ‘versada’ en lecturas de menor longitud, uno piensa, después de todo, que poeta y novelista habrían hecho amistad. Quizá Proust le envidiaría a la polaca el Nobel, y ella la belleza infinita de su prosa, como sus propios versos dejan entrever.