FEBRERO 2010 ENTRIES
miércoles, 24 de febrero de 2010 - 0:00

Madrid cierra las puertas de Arco y recibe la colección de arte que el crítico canario Eduardo Westerdahl conformó a lo largo de su vida y donó al Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz. Estos fondos del siglo XX constituyeron en su día uno de los primeros museos de arte en España y sufrieron cierto ostracismo por negligencias y falta de espacio, que ahora, al fin, han querido reparar las instituciones uniendo esfuerzos.

La visita al Museo nacional de Arte Contemporáneo de los cuadros de la pinacoteca de Westerdahl tiene una segunda lectura: amén de mostrar el tesoro de la isla del amigo canario de Breton, permite refrescarle la memoria al círculo hermético de la crítica española, que cuenta entre sus olvidados a este paisano de origen sueco que profesaba un europeísmo avanzado como el de Agustín de Betancourt antes de que la España peninsular saltara la valla de los Pirineos en los años 30.

Westerdahl estaba casado con Maud, ex de Óscar Domínguez y también artista; era un isleño cosmopolita como su mejor amigo, Pérez Minik, con quien se peleaba a menudo para ejercitar la imaginación, como me dijo una vez recordando aquella complicidad legendaria entre los dos popes de la cultura local en constante pique. A Domingo Pérez Minik se lo disputaban los artistas, cuando yo era niño, para que les presentara una exposición. Lo consideraban más asequible que Westerdahl, a quien temían con veneración por la condición histórica de haber sido director de la revista ‘Gaceta de Arte’, la biblia insular de las vanguardias que se interrumpió con la guerra civil.

Tenía tal autoridad incontestable durante la dictadura y la transición que una opinión suya consagraba o hundía al artista de turno para siempre. Por eso había que dosificar los requerimientos a Westerdahl para apadrinar cualquier exposición por si acaso salía el tiro por la culata. Sin embargo, era menos inabordable de lo que se suponía. Mi hermano y yo, en ciernes aún como periodistas, tuvimos la suerte de conocerlos a los dos y de frecuentar sus domicilios como un par de intrusos atraídos por su hospitalidad librepensadora. Y era una gozada escucharles y aprender de ellos.

Westerdahl era amigo de Picasso y se carteaba con los sabios europeos de su siglo, de Becket a André Breton. Su mejor corresponsal en París era el surrealista Óscar Domínguez, cuyos oficios, facilitaron el viaje a Tenerife del poeta y crítico francés y su bella esposa rubia platino Jacqueline, en 1935, a propósito de la primera exposición surrealista en España.

Desde su últimos días de vida en 1983, se echa en falta en los fregados culturales de las islas a aquel profeta de las vanguardias, capaz de bendecirlas y maldecirlas como un Harold Bloom de las artes plásticas de su tiempo, que paseaba la vista sobre los demás mientras fumaba en pipa alegremente.

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martes, 23 de febrero de 2010 - 0:00

Doña María Rosa Alonso ha tenido una vida duradera y fructífera, gracias a Dios, para no ser creyente. Suele quitarse importancia, aunque estime su longevidad y su obra como dos regalos de la diosa fortuna: “Lo que yo escribo vale poco”, declaró una vez en una entrevista que le hice coincidiendo con el cambio de siglo. Lo que ella escribe no tiene valor y, prueba de que es mucho, el paso del tiempo alarga no sólo su vida sino el alcance de sus libros.

La veterana ensayista iba de niña al colegio ocultado los libros, porque estaba mal visto que las mujeres estudiaran y, peor aún, que pudieran llegar, como ella, a la universidad. Nuestra heroína tacorontera es discípula de Américo Castro y Ortega y Gasset. La pata de que cojea (políticamente) la llevó a exiliarse con disimulo a Venezuela en los años 50, si bien es cierto que en la Universidad de La Laguna tengo entendido que no le hicieron cómoda la labor como docente. Amaba a su tierra como una canaria trasterrada que no dejaba de pensar en ella, hasta que regresó a finales del siglo XX para quedarse. Ha tenido la oportunidad de sobrevivir a toda su generación, para nuestra suerte, que hemos podido disfrutar a su lado de una prórroga sumamente útil para la historia y la cultura insulares en términos de rigor y honestidad.

Va por cien años. Ahora que recibe homenajes en vida y le reeditan las obras (no duden en leer a poco que lleguen a sus manos libros de esta autora como ‘La luz llega del este’, ‘La ciudad y sus habitantes’ y cuantos irán saliendo a la calle, así como los dos tomos publicados por el Gobierno de Canarias con sus ensayos biobibliográficos, ‘Todos los que están fueron’), podemos decir que asistimos al redescubrimiento de una heroína: María Rosa Alonso; los jóvenes actuales oyen hablan de ella por primera vez y comprueban que están ante el mejor candil para guiarse por los pasillos de la historia de la literatura de Canarias y conocer, uno a uno, a sus artífices, de Viana, Cairasco y Viera a Félix Francisco Casanova, sin dejar de frecuentar a Clavijo Fajardo, los Iriarte, Agustín Espinosa, Nicolás Estévanez, Galdós, Millares Carló, Tomás Morales, Alonso Quesada, Ángel Guimerá, Pedro García Cabrera y las mujeres camufladas entre un bosque de hombres que no las dejaban despuntar, como Victorina Bridoux, Chona Madera, la huidiza Carmen Laforet y aquella poetisa que yo siempre recuerdo asomada a la ventana de su casa de Santa Cruz, Pilar Lojendio.

A María Rosa Alonso, que tiene todos los premios de su tierra (desde luego, el Premio Canarias) acaban de dedicarle este domingo 21 de febrero de 2010 el Día de las Letras Canarias, que recuerda la fecha en que nos dejó su admirado Viera y Clavijo. La periodista Olga Álvarez ha estimulado la recuperación de la huella de esta escritora imprescindible, y el reconocimiento oficial que la Viceconsejería de Cultura viene prestándole reconcilia todo aquello que hubiera podido quedar en el tintero entre los canarios y esta paisana ilustre, célebre en vida, portadora de una dignidad reservada que no es exactamente misantropía, sino fobia razonable a la pérdida de tiempo de que es pródiga la novelería de esta época. Doña María Rosa no ha parado nunca de trabajar. Que viva todo el tiempo que le dé la gana y nadie le usurpe la soledad de ave fenix que le ha hecho míticamente feliz.

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lunes, 22 de febrero de 2010 - 9:18
Decenas de muertos en las inundaciones por la borrasca de Madeira, que nos pasó rozando a los canarios el sábado delante de nuestras narices, confirma que febrero ha sido el mes de los diluvios. Deja tras de sí abiertos los debates familiares de Canarias sobre el estado de las infraestructuras, el sellado de los barrancos, la eficacia premonitoria de los radares y, por último (tras el apagón reincidente del jueves), las condiciones de mantenimiento del sistema eléctrico de Endesa-Unelco. “O hacen las cosas bien, o se marchan”, acaba de decirles (a Unelco Endesa y Red Eléctrica Española) el presidente Paulino Rivero, creo que sin precedentes en la terminología admonitoria que recoge un sentimiento ampliamente popular.
 
Es probable, como se quejaba por la radio una española residente en Funchal, que Madeira esté peor dotada de medios y condiciones de vida que Canarias ante una de estas tormentas torrenciales que han venido encadenadas este invierno. Pero no nos cabe la más mínima autocomplacencia. Borrascas seguirán visitándonos en el futuro con mayor o menor virulencia, como nos visitaron en el pasado durante siglos, y a medida que sigamos habitando el territorio, los peligros serán exponencialmente mayores. Ése es nuestro desafío: dar respuesta a los riesgos naturales (cada vez más catastróficos) con garantías fiables de supervivencia.
 
No basta, como vemos, con disponer de adecuados planes de emergencia a punto, de alertas preventivas y de la colaboración cívica de la gente. Debemos, además, como he dejado escrito aquí alguna vez, fijar los umbrales de crecimiento que nos tolera nuestro espacio insular, limitado nos guste o no. Y uno de los primeros parámetros a dimensionar es el demográfico. O abocamos a la sociedad a un suicidio asistido. ¿Cuántos queremos y nos podemos permitir ser en Canarias de aquí a mediados del siglo XXI? Nadie pone el cascabel a este gato. ¿Por qué se aplaza indefinidamente este debate crucial y se tarda tanto en ponerlo sobre la mesa de modo serio y riguroso? La cuestión poblacional no es, ni debe ser un tema ideológico tabú.
 
Creo, con el biólogo Antonio Carrillo, que esta variable es la más importante que nos compete como ciudadanos de una etapa de la historia de Canarias que nos ha tocado vivir. Un debate inexcusable que está señalando con el dedo a todos. Y por el que mañana nos pedirán cuentas, afligidos sin duda, nuestros hacinados descendientes.
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viernes, 19 de febrero de 2010 - 0:00

(Este artículo que a continuación reproduzco es un encargo del diario ‘La Opinión de Tenerife’ para su edición del miércoles 17-02-10)

A nadie se le oculta que la crisis ha castigado severamente también el fomento de la cultura como bien de interés social y como industria, una cosa y la otra, al fin, conceptuadas como tales recientemente en nuestro entorno. Llama la atención que, en tanto se nos afirma que el ajuste del gasto público en este país preservará a las políticas sociales, se proceda a un recorte drástico del presupuesto cultural, sin reparar en la flagrante contradicción, al menos desde el punto de vista socializador de una faceta que aspira a cultivar y nutrir demandas básicas en la formación (educación) de la gente. Es una proclama que mimetizan, sobre todo, las corporaciones locales, llevando el capítulo Cultura a cero con un alarde de austeridad ciertamente demagógico. Otras ciudades como Barcelona hacen todo lo contrario: en crisis, más para Cultura, como eje vertebrador de su dinamismo social, económico y político. Hasta que no entendamos que esto es así, seguiremos en la ‘ultraperiferia’ del ‘eurocaos’, como acuña Paul Krugman. En España, la recesión devora ‘trágicamente’ la gestión cultural por parte de las instituciones, y en Canarias las corporaciones locales se aplican el cuento, desconociendo así, en su pasividad, que debilitan (a veces, también, con intrusismo y competencia desleal) una industria que a estas alturas no está por descubrir que genera empleo y PIB (invoco el último informe del Consejo Económico y Social y las reiteradas apelaciones del catedrático de Economía Aplicada José Luis Rivero sobre la rentabilidad asociada a la inversión pública cultural). Ese cerrojazo presupuestario a todo lo que huele a cultura por malentender que resulta superfluo nos está llevando, como sociedad, a un nuevo período de atraso. Los gestores de la crisis que ignoren la cultura para salir de ella no han entendido nada. Es un haraquiri que traerá consecuencias: una generación de creadores en alza dejaría paso así a una etapa de sequía creativa –la generación de la crisis-, que pagaremos caro, tarde o temprano. La responsabilidad de evitarlo usando gafas de lejos, frente a esta miopía, es de la clase política de hoy, de ahora mismo. Sólo añadiré una reflexión sobre la incidencia geográfica que considero necesaria. La distancia es un factor determinante en toda actividad en las islas, que (a)grava todo empeño externalizador o receptivo de cualquier acción cultural. Ello va en detrimento tanto del creador como del consumidor cultural de Canarias. La nula, cuando no tímida y cicatera implicación del Ministerio de Cultura en el hecho cultural canario sonroja en términos de cohesión territorial, dada las barreras geográficas que condenan a público y creadores de las islas a un acceso desigual a las iniciativas que se desarrollan en el ámbito europeo. En aras de la debida promoción exterior de la cultura insular y un reparto equilibrado de su oferta en todo el archipiélago, la comunidad autónoma está obligada a reforzar, a su vez, la inversión pública. De lo contrario, seguiremos perdiendo oportunidades y, a medida que pase el tiempo, será menor nuestra capacidad de ofrecer una comunicación adecuada hacia fuera y hacia dentro del fenómeno cultural de las islas. Canarias, por los déficits estructurales que la limitan, está autorizada a reclamar del Estado políticas compensatorias excepcionales de su lejanía, y quien las rebata por pura desidia ignora que ésta no es una autonomía más. Ni mucho menos. El creador cultural canario y la sociedad insular ven aumentada en esta crisis su desventaja crónica con el continente al que pertenecen.

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jueves, 18 de febrero de 2010 - 0:00

Las cosas que se han dicho y oído estas últimas semanas sobre España en el extranjero (como se decía en tiempos de Franco) ponen los pelos de punta. Se ha llegado a decir que detrás de Grecia (la vituperada y convicta madre patria de la democracia reducida a escombros por un gobierno mendaz que manipuló su contabilidad real para tomarle el pelo a Europa) vendría España, como el siguiente farolillo rojo de la crisis, el monigote al que todos, ansiosos por tener un chivo expiatorio a mano, hartarán a palos y, una vez, quemado el pelele, como en los carnavales de Extremadura, a manos de las lavanderas, los demás europeos prepotentes vestirán ropa limpia de señoritos burgueses asfixiados de deudas.

España ha visto en cuestión de días resucitar viejos fantasmas de cuando era descalificada como ‘el culo de Europa’ y la dictadura nos instruyó en el odio a las naciones situadas al otro lado de los Pirineos. Tópicos que parecían superados sobre el paternalismo con que Europa trataba a la España cenicienta que tocaba con los nudillos a la puerta del continente para ser agasajada en su seno sagrado, han sobrevolado al españolito que hace tan sólo dos años se las prometía muy felices como campeón de la economía que vencía a Italia y amenazaba con desbancar a la mismísima ‘grandeur’ francesa.

Pere hete aquí que de poner a parir a Grecia, Portugal y España, como si fueran Gaby, Fofó y Miliki, se ha pasado en los mercados financieros internacionales a cuestionar el euro. Y lee uno al economista Paul Krugman hablar sin rodeos del ‘eurocaos’, de la bisoñez de Europa como unión fallida de estados, de su estupidez al crear precipitadamente una moneda única desoyendo los consejos de expertos que lo consideraban una pretensión desmedida y peligrosa, como así ha sido. Y, finalmente, el Nobel nos viene a repetir lo que antes otros decían con una osadía nostálgica que se nos antojaba (ignorancia la nuestra) histriónica: aquello de que con la peseta nos hubiera ido mejor. Krugman tampoco lo adorna esta vez con academicismos; lo afirma abiertamente: con la peseta, España saldría antes de la crisis mediante la devaluación correspondiente.

Y se queda uno con cara de imbécil, como si esta crisis nos hubiera sacado del cuento europeo de hadas y despertáramos a la realidad, que no es otra que una Europa que no pinta un carajo y a la que Obama, por ello, dará plantón en mayo. ¿Ahora que estamos dentro y tanto esfuerzo nos costó qué hacemos? ¿De manera que el euro era una bomba trampa? ¿Y, entonces, quién se atreve a decir a nuestros hijos que Europa son los padres?

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miércoles, 17 de febrero de 2010 - 9:25

Las galas, el viento, las pelucas de carnaval, los disfraces multicolores, las lluvias, el ruido, las murgas vociferando, el incombustible Orfeón la Paz, los drags y el entierro de la sardina. Pero también los carneros de El Hierro tiznándote la cara de negro, los buches de Arrecife golpeándote a traición y los Indianos de la Palma bañándote en polvos de talco. La fiesta, el clima, la tradición y el siroco que nos transforma en faunos o mosqueteros, rufianes o pontífices en papa móvil, bajo los efectos de la mandrágora de carnaval. Con la inyección de crisis en vena, esta tregua sin ley viene bien para recargar las baterías, pero la contumacia de la ventisca de amanecida del martes de carnaval levantó los regüeldos de las flatulencias económicas que sufrimos hace ya dos años desde la gran indigestión financiera. Cuesta trabajo esta vez desconectar de la realidad. Hasta los políticos, imitando sus parodias, acuden al Congreso (miércoles, primer debate caliente de la temporada) para simular escenas de ‘en clave de ja’, remedos de king Boxing y vale tudo, con patada a la cara y cabezazos contra la lona, al tiempo que frivolizan con reeditar los pactos de la Moncloa maldita las ganas, haciendo uno de Mr. Bean y otro de ‘Malamadre’ (‘Celda 211’, ganadora de los Goya). El carnaval político dura todo el año, como es sabido. Y el de febrero se va quedando en un plano testimonial, casi ya sin lenguaje exclusivo usurpado por los líderes que usan de él para conseguir titulares a base de gracias, toda vez que las ideas se las guardan bajo siete llaves para no perder votos revelando lo que piensan hacer. De manera que vivimos en un carnaval y en una tormenta permanentes. Y es parte de la tramoya. Cuando llega el temporal de verdad, no le creemos a la alerta y el ventarrón nos levanta el bisoñé con que nos camuflamos y nos falsificamos (también nosotros mismos, ya puestos).

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lunes, 15 de febrero de 2010 - 8:53
Juan decidió quitar unos cuadros en un ángulo de la pared y colocar, como una profanación, un televisor de considerables dimensiones. Para ver fútbol. Era una paradoja inexplicable que, siendo el Arkaba una especie de templo de parroquianos futboleros, no tuviera tele para ver los partidos. Pero, al mismo tiempo, había sido una demostración de poderío, un desaire valiente a la afición: aun sin tele, el cliente de verdad (esto es importante: ser cliente verdadero o falso) no faltaba ‘a misa’. Fue, por tanto, una profanación, pero en 2009 el Barça lo ganaba todo y el Tenerife estaba en Primera. Dos razones más que suficientes para que la pantalla negra cuelgue ahora de la pared como un signo de modernidad en el entrañable museo de copas dadas y recibidas de las vitrinas imaginarias del Arkaba. Hubo una Copa especial hace 25 años. El destino de la cafetería Arkaba fue siempre el de un lugar de encuentro. El día que hace un cuarto de siglo puso en marcha una olimpiada no hizo sino consagrar la voluntad de la clientela más fiel, que sólo concibe el Arkaba como un lugar de encuentro. Y en aquella ocasión, como un lugar de encuentros. Los partidos de baloncesto, voleibol, fútbol sala y dominó consiguieron sacar a Juan (‘Juan, el del Arkaba’) de su feudo inexpugnable, detrás de la barra del local, como si el camarero más popular de la ciudad se convirtiera en ‘Batman’ en lugar de barman y extendiera sus dominios, más allá del bulevar de la Avenida de Anaga, su Gotham City particular, a otros extremos de la ciudad donde se dieran cita los murciélagos, como el Pabellón municipal o la cancha de Cisneros. El Arkaba significa muchas cosas desde el punto de vista de una crónica sentimental de Santa Cruz ‘la nuit’, como gustaba decir a Francisco Pimentel. Es la noche por excelencia, y pese a que la cafetería tenga sus puertas abiertas desde primera hora de la mañana como marcan los horarios de la hostelería. Si el Arkaba es la arcadia de artistas, políticos y periodistas que buscan refugio entre sus paredes junto a alguna calabaza gigante agenciada por Juan o en las mesas de su terraza, como ha venido sucediendo según consta en el libro de oro de este atelier en la avenida y en los libros de fotos editados por Juan Tejera, la olimpiada fue una consecuencia lógica. Juan ‘sirvió’ la ‘Copa’ y el ganador de la competición, el Radio Club liderado por Xuáncar, la alzó en alto. Los periodistas saben jugar limpio y sucio, como es bien sabido, pero aquella olimpiada, salvo anécdotas de banquillo que resultaron jocosamente polémicas, fue, sobre todo, una fiesta de camaradería entre la emisora citada y los periódicos El Día-Jornada y Diario de Avisos, en una época, por cierto, en que los medios de comunicación mantenían, ya no sé por qué, una rivalidad casi irascible. Nadie le discutió los derechos de organización de aquella olimpiada al Arkaba, que es como un castillo avizor frente al muelle, al acecho de cualquier Nelson o pirata osado. Lugar de encuentro de guardia para los fetasianos, y, como decía Pérez Minik –otro santacrucero de mucho cuidado-, parada y fonda de periodistas noctámbulos para tomar la última copa. La otra Copa ya tiene 25 años de antigüedad, toda una efeméride.
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martes, 09 de febrero de 2010 - 9:00

El término isla. Su límite y expresión, ambos aspectos, están interiorizados en el común de los canarios y nos producen una instintiva curiosidad, La palabra que más nos compete es ‘isla’. Y la Revista de Occidente dedica monográficamente su número 342 a este tema bajo el título de ‘Islas. La exuberancia del límite’. Frank Lestringant, una de las plumas que más ha descrito el fenómeno de la insularidad en toda su vasta hermenéutica, se remonta a Tolomeo y deduce que la isla piensa, respira y discrepa del continente. Uno de los pensamientos más claros de la isla sería el agua, y, entre las oposiciones al gigante terrestre que la intimida, figuran sus montañas y acantilados en contraste con los valles y llanuras de aquél.

Aprecia el autor, a su vez, una influencia directa de la tierra en la fisonomía imaginaria del artista insular. Esto último ha sido harto debatido sin consenso posible entre los creadores canarios, desde, al menos, mediados del siglo pasado. Hubo un tiempo en que mencionar conceptos como literatura canaria, arte canario, teatro canario, canción canaria se prestaba a deserciones y absentismos intencionados. Bastaba que un autor, al que repeliera ser adscrito al universo creativo insular, viera su obra explicada en clave isleña, condicionada por la atmósfera de la isla en su evolución, para, a la primera de cambio, negar tal extremo e, incluso, poner mar por medio. Sin embargo, nos guste o no, la pertenencia a una isla, a un archipiélago determina sustancialmente nuestra manera de comunicarnos (ya no únicamente en el caso concreto de La Gomera mediante un testimonial silbo, vestigio secular) y de generar cultura.

En el presente número de la revista, Umberto Eco (autor de la novela ‘La isla del día de antes’, cuyo trasfondo es el meridiano cero, que nos remite necesariamente a la isla de El Hierro) aborda el ‘boom’ de los islarios en los siglos XV y XVI, incipientes bestsellers que catalogaban las islas conocidas y las desconocidas, las reales y las legendarias por el mero hecho de ser territorios rodeados por el mar y, en ocasiones, fragmentados en un racimo de subdivisiones, como en nuestro caso. Se pregunta el autor de ‘El nombre de la rosa’ (un coleccionista insaciable de iconos insulares, entre ellos, es de suponer, noticias de Canarias) el porqué de la fascinación que despiertan las islas, y llega a la conclusión de que hasta el siglo XVIII, en que ya pudo medirse su extensión, eran sitios que salían, al azar, al encuentro del viajero, y, como Ulises, cabía escapar de ellas, mas era prácticamente imposible reencontrarlas. De ahí su mitología y leyenda, que encarna a la perfección la particular travesía ignota de San Brandán (San Borondón, tan persistente en nuestra fantasmagoría).

Lo cierto es que una isla es un no-lugar, y por ello residencia predilecta de las utopías desde la mítica ciudad de Tomás Moro. La isla aparece y desaparece. Teóricamente, al menos, no somos tan raros los canarios, cuando nos sentimos ignorados e invisibles ante Madrid. En realidad, pasamos por períodos de ausencia, de fuga, como si fuéramos unas islas fantasmas que se van a otra parte o permanecen cubiertas por una nube de polvo en suspensión (‘polvo de islas’, se lee en esta revista, como eufemismo de calima, acaso).

El economista José Luis Rivero, autor de uno de los ensayos, sostiene que esos trances de invisibilidad (lo vimos en el Consejo de Ministros del 9 de octubre de 2009, que dio a la luz el famoso ‘Plan Canarias’: hasta ese instante, no se hablaba en Madrid de la gravísima crisis de las islas, fue necesario poner los pies en el archipiélago para caer en la cuenta) para el Estado han sido siempre desmentidos por millones de turistas, que eligen Canarias para pasar las vacaciones, como afirma haber hecho en su día José Varela Ortega, director de ‘Revista de Occidente’ y presidente de la Fundación Ortega y Gasset, cuando vivía en Londres (“Era más barato volar a Canarias que a España”).

La lejanía es un factor que alimenta el mito y el ‘prestigio de las islas’, su éxito, su rango paradisíaco. Por todo ello, abrazamos la condición de ‘Islas Afortunadas’, que heredamos de la los autores clásicos, y damos rienda suelta a lo que el coordinador de esta publicación, Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense, un isleño radicado en Madrid, llama ‘la exuberancia del límite’, nuestra rica reivindicación de isla enmarcada, quieta, a veces prófuga, y de cuando en cuando tempestuosa, como estos días atrás. El mundo de las islas y las islas del mundo, de Rilke a García Cabrera en la antología que aquí firma Andrés Sánchez Robayna, y que monopoliza el entero año 2010 del Septenio, razón por la cual el viceconsejero de Cultura, Alberto Delgado Prieto, apadrinó este número insulario de Revista de Occidente, presentado en Santa Cruz de Tenerife el lunes y que estoy seguro de que va a dar que hablar.

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jueves, 04 de febrero de 2010 - 0:00

A Baudelaire se le ocurrió comparar al poeta con el albatros que los marineros suelen cazar para distraerse y burlarse de sus inútiles alas blancas como remos una vez caído sobre las tablas del barco. Ese poeta celeste, “torpe y avergonzado”, tan bello cuando vuela y grotesco al final de sus días, ese “señor del nublo…, exiliado en tierra, sufriendo el griterío”, tiene un problema: “sus alas de gigante le impiden caminar”.

Y no tardó en leer esos versos de las ‘flores del mal’ un poeta joven, bello y exiliado en tierra como Félix Francisco Casanova y aplicárselos como aviso a navegante: ser poeta vivo o muerto. Casanova, al que vi una vez de lejos y al que ya admiraba tan de cerca, se fue de este mundo demasiado pronto, sin tiempo de tener enemigos que tarde o temprano habrían querido darle caza. Porque habría sido, sin duda, el mejor poeta de Canarias y España, a poco que se hubiera dejado. Y no se dejó.

Fue una muerte extraña para casi todos (alguien debe saber, sin duda, la verdad de aquel suceso). Murió en Tenerife el 14 de enero de 1976, con 19 años (nació en La Palma el 28 de septiembre de 1956), en la bañera de su casa por inhalación de gas. Acaso fue un suicidio premeditado, o el necesario accidente que pusiera fin a la vida de un escritor demasiado aventajado para su edad, del que su padre (el también poeta Félix Casanova de Ayala) me dijo una vez que era, sin duda, mejor que él. Decir sólo poeta del ‘Rimbaud’ insular merecería una aclaración, porque también dejó textos en una prosa luminosa que guardaba parentesco con sus versos.

En efecto, eran versos de una facundia deslumbrante -reunidos en la antología póstuma de Hiperión ‘La memoria olvidada (1973-1976), editada en Madrid en 1990-, que regresaban una y otra vez al destino inherente al albatros. “¿Acaso tú, mi querido aire de invierno,/no bostezas como el rey del ajedrez/que espera su decapitación/leyendo a los románticos?” ¿Qué le sucedía a F.F.C.? ¿Qué clase de “placer y de horror” rodaba dentro de su cuerpo (o rondaba dentro de su cabeza)? ¿Qué clase de “locura interior, dura y enorme como una gran roca en el mar” le atormentaba? ¿O eran versos únicamente, literatura a la postre, señuelos de genio precoz con facilidad de palabra para mentir?

Pero si la muerte fue casual, también resultó premonitorio (sospechosamente premonitorio) el último poema que escribió justo un mes antes de caer dormido bajo los eternos vapores del último baño: “Eres un buen momento para morirme”, dedicó con este título a su novia. Y fue su último verso, el que cerró el poema y lo despidió de sus lectores.

Ahora, Demipage reedita su diario de 65 días ‘Yo hubiera o hubiese amado’ y la novela ‘El don de Vorace’ que llevó a cabo con 17 años en 44 días de apoteósica inspiración: la historia de Bernardo Vorace Martín, la memorable introspección del personaje inmorible al borde de una muerte inmortal. Instinto de albatros.

Hoy habría tenido 53 años. Habría escrito decenas de libros importantes (busquen los que pudo escribir, todos invictos). Habría serenado su estilo. Y en la esencia de su prodigioso talento, eligiendo las palabras precisas que le encantaban a Juan Ramón, estoy casi seguro de que agitaría las alas con una sencillez limpia que habría adquirido en Wislawa Szymborska, hasta cimas en que “el viento se te lleve a ninguna parte”. El paraíso donde vuelan los dioses imperecederos.

Lo vi a lo lejos sólo aquella vez. Y sabía quién era. Aquel año (1974) los dos habíamos concursado al prestigioso Julio Tovar, y tuve la suerte de ser finalista. El autor premiado fue Casanova, cuya obra mistral ‘El Invernadero’ nos despeinó a todos (“Hiedra ya aurora,/muerta de frío en las oscuras galerías…”). Teníamos 17 y 16. Él me llevaba un año apenas. De edad. Y miles de años inauditos de ventaja como poeta vigente de todos los tiempos.

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miércoles, 03 de febrero de 2010 - 9:43

La borrasca, un nuevo episodio que atribuir por inercia al cambio climático, confirma que estamos en el circuito de las depresiones tropicales de altas temperaturas. Hacía calor y llovía a cántaros, como cantaba en los 70 Pablo Guerrero (“que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”, claro que el cantautor extremeño se refería a la libertad en medio de la noche cavernícola de la secana dictadura). El Gobierno canario elevó la emergencia a nivel 2 para certificar su ámbito archipielágico, y mientras caía la tromba con aparato eléctrico volvían a la memoria urbana de los testigos del 31-M de 2002 en Santa Cruz de Tenerife y La Laguna o el Delta de noviembre de 2005 (cuyo brazo alargado alcanzó a Madeira) el miedo a la indefensión. El miedo.

La borrasca no ha tenido nada de particular, dado que el balance se ciñe a daños materiales y las inundaciones de casas no obligaron a evacuaciones masivas. Fuencaliente, Mazo y Tasarte, estas Navidades pasadas por agua, padecieron un mayor impacto físico, psíquico y emocional.

Con el transcurrir de años y tormentas se nos endurece el corazón a los vecinos del área metropolitana de Tenerife. Esta vez hemos celebrado la ausencia de vientos, que fueron la pesadilla del Delta y la mano homicida de los árboles desvenados de la Avenida de Anaga, cuya imagen de raíces al descubierto era como violar su intimidad. De barro, piedras y contenedores en caprichosa animación chocando con vehículos como en un juego de cochitos locos, estamos acostumbrados. Por suerte, Unelco no dejó a oscuras a cien mil o doscientas mil personas, sino algo más de 27.000. Los pibes de la isla se encontraron con un día libre extra, que, teniendo en cuenta el martes festivo (Día de la Candelaria), era un puente en el diluvio para cruzar el temporal de lado a lado. Y como siempre, la gente sacó la flota a la calle para ir de una esquina a otra y las calles se colapsaron de un tráfico intranquilo. Los taxistas se esfumaron por arte de magia (nunca están cuando se les necesita, protesta el pueblo cuando parece que desaparecen del mapa cada vez que hay una urgencia) como en un número de Coperfield bajo un lienzo gigantesco en un abrir y cerrar de ojos.

Si esperar aguaceros en invierno es lo correspondiente a la estación, conviene, además, repasar la historia de la temperie canaria de los últimos cinco siglos, como hace Javier Arroyo en su estudio retrospectivo, para cerciorarnos de que llueve sobre mojado, de que no estamos ante un fenómeno insólito, ni mucho menos. Si miramos por el retrovisor al siglo XVII, punto de partida de un viaje en el tiempo sobre el tiempo que ha reinado en las islas, vemos caer (como en la violenta exhumación de los laureles de Indias de la Avenida de Anaga) el árbol santo de los herreños, el Garoé, víctima de un huracán, y asistimos al diluvio del preludio del declive del puerto de Garachico, ‘el Diluvio de San Dámaso’ (más de cien muertos, 80 casas y 40 barcos). Cada siglo tuvo sus sequías y tormentas. Las primeras trajeron hambrunas y llevaron emigrantes a América. Las segundas dejaron un rastro de limo y cadáveres en el camino. En el XVIII, el ‘Temporal de Reyes’ en Gran Canaria: tres días de inundaciones. En el XIX, el ‘Temporal de 1826’ (catástrofe meteorológica donde las haya, 253 muertos, que se dice pronto) segó los pies de muchas localidades de Tenerife. En La Orotava, una de ellas, el cartero tocó a la puerta dos veces, la segunda, 40 años más tarde, para destruir el mítico drago que admiraran naturalistas como Humboldt. Hemos estado, siglo tras siglo, envueltos en una atmósfera azarosa, que, a lo largo del XX, provocó inundaciones, nieves a destiempo, temporales y sequías (1948, en El Hierro, una isla castigada por tierra, mar y cielo, fue el famoso ‘año de la seca’, que casi la deja sin un alma), trombas como la del 50, el 56, el 57 (‘La tragedia del Llanito’, en Breña Alta, una treintena de muertos), el 71, el 75 , el 79, el 88, el 89, el 91, el 93… Año a año, se abrían los cielos. El siglo no paró de llover. Y ahora empieza como acabó.

La borrasca del lunes era atlántica y perturbó el oasis insular. Saltaron las tapas de las alcantarillas como en un bombardeo intensivo desde el aire y centenares de rayos, truenos y relámpagos sobresaltaron al común de los canarios con cierta reminiscencia. Los seres humanos estamos preparados para enfrentarnos a enemigos (naturales, para el caso) que den la cara, un incendio por ejemplo. Pero eso de quedarse a haberlas venir por el aire, a la espera de ataques fantasmas y sin bunkers para poner a buen recaudo a la población, se nos revela un peligro demasiado terrible. Así que sea lo que Dios quiera, nos dijimos. Y, acto seguido, se suspendieron los actos del carnaval y la peregrinación a la Patrona, mientras los acuíferos y embalses se frotaban las manos y los bomberos se desdoblaban en las condiciones ideales para hacer honor a su profesión (esa clase de emergencias que ponen a prueba la puesta a punto del cuerpo y, si hiciera falta, de los rescatistas recién llegados de Haití).

La ciudad se desertizó a media tarde y, como el tranvía dejó de funcionar por una avería pasajera, pareció el ‘antiguo’ Santa Cruz de Francisco Martínez Viera, semivacío, con escaso alumbrado público por los apagones selectivos, y las calles quedaron expectantes. Más ciudad dormitorio que de costumbre, al día siguiente olía a barro y a pueblo como en mi infancia en Taganana. La gran paradoja es, viendo las islas ahogarse en un vaso de agua, cómo es posible que vivan codo con codo con el mar (agua de horizonte bien avenida) y no pase casi nunca nada, y basta que se abran los cielos y parezca el fin del mundo. Nos sucederá una y mil veces. El mismo susto justo. Tenemos síndrome de náufragos y pánico intemporal.

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