miércoles, 03 de febrero de 2010

La borrasca, un nuevo episodio que atribuir por inercia al cambio climático, confirma que estamos en el circuito de las depresiones tropicales de altas temperaturas. Hacía calor y llovía a cántaros, como cantaba en los 70 Pablo Guerrero (“que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”, claro que el cantautor extremeño se refería a la libertad en medio de la noche cavernícola de la secana dictadura). El Gobierno canario elevó la emergencia a nivel 2 para certificar su ámbito archipielágico, y mientras caía la tromba con aparato eléctrico volvían a la memoria urbana de los testigos del 31-M de 2002 en Santa Cruz de Tenerife y La Laguna o el Delta de noviembre de 2005 (cuyo brazo alargado alcanzó a Madeira) el miedo a la indefensión. El miedo.

La borrasca no ha tenido nada de particular, dado que el balance se ciñe a daños materiales y las inundaciones de casas no obligaron a evacuaciones masivas. Fuencaliente, Mazo y Tasarte, estas Navidades pasadas por agua, padecieron un mayor impacto físico, psíquico y emocional.

Con el transcurrir de años y tormentas se nos endurece el corazón a los vecinos del área metropolitana de Tenerife. Esta vez hemos celebrado la ausencia de vientos, que fueron la pesadilla del Delta y la mano homicida de los árboles desvenados de la Avenida de Anaga, cuya imagen de raíces al descubierto era como violar su intimidad. De barro, piedras y contenedores en caprichosa animación chocando con vehículos como en un juego de cochitos locos, estamos acostumbrados. Por suerte, Unelco no dejó a oscuras a cien mil o doscientas mil personas, sino algo más de 27.000. Los pibes de la isla se encontraron con un día libre extra, que, teniendo en cuenta el martes festivo (Día de la Candelaria), era un puente en el diluvio para cruzar el temporal de lado a lado. Y como siempre, la gente sacó la flota a la calle para ir de una esquina a otra y las calles se colapsaron de un tráfico intranquilo. Los taxistas se esfumaron por arte de magia (nunca están cuando se les necesita, protesta el pueblo cuando parece que desaparecen del mapa cada vez que hay una urgencia) como en un número de Coperfield bajo un lienzo gigantesco en un abrir y cerrar de ojos.

Si esperar aguaceros en invierno es lo correspondiente a la estación, conviene, además, repasar la historia de la temperie canaria de los últimos cinco siglos, como hace Javier Arroyo en su estudio retrospectivo, para cerciorarnos de que llueve sobre mojado, de que no estamos ante un fenómeno insólito, ni mucho menos. Si miramos por el retrovisor al siglo XVII, punto de partida de un viaje en el tiempo sobre el tiempo que ha reinado en las islas, vemos caer (como en la violenta exhumación de los laureles de Indias de la Avenida de Anaga) el árbol santo de los herreños, el Garoé, víctima de un huracán, y asistimos al diluvio del preludio del declive del puerto de Garachico, ‘el Diluvio de San Dámaso’ (más de cien muertos, 80 casas y 40 barcos). Cada siglo tuvo sus sequías y tormentas. Las primeras trajeron hambrunas y llevaron emigrantes a América. Las segundas dejaron un rastro de limo y cadáveres en el camino. En el XVIII, el ‘Temporal de Reyes’ en Gran Canaria: tres días de inundaciones. En el XIX, el ‘Temporal de 1826’ (catástrofe meteorológica donde las haya, 253 muertos, que se dice pronto) segó los pies de muchas localidades de Tenerife. En La Orotava, una de ellas, el cartero tocó a la puerta dos veces, la segunda, 40 años más tarde, para destruir el mítico drago que admiraran naturalistas como Humboldt. Hemos estado, siglo tras siglo, envueltos en una atmósfera azarosa, que, a lo largo del XX, provocó inundaciones, nieves a destiempo, temporales y sequías (1948, en El Hierro, una isla castigada por tierra, mar y cielo, fue el famoso ‘año de la seca’, que casi la deja sin un alma), trombas como la del 50, el 56, el 57 (‘La tragedia del Llanito’, en Breña Alta, una treintena de muertos), el 71, el 75 , el 79, el 88, el 89, el 91, el 93… Año a año, se abrían los cielos. El siglo no paró de llover. Y ahora empieza como acabó.

La borrasca del lunes era atlántica y perturbó el oasis insular. Saltaron las tapas de las alcantarillas como en un bombardeo intensivo desde el aire y centenares de rayos, truenos y relámpagos sobresaltaron al común de los canarios con cierta reminiscencia. Los seres humanos estamos preparados para enfrentarnos a enemigos (naturales, para el caso) que den la cara, un incendio por ejemplo. Pero eso de quedarse a haberlas venir por el aire, a la espera de ataques fantasmas y sin bunkers para poner a buen recaudo a la población, se nos revela un peligro demasiado terrible. Así que sea lo que Dios quiera, nos dijimos. Y, acto seguido, se suspendieron los actos del carnaval y la peregrinación a la Patrona, mientras los acuíferos y embalses se frotaban las manos y los bomberos se desdoblaban en las condiciones ideales para hacer honor a su profesión (esa clase de emergencias que ponen a prueba la puesta a punto del cuerpo y, si hiciera falta, de los rescatistas recién llegados de Haití).

La ciudad se desertizó a media tarde y, como el tranvía dejó de funcionar por una avería pasajera, pareció el ‘antiguo’ Santa Cruz de Francisco Martínez Viera, semivacío, con escaso alumbrado público por los apagones selectivos, y las calles quedaron expectantes. Más ciudad dormitorio que de costumbre, al día siguiente olía a barro y a pueblo como en mi infancia en Taganana. La gran paradoja es, viendo las islas ahogarse en un vaso de agua, cómo es posible que vivan codo con codo con el mar (agua de horizonte bien avenida) y no pase casi nunca nada, y basta que se abran los cielos y parezca el fin del mundo. Nos sucederá una y mil veces. El mismo susto justo. Tenemos síndrome de náufragos y pánico intemporal.

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