Madrid cierra las puertas de Arco y recibe la colección de arte que el crítico canario Eduardo Westerdahl conformó a lo largo de su vida y donó al Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz. Estos fondos del siglo XX constituyeron en su día uno de los primeros museos de arte en España y sufrieron cierto ostracismo por negligencias y falta de espacio, que ahora, al fin, han querido reparar las instituciones uniendo esfuerzos.
La visita al Museo nacional de Arte Contemporáneo de los cuadros de la pinacoteca de Westerdahl tiene una segunda lectura: amén de mostrar el tesoro de la isla del amigo canario de Breton, permite refrescarle la memoria al círculo hermético de la crítica española, que cuenta entre sus olvidados a este paisano de origen sueco que profesaba un europeísmo avanzado como el de Agustín de Betancourt antes de que la España peninsular saltara la valla de los Pirineos en los años 30.
Westerdahl estaba casado con Maud, ex de Óscar Domínguez y también artista; era un isleño cosmopolita como su mejor amigo, Pérez Minik, con quien se peleaba a menudo para ejercitar la imaginación, como me dijo una vez recordando aquella complicidad legendaria entre los dos popes de la cultura local en constante pique. A Domingo Pérez Minik se lo disputaban los artistas, cuando yo era niño, para que les presentara una exposición. Lo consideraban más asequible que Westerdahl, a quien temían con veneración por la condición histórica de haber sido director de la revista ‘Gaceta de Arte’, la biblia insular de las vanguardias que se interrumpió con la guerra civil.
Tenía tal autoridad incontestable durante la dictadura y la transición que una opinión suya consagraba o hundía al artista de turno para siempre. Por eso había que dosificar los requerimientos a Westerdahl para apadrinar cualquier exposición por si acaso salía el tiro por la culata. Sin embargo, era menos inabordable de lo que se suponía. Mi hermano y yo, en ciernes aún como periodistas, tuvimos la suerte de conocerlos a los dos y de frecuentar sus domicilios como un par de intrusos atraídos por su hospitalidad librepensadora. Y era una gozada escucharles y aprender de ellos.
Westerdahl era amigo de Picasso y se carteaba con los sabios europeos de su siglo, de Becket a André Breton. Su mejor corresponsal en París era el surrealista Óscar Domínguez, cuyos oficios, facilitaron el viaje a Tenerife del poeta y crítico francés y su bella esposa rubia platino Jacqueline, en 1935, a propósito de la primera exposición surrealista en España.
Desde su últimos días de vida en 1983, se echa en falta en los fregados culturales de las islas a aquel profeta de las vanguardias, capaz de bendecirlas y maldecirlas como un Harold Bloom de las artes plásticas de su tiempo, que paseaba la vista sobre los demás mientras fumaba en pipa alegremente.