A Baudelaire se le ocurrió comparar al poeta con el albatros que los marineros suelen cazar para distraerse y burlarse de sus inútiles alas blancas como remos una vez caído sobre las tablas del barco. Ese poeta celeste, “torpe y avergonzado”, tan bello cuando vuela y grotesco al final de sus días, ese “señor del nublo…, exiliado en tierra, sufriendo el griterío”, tiene un problema: “sus alas de gigante le impiden caminar”.
Y no tardó en leer esos versos de las ‘flores del mal’ un poeta joven, bello y exiliado en tierra como Félix Francisco Casanova y aplicárselos como aviso a navegante: ser poeta vivo o muerto. Casanova, al que vi una vez de lejos y al que ya admiraba tan de cerca, se fue de este mundo demasiado pronto, sin tiempo de tener enemigos que tarde o temprano habrían querido darle caza. Porque habría sido, sin duda, el mejor poeta de Canarias y España, a poco que se hubiera dejado. Y no se dejó.
Fue una muerte extraña para casi todos (alguien debe saber, sin duda, la verdad de aquel suceso). Murió en Tenerife el 14 de enero de 1976, con 19 años (nació en La Palma el 28 de septiembre de 1956), en la bañera de su casa por inhalación de gas. Acaso fue un suicidio premeditado, o el necesario accidente que pusiera fin a la vida de un escritor demasiado aventajado para su edad, del que su padre (el también poeta Félix Casanova de Ayala) me dijo una vez que era, sin duda, mejor que él. Decir sólo poeta del ‘Rimbaud’ insular merecería una aclaración, porque también dejó textos en una prosa luminosa que guardaba parentesco con sus versos.
En efecto, eran versos de una facundia deslumbrante -reunidos en la antología póstuma de Hiperión ‘La memoria olvidada (1973-1976), editada en Madrid en 1990-, que regresaban una y otra vez al destino inherente al albatros. “¿Acaso tú, mi querido aire de invierno,/no bostezas como el rey del ajedrez/que espera su decapitación/leyendo a los románticos?” ¿Qué le sucedía a F.F.C.? ¿Qué clase de “placer y de horror” rodaba dentro de su cuerpo (o rondaba dentro de su cabeza)? ¿Qué clase de “locura interior, dura y enorme como una gran roca en el mar” le atormentaba? ¿O eran versos únicamente, literatura a la postre, señuelos de genio precoz con facilidad de palabra para mentir?
Pero si la muerte fue casual, también resultó premonitorio (sospechosamente premonitorio) el último poema que escribió justo un mes antes de caer dormido bajo los eternos vapores del último baño: “Eres un buen momento para morirme”, dedicó con este título a su novia. Y fue su último verso, el que cerró el poema y lo despidió de sus lectores.
Ahora, Demipage reedita su diario de 65 días ‘Yo hubiera o hubiese amado’ y la novela ‘El don de Vorace’ que llevó a cabo con 17 años en 44 días de apoteósica inspiración: la historia de Bernardo Vorace Martín, la memorable introspección del personaje inmorible al borde de una muerte inmortal. Instinto de albatros.
Hoy habría tenido 53 años. Habría escrito decenas de libros importantes (busquen los que pudo escribir, todos invictos). Habría serenado su estilo. Y en la esencia de su prodigioso talento, eligiendo las palabras precisas que le encantaban a Juan Ramón, estoy casi seguro de que agitaría las alas con una sencillez limpia que habría adquirido en Wislawa Szymborska, hasta cimas en que “el viento se te lleve a ninguna parte”. El paraíso donde vuelan los dioses imperecederos.
Lo vi a lo lejos sólo aquella vez. Y sabía quién era. Aquel año (1974) los dos habíamos concursado al prestigioso Julio Tovar, y tuve la suerte de ser finalista. El autor premiado fue Casanova, cuya obra mistral ‘El Invernadero’ nos despeinó a todos (“Hiedra ya aurora,/muerta de frío en las oscuras galerías…”). Teníamos 17 y 16. Él me llevaba un año apenas. De edad. Y miles de años inauditos de ventaja como poeta vigente de todos los tiempos.