Decenas de muertos en las inundaciones por la borrasca de Madeira, que nos pasó rozando a los canarios el sábado delante de nuestras narices, confirma que febrero ha sido el mes de los diluvios. Deja tras de sí abiertos los debates familiares de Canarias sobre el estado de las infraestructuras, el sellado de los barrancos, la eficacia premonitoria de los radares y, por último (tras el apagón reincidente del jueves), las condiciones de mantenimiento del sistema eléctrico de Endesa-Unelco. “O hacen las cosas bien, o se marchan”, acaba de decirles (a Unelco Endesa y Red Eléctrica Española) el presidente Paulino Rivero, creo que sin precedentes en la terminología admonitoria que recoge un sentimiento ampliamente popular.
 
Es probable, como se quejaba por la radio una española residente en Funchal, que Madeira esté peor dotada de medios y condiciones de vida que Canarias ante una de estas tormentas torrenciales que han venido encadenadas este invierno. Pero no nos cabe la más mínima autocomplacencia. Borrascas seguirán visitándonos en el futuro con mayor o menor virulencia, como nos visitaron en el pasado durante siglos, y a medida que sigamos habitando el territorio, los peligros serán exponencialmente mayores. Ése es nuestro desafío: dar respuesta a los riesgos naturales (cada vez más catastróficos) con garantías fiables de supervivencia.
 
No basta, como vemos, con disponer de adecuados planes de emergencia a punto, de alertas preventivas y de la colaboración cívica de la gente. Debemos, además, como he dejado escrito aquí alguna vez, fijar los umbrales de crecimiento que nos tolera nuestro espacio insular, limitado nos guste o no. Y uno de los primeros parámetros a dimensionar es el demográfico. O abocamos a la sociedad a un suicidio asistido. ¿Cuántos queremos y nos podemos permitir ser en Canarias de aquí a mediados del siglo XXI? Nadie pone el cascabel a este gato. ¿Por qué se aplaza indefinidamente este debate crucial y se tarda tanto en ponerlo sobre la mesa de modo serio y riguroso? La cuestión poblacional no es, ni debe ser un tema ideológico tabú.
 
Creo, con el biólogo Antonio Carrillo, que esta variable es la más importante que nos compete como ciudadanos de una etapa de la historia de Canarias que nos ha tocado vivir. Un debate inexcusable que está señalando con el dedo a todos. Y por el que mañana nos pedirán cuentas, afligidos sin duda, nuestros hacinados descendientes.
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