Si las escabrosas noticias que han salido a la luz, desde que el juez levantó el secreto del sumario a las partes, sobre el llamado ‘caso del kárate’ de Las Palmas de Gran Canaria son todas ciertas tal cual, ya podemos darnos por condenados bajo la mirada del ojo crítico que en toda Europa persigue con razón a uno de sus peores demonios familiares: la pedofilia.
El monstruo de Amstetten nos conmocionó por la sórdida historia de un padre incestuoso que enterró en vida a una hija en el zótano de su casa donde violarla a su antojo y engendrar una descendencia maldita cautiva en el mismo subsuelo.
Los abusos sexuales, en general, desatan la ira de la sociedad civilizada que condenó al pederasta belga Marc Dutroux en los 90 y ahora a la Iglesia por las 3.000 mil víctimas identificadas por el fiscal del Vaticano. La liberación de Natascha Kampusch tras 8 años en un zulo después de ser secuestrada de niña, indignó a la opinión pública por el daño irreparable del crimen cometido con una menor.
Buscan de nuevo con vida a Sara y Yeremi, cuyo paradero se vinculó antes a la actuación de posibles pedófilos, bajo una ola criminal en la España contemporánea.
El caso del kárate de Las Palmas va a ser objeto de uno de esos culebrones, dentro y fuera del país, sobre las más depravadas conductas humanas de este siglo. Más de medio centenar de personas, menores y mayores de edad –muchas de ellas sometidas a abusos hace lustros- ofrecen testimonios estremecedores sobre el régimen de perversión sexual bajo la disciplina implantada por los responsables.
El juez Parramón ha interrogado a las víctimas y de su relato se desprenden pormenores escalofriantes de una doble vida que asombra por su hermetismo. Asistiremos a las revelaciones de este macroescándalo. Y, de antemano, suponemos las reservas que el mismo generará en muchos padres que han confiado a sus hijos a monitores de cualquier actividad deportiva extraescolar sin abrigar ninguna clase de sospecha.
Desembocamos en un tipo de sociedad irremediablemente desconfiada del prójimo. Levantaremos los muros correspondientes y haremos añicos las reglas de la convivencia que hemos conocido hasta ahora, si no lo remedian nuevos medios y medidas de seguridad y protección en las relaciones sociales vigentes, tan válidos y eficaces como para liberarnos con éxito de estos miedos racionales por la integridad de nuestros hijos.