Como el Breton del surrealismo culinario, Ferran Adriá pisa la isla de Tenerife a estas horas para apadrinar los premios gastronómicos de Diario de Avisos. Es tal la macrodimensión cultural y socioeconómica que ha adquirido la propuesta creativa del chef catalán, que su presencia entre nosotros debería cobrar la relevancia que merece la llegada de un visitante icono que trasciende el carácter ordinario de cualquier otra estancia ilustre. Ésta, la de Adriá, se produce en un momento clave en su biografía, tras el reciente anuncio que hizo del cierre bianual de elBulli (2012-2014), la meca de su cocina, con el objeto de poder pensar.

Adriá es la vanguardia del arte culinario arribando a la isla de la vanguardia artística de los años 30, que el pope francés consagró como “la isla surrealista”. Adriá ha sido comparado con Picasso, lo que implica, más allá de las equivalencias entre genios, una condición creativa que nadie niega a sus ‘deconstrucciones’ o menestras de verduras en textura, a todo el orbe de su cocina molecular, sus espumas de judías blancas con erizos y su mousse de humo, sus polvos helados y gelatinas calientes, sus esferificaciones y liofilizaciones, y todo el minimalismo ascético de la cocina oriental que le llevará a vivir una temporada en China cuando clausure temporalmente su templo sagrado de Roses (Girona).

Admiro a este personaje inverosímil (uno de los diez más innovadores del planeta, según la revista Time en 2004) por su carisma sencillo y su osadía calculada. No estamos ante un cocinero que se ha vuelto loco, estamos ante una cabeza que cocina ideas revolucionarias sobre el modo de dar de comer al mundo para que cambie el modo de pensar. España no lo había conseguido nunca antes, y Europa apenas a través de Francia. Pero Europa y el mundo se han rendido ante Adriá (como hizo, el primero, el pope francés Robuchon, que lo designó heredero y sucesor cuando se jubiló a los 50 años), porque es un inventor con dos redaños, capaz de alterar el sentido del gusto y del humor de un comensal inteligente.

Ferran Adriá es una celebridad, de paso por Tenerife, que, a buen seguro, conoce la cocina nuestra desde mucho antes de convertirse en faro de generaciones de chefs. Intuyo que su anfitrión, Manuel Iglesias, periodista y crítico de avituallamiento como el otro gran ‘manolo’ (Vazquez Montalbán), le habrá puesto al día. Adriá, de vuelta de muchas aventuras, viaja de aquí para allá (pronto impartirá un curso en Harvard), divulga, cuenta, explica la razón de ser del éxito del sincretismo de la cocina española a caballo de la tradición y la vanguardia. Si ganamos para la causa a este embajador de la ciencia y la alimentación (en ésas anda con su amigo Valentí Fuster) y lo atraemos a nuestra orilla, donde la astronomía y la gastronomía se dan la mano (como prueban los platos flotantes del cocinero Diego Schattenhofer, el ingeniero Bertrand Lefort y el astrofísico Herve Bouy en el hotel Villa Cortés de Playa de las Américas), quién sabe si acabaríamos dando con la nueva cocina atlántica, entre papas arrugadas, mojo de cilantro y cherne. Trato de decir que nos debe importar mucho que nos visite este padre universal de la cocina española del siglo XXI, que comenzó, como casi todos, de friegaplatos y quiso ser futbolista, porque su ídolo era Cruyff y aún no sabía que le estaba reservado ser Ferran Adriá, la estrella que Warhol habría querido retratar junto a Marylin y Mao Tse Tung. Hincha del Barça, llega a la isla que le ‘regaló’ a su ídolo nada menos que dos ligas. Nos debe un menú.

Cuando Santi Santamaría, en un ataque de celos, se metió, en un libro descorazonador (‘La cocina al desnudo’), con Adriá por emplear productos presuntamente tóxicos en su organología de platos emocionales, fue como si resucitara la rivalidad de Salieri con Mozart, en la confianza de que ningún Pushkin poemice (o polemice) un desenlace fatal en la disputa de fogones y tragaldabas. Todo apunta a que Adriá pasa olímpicamente de Santamaría y con esa indiferencia lo deja ‘al desnudo’. Para conocer el colosal pasotismo de este Einstein del big bang gastronómico, sépase que habita un apartamento de 50 metros cuadrados en un barrio normalito de Barcelona y que va al Nou Camp, cuando ‘toca’ la orquesta de Guardiola, a abuchear, si tercia, al árbitro con un bocadillo de butifarra en la mano.

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