lunes, 01 de marzo de 2010

La batalla del telescopio se libra esta semana en la cúpula científica del Observatorio Europeo Austral (ESO), que se reúne en Alemania el miércoles y el jueves para tomar una decisión que despeje el horizonte de las candidaturas. De las distintas opciones que baraja esta asociación de 14 países europeos, todo parece indicar que sólo dos, La Palma y Chile, al parecer empatadas técnicamente, se disputan la sede del Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT).

Del conjunto de pros y contras de cada una de estas dos alternativas se viene hablando desde hace tiempo con el fin de arrimar el ascua a la sardina del lobby pertinente (chileno, en todo caso, ante la ausencia de instinto proselitista alguno por parte de España). El cerro Armazones, al sureste de la ciudad de Antofagasta, en el desierto de Atacama, enarbola su récord de noches de observación limpia (350, según su estadística más favorable), la proximidad al Observatorio Paranal (donde auscultan el cielo cuatro telescopios de 8 metros de diámetro), su altitud, temperatura y bondades naturales en el hemisferio sur entre la cordillera de la costa y la andina, que detienen las nubes del Pacífico y el Atlántico. Amén de que Chile viene siendo durante casi medio siglo, el mirador preferente de ESO, que cuenta allí con varios telescopios predecesores de la última generación de grandes catalejos.

Canarias es, por tanto, una intrusa emergente que disgusta a Chile, pero que la ciencia agradece. Desde que el Observatorio del Roque de los Muchachos alojó en las cumbres de Garafía el mayor telescopio hasta el momento, el Grantecán (algo más de 10 metros de diámetro), pasó a formar parte del club de élite llamado a aspirar por derecho propio al E-ELT (un espejo primario de 42 metros de diámetro divididos en 906 segmentos hexagonales), que se empezará a construir en 2011 y entrará en funcionamiento en 2018, con el fin de responder a la inmemorial pregunta de si estamos solos en el universo o hay vida extraterrestre en algún planeta extrasolar. Llegados a este punto, la Astronomía hace suyas, sin rodeos, parcelas que parecían condenadas a recluirse en la paraciencia, y confía en poder averiguar, con los nuevos instrumentos gigantes de investigación, si otros seres conviven con nosotros en el ‘espacio’ común y cabe establecer algún tipo de contacto inteligente. Conviene recordar que, pese a todos los conocimientos adquiridos acerca del universo, la mayor parte del mismo no ha podido ser explicada aún, y de ahí que sigamos denominándola como materia y energía oscuras.

El cielo palmero está protegido por ley aprobada en el Parlamento canario (en La Laguna, en 1994, presencié cómo una comisión de expertos presidida por el célebre oceanógrafo Jacques Cousteau abrazaba la tesis canaria de preservar el cielo como uno de los derechos humanos de las futuras generaciones); las noches de observación, según los registros más fiables, se asemejan, prácticamente, a las de Chile; carece de minas en su territorio respecto a una de las pegas de este último; las jornadas de calima son contadas; la infraestructura no está por hacer, es de sobra conocida la dotación de que ya goza el Observatorio, y la posibilidad de que los científicos duerman en casa durante los períodos de trabajo abarata los costes.

El factor más sensible es la sismicidad, que ensombrece la oferta chilena. Por desgracia, el terremoto del sábado de más de 8 grados en la escala Richter pone en cuestión las condiciones del aspirante andino, a pocos días de una decisión determinante. Quizá no sea el mejor momento para una elección neutral y sosegada del mejor emplazamiento del mayor telescopio del mundo, y convenga aplazar la última palabra unos meses. En esta tesitura, se impone ayudar antes que ganar a toda costa, y Canarias guarda lazos muy estrechos con América que la acercan continuamente a ella cada vez que pasa algo. Los centenares de muertos en esta ocasión reavivan el antiguo pánico a que la tierra tiemble que recorre todo el litoral del Pacífico, como comprobé personalmente en el verano de 2007 durante el seísmo de Perú.

Es justo que el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) acaricie la idea de contar con el telescopio en disputa, y Europa no acaba de cerrar filas en torno al observatorio que le representa en solitario en esta carrera por la vanguardia de la Astronomía, una rama de I+D en la que tiene todo a favor para tomarle la delantera a EE.UU. y ser líder incuestionable en el mundo. De nuevo, la vieja falta de convicción europea que tanto daño le está haciendo, en la vertiente política, como proyecto plurinacional.

Tanto España como la Unión Europea han mostrado esta vez poco entusiasmo, o no lo han sabido transmitir, por conseguir el mayor telescopio para el mejor observatorio del Hemisferio Norte, ubicado en suelo comunitario. Esta debilidad de partida, frente a una campaña de promoción chilena más perspicaz y madrugadora, es la que ha hecho y hace temer, pese a todos los pesares, por que La Palma, siendo la mejor opción, no las tenga todas consigo. Finalmente, el gobierno español, presionado por el gobierno canario, el Congreso y los medios de comunicación, presentó su candidatura a rebufo de la chilena. La oferta económica dicen que es mejor que aquella otra, y de la voluntad política se sabe poco más que las esporádicas declaraciones ambiguas de la ministra Garmendia, ya que su pasión y confianza por este éxito en particular no es mucha, habida cuenta cierto miedo paralizante, según ha trascendido, a perder una nueva batalla por una sede científica internacional.

Los ministros españoles de Ciencia y Educación no han exhibido nunca, salvo excepciones, demasiada complicidad con los sueños proactivos del director del IAC, Francisco Sánchez, a lo largo de más de tres décadas. Porque los observatorios canarios (Roque de los Muchachos y el Teide) han ido a su aire, gestionados por un consorcio atípico, fuera del encorsetado centralismo científico español. Una herejía insular. Y ahora todo apunta a que ha habido que mover cielo y tierra para que el Ministerio no se durmiera.

Este es un nuevo sueño, pero soñar en grande, como es el caso, implica cada vez mayores riesgos. No han bastado respaldos de grueso calibre (las dos cámaras parlamentarias, el propio Rey, una comisión del Parlamento Europeo, el aval de científicos renombrados) para hacer más creíble la apuesta del Gobierno español. Es evidente, con esta lentitud de movimientos, que de la fe y las ganas oficiales no estábamos sobrados. De ahí que se pueda pensar que el mejor aliado de España haya sido, hasta el momento, por desgracia, un terremoto, que le dé la razón indirectamente apenas. Y apena que así sea.

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