El Ministerio de Defensa español acaba de decidir, mediante decreto (ese BOE es el eterno motorista de los tiempos de Franco, amanece y más de uno no lo cuenta), prescindir de los servicios de las palomas mensajeras. Las considera una antigualla como medio de transmisión, una reliquia superada por los modernos tiempos virtuales. Pero los militares se han valido históricamente de la labor (callada, por supuesto) de estas fieles telegrafistas curtidas en misiones de vida o muerte.
No sólo han mantenido el pico cerrado, sino que se han jugado el físico cruzando las líneas de fuego en los grandes conflictos sin rechistar. Con las palomas nos hemos ido enemistando progresivamente. De la paloma picassiana de la paz a la rata con alas de los Simpsons media una enorme ingratitud. Han cumplido su papel con creces y se les jubila y maldice porque molestan con sus letanías de zureos, cagan en las fachadas de los edificios nobles o contaminan al prójimo con los múltiples parásitos de sus plumas, pero las hemos hecho competir y enjaulado, las hemos adiestrado para surcar mares y saltar entre continentes con versos tiernos de amor en columbogramas adheridos a sus patitas, y cuando lucubramos dónde se haya nuestra sepultura les dedicamos la ‘casida de las palomas oscuras’, de Lorca: “Por las ramas del laurel/vi dos palomas desnudas./La una era la otra/y las dos eran ninguna”.
Nos olvidamos de un ‘plumazo’ de la paloma de Noé, la primera periodista del mundo que regresó al arca llevando una rama verde de olivo con la noticia de que la vida era de nuevo posible sobre la tierra tras el Diluvio, porque las aguas habían descendido su caudal. Veo las imágenes del tsunami que siguió al terremoto chileno, las casas, los coches, los muebles y los árboles arrastrados por las olas avasalladoras a través de las anchas avenidas, y las personas encaramándose a lo más alto para salvarse, y me acuerdo del vuelo despavorido de las palomas premonitorias de seísmos, de la mascota idílica de Afrodita y el medio millón de palomas combatientes que sirvieron en la II Guerra Mundial: de Winnie, la paloma que recibió la medalla al valor por salvar a la tripulación de un torpedero británico que la soltó como última baza tras un amerizaje de emergencia al ser alcanzado por los alemanes.
Chile y los nuevos diluvios recuerdan a la paloma mensajera de Noé. El maremoto de Chile es una cura de humildad. Un barco clavado en mitad de una calle, rodeado de casas derruidas o malamente en pie, en medio del desierto de un barrio arrasado sin un alma transitándolo. No es el barco bíblico, sino uno cualquiera que salió despedido lejos del mar por una ola que enloqueció tras abrirse por dentro la tierra. Las palomas que sobrevolaron durante siglos catástrofes y contribuyeron a rescates y evacuaciones e intercambios entre hospitales en los extremos más insospechados del mundo se adivinan en esas imágenes. Un coche rojo con una familia a bordo, perseguido por una ola furiosa, es alcanzado y sus ocupantes succionados por la bestia. Queda el río de sangre flotando en sí mismo y a un lado, ya cadáver, el sedán rojo que dejó de huir nos mira. En la foto no se ven, pero ya se presiente que vuela con ellas la mala noticia.
Las enviamos a la guerra. Fueron las espías perfectas de la historia bélica universal, desde los egipcios a los europeos fratricidas del siglo XX; los correos más audaces y escurridizos que no se dejaban interceptar fácilmente; las lanzaban en paracaídas tras las líneas alemanas y muchas fueron capturadas y aniquiladas por el enemigo, pero otras muchas regresaron con vida portando la valiosa información.
Bastó que inventáramos la telegrafía sin hilos y se empezaron a olvidar sus gestas, sus gestos humanitarios, su heroísmo ejemplar. Eran viejas periodistas obsoletas, caducas comunicadoras de un tiempo pretérito. Los avances de la telefonía, el fax, la televisión, los satélites y, por último, Internet, fueron minando su protagonismo histórico, su razón de ser milenaria, y pasaron al olvido, proscritas, en la era de la jaula global. Quedaban lejos las épocas de gloria y feliz mensajería, cuando los griegos las designaron enviadas especiales y, de ciudad en ciudad, iban alegremente anunciando los nombres de los ganadores de los Juegos Olímpicos.
Gracias a las nuevas tecnologías actuales, fluyen mensajes en boca de otras palomas invisibles, que son como los fantasmas de las viejas palomas mensajeras que pasaron a mejor vida. Pero un día o una noche, una tormenta paraliza la ciudad, bloquea los sistemas de comunicación, se apagan los ordenadores, oscurecen las calles y los edificios, y en medio del cero energético resulta entonces imposible enviar noticia alguna a ninguna parte. Se abren las jaulas y regresan a su oficio eterno resucitando de las tumbas del decreto que las jubiló.
Hemos matado al mensajero.