Juan decidió quitar unos cuadros en un ángulo de la pared y colocar, como una profanación, un televisor de considerables dimensiones. Para ver fútbol. Era una paradoja inexplicable que, siendo el Arkaba una especie de templo de parroquianos futboleros, no tuviera tele para ver los partidos. Pero, al mismo tiempo, había sido una demostración de poderío, un desaire valiente a la afición: aun sin tele, el cliente de verdad (esto es importante: ser cliente verdadero o falso) no faltaba ‘a misa’. Fue, por tanto, una profanación, pero en 2009 el Barça lo ganaba todo y el Tenerife estaba en Primera. Dos razones más que suficientes para que la pantalla negra cuelgue ahora de la pared como un signo de modernidad en el entrañable museo de copas dadas y recibidas de las vitrinas imaginarias del Arkaba. Hubo una Copa especial hace 25 años. El destino de la cafetería Arkaba fue siempre el de un lugar de encuentro. El día que hace un cuarto de siglo puso en marcha una olimpiada no hizo sino consagrar la voluntad de la clientela más fiel, que sólo concibe el Arkaba como un lugar de encuentro. Y en aquella ocasión, como un lugar de encuentros. Los partidos de baloncesto, voleibol, fútbol sala y dominó consiguieron sacar a Juan (‘Juan, el del Arkaba’) de su feudo inexpugnable, detrás de la barra del local, como si el camarero más popular de la ciudad se convirtiera en ‘Batman’ en lugar de barman y extendiera sus dominios, más allá del bulevar de la Avenida de Anaga, su Gotham City particular, a otros extremos de la ciudad donde se dieran cita los murciélagos, como el Pabellón municipal o la cancha de Cisneros. El Arkaba significa muchas cosas desde el punto de vista de una crónica sentimental de Santa Cruz ‘la nuit’, como gustaba decir a Francisco Pimentel. Es la noche por excelencia, y pese a que la cafetería tenga sus puertas abiertas desde primera hora de la mañana como marcan los horarios de la hostelería. Si el Arkaba es la arcadia de artistas, políticos y periodistas que buscan refugio entre sus paredes junto a alguna calabaza gigante agenciada por Juan o en las mesas de su terraza, como ha venido sucediendo según consta en el libro de oro de este atelier en la avenida y en los libros de fotos editados por Juan Tejera, la olimpiada fue una consecuencia lógica. Juan ‘sirvió’ la ‘Copa’ y el ganador de la competición, el Radio Club liderado por Xuáncar, la alzó en alto. Los periodistas saben jugar limpio y sucio, como es bien sabido, pero aquella olimpiada, salvo anécdotas de banquillo que resultaron jocosamente polémicas, fue, sobre todo, una fiesta de camaradería entre la emisora citada y los periódicos El Día-Jornada y Diario de Avisos, en una época, por cierto, en que los medios de comunicación mantenían, ya no sé por qué, una rivalidad casi irascible. Nadie le discutió los derechos de organización de aquella olimpiada al Arkaba, que es como un castillo avizor frente al muelle, al acecho de cualquier Nelson o pirata osado. Lugar de encuentro de guardia para los fetasianos, y, como decía Pérez Minik –otro santacrucero de mucho cuidado-, parada y fonda de periodistas noctámbulos para tomar la última copa. La otra Copa ya tiene 25 años de antigüedad, toda una efeméride.
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