martes, 23 de febrero de 2010

Doña María Rosa Alonso ha tenido una vida duradera y fructífera, gracias a Dios, para no ser creyente. Suele quitarse importancia, aunque estime su longevidad y su obra como dos regalos de la diosa fortuna: “Lo que yo escribo vale poco”, declaró una vez en una entrevista que le hice coincidiendo con el cambio de siglo. Lo que ella escribe no tiene valor y, prueba de que es mucho, el paso del tiempo alarga no sólo su vida sino el alcance de sus libros.

La veterana ensayista iba de niña al colegio ocultado los libros, porque estaba mal visto que las mujeres estudiaran y, peor aún, que pudieran llegar, como ella, a la universidad. Nuestra heroína tacorontera es discípula de Américo Castro y Ortega y Gasset. La pata de que cojea (políticamente) la llevó a exiliarse con disimulo a Venezuela en los años 50, si bien es cierto que en la Universidad de La Laguna tengo entendido que no le hicieron cómoda la labor como docente. Amaba a su tierra como una canaria trasterrada que no dejaba de pensar en ella, hasta que regresó a finales del siglo XX para quedarse. Ha tenido la oportunidad de sobrevivir a toda su generación, para nuestra suerte, que hemos podido disfrutar a su lado de una prórroga sumamente útil para la historia y la cultura insulares en términos de rigor y honestidad.

Va por cien años. Ahora que recibe homenajes en vida y le reeditan las obras (no duden en leer a poco que lleguen a sus manos libros de esta autora como ‘La luz llega del este’, ‘La ciudad y sus habitantes’ y cuantos irán saliendo a la calle, así como los dos tomos publicados por el Gobierno de Canarias con sus ensayos biobibliográficos, ‘Todos los que están fueron’), podemos decir que asistimos al redescubrimiento de una heroína: María Rosa Alonso; los jóvenes actuales oyen hablan de ella por primera vez y comprueban que están ante el mejor candil para guiarse por los pasillos de la historia de la literatura de Canarias y conocer, uno a uno, a sus artífices, de Viana, Cairasco y Viera a Félix Francisco Casanova, sin dejar de frecuentar a Clavijo Fajardo, los Iriarte, Agustín Espinosa, Nicolás Estévanez, Galdós, Millares Carló, Tomás Morales, Alonso Quesada, Ángel Guimerá, Pedro García Cabrera y las mujeres camufladas entre un bosque de hombres que no las dejaban despuntar, como Victorina Bridoux, Chona Madera, la huidiza Carmen Laforet y aquella poetisa que yo siempre recuerdo asomada a la ventana de su casa de Santa Cruz, Pilar Lojendio.

A María Rosa Alonso, que tiene todos los premios de su tierra (desde luego, el Premio Canarias) acaban de dedicarle este domingo 21 de febrero de 2010 el Día de las Letras Canarias, que recuerda la fecha en que nos dejó su admirado Viera y Clavijo. La periodista Olga Álvarez ha estimulado la recuperación de la huella de esta escritora imprescindible, y el reconocimiento oficial que la Viceconsejería de Cultura viene prestándole reconcilia todo aquello que hubiera podido quedar en el tintero entre los canarios y esta paisana ilustre, célebre en vida, portadora de una dignidad reservada que no es exactamente misantropía, sino fobia razonable a la pérdida de tiempo de que es pródiga la novelería de esta época. Doña María Rosa no ha parado nunca de trabajar. Que viva todo el tiempo que le dé la gana y nadie le usurpe la soledad de ave fenix que le ha hecho míticamente feliz.

Comentarios
domingo, 28 de febrero de 2010 - 13:13
Al hilo de su artículo me siento animada a felicitar públicamente a doña María Rosa Alonso, tanto por su centenario como por haber sido designada para el día de las letras canarias, su artículo me estimula a leer alguna obra significativa de esta autora y le aseguro que lo pienso hacer. agradezco que me ponga en el camino de esta simbólica mujer de la que tanto aprenderé a buen seguro.
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