miércoles, 17 de febrero de 2010

Las galas, el viento, las pelucas de carnaval, los disfraces multicolores, las lluvias, el ruido, las murgas vociferando, el incombustible Orfeón la Paz, los drags y el entierro de la sardina. Pero también los carneros de El Hierro tiznándote la cara de negro, los buches de Arrecife golpeándote a traición y los Indianos de la Palma bañándote en polvos de talco. La fiesta, el clima, la tradición y el siroco que nos transforma en faunos o mosqueteros, rufianes o pontífices en papa móvil, bajo los efectos de la mandrágora de carnaval. Con la inyección de crisis en vena, esta tregua sin ley viene bien para recargar las baterías, pero la contumacia de la ventisca de amanecida del martes de carnaval levantó los regüeldos de las flatulencias económicas que sufrimos hace ya dos años desde la gran indigestión financiera. Cuesta trabajo esta vez desconectar de la realidad. Hasta los políticos, imitando sus parodias, acuden al Congreso (miércoles, primer debate caliente de la temporada) para simular escenas de ‘en clave de ja’, remedos de king Boxing y vale tudo, con patada a la cara y cabezazos contra la lona, al tiempo que frivolizan con reeditar los pactos de la Moncloa maldita las ganas, haciendo uno de Mr. Bean y otro de ‘Malamadre’ (‘Celda 211’, ganadora de los Goya). El carnaval político dura todo el año, como es sabido. Y el de febrero se va quedando en un plano testimonial, casi ya sin lenguaje exclusivo usurpado por los líderes que usan de él para conseguir titulares a base de gracias, toda vez que las ideas se las guardan bajo siete llaves para no perder votos revelando lo que piensan hacer. De manera que vivimos en un carnaval y en una tormenta permanentes. Y es parte de la tramoya. Cuando llega el temporal de verdad, no le creemos a la alerta y el ventarrón nos levanta el bisoñé con que nos camuflamos y nos falsificamos (también nosotros mismos, ya puestos).

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