El término isla. Su límite y expresión, ambos aspectos, están interiorizados en el común de los canarios y nos producen una instintiva curiosidad, La palabra que más nos compete es ‘isla’. Y la Revista de Occidente dedica monográficamente su número 342 a este tema bajo el título de ‘Islas. La exuberancia del límite’. Frank Lestringant, una de las plumas que más ha descrito el fenómeno de la insularidad en toda su vasta hermenéutica, se remonta a Tolomeo y deduce que la isla piensa, respira y discrepa del continente. Uno de los pensamientos más claros de la isla sería el agua, y, entre las oposiciones al gigante terrestre que la intimida, figuran sus montañas y acantilados en contraste con los valles y llanuras de aquél.
Aprecia el autor, a su vez, una influencia directa de la tierra en la fisonomía imaginaria del artista insular. Esto último ha sido harto debatido sin consenso posible entre los creadores canarios, desde, al menos, mediados del siglo pasado. Hubo un tiempo en que mencionar conceptos como literatura canaria, arte canario, teatro canario, canción canaria se prestaba a deserciones y absentismos intencionados. Bastaba que un autor, al que repeliera ser adscrito al universo creativo insular, viera su obra explicada en clave isleña, condicionada por la atmósfera de la isla en su evolución, para, a la primera de cambio, negar tal extremo e, incluso, poner mar por medio. Sin embargo, nos guste o no, la pertenencia a una isla, a un archipiélago determina sustancialmente nuestra manera de comunicarnos (ya no únicamente en el caso concreto de La Gomera mediante un testimonial silbo, vestigio secular) y de generar cultura.
En el presente número de la revista, Umberto Eco (autor de la novela ‘La isla del día de antes’, cuyo trasfondo es el meridiano cero, que nos remite necesariamente a la isla de El Hierro) aborda el ‘boom’ de los islarios en los siglos XV y XVI, incipientes bestsellers que catalogaban las islas conocidas y las desconocidas, las reales y las legendarias por el mero hecho de ser territorios rodeados por el mar y, en ocasiones, fragmentados en un racimo de subdivisiones, como en nuestro caso. Se pregunta el autor de ‘El nombre de la rosa’ (un coleccionista insaciable de iconos insulares, entre ellos, es de suponer, noticias de Canarias) el porqué de la fascinación que despiertan las islas, y llega a la conclusión de que hasta el siglo XVIII, en que ya pudo medirse su extensión, eran sitios que salían, al azar, al encuentro del viajero, y, como Ulises, cabía escapar de ellas, mas era prácticamente imposible reencontrarlas. De ahí su mitología y leyenda, que encarna a la perfección la particular travesía ignota de San Brandán (San Borondón, tan persistente en nuestra fantasmagoría).
Lo cierto es que una isla es un no-lugar, y por ello residencia predilecta de las utopías desde la mítica ciudad de Tomás Moro. La isla aparece y desaparece. Teóricamente, al menos, no somos tan raros los canarios, cuando nos sentimos ignorados e invisibles ante Madrid. En realidad, pasamos por períodos de ausencia, de fuga, como si fuéramos unas islas fantasmas que se van a otra parte o permanecen cubiertas por una nube de polvo en suspensión (‘polvo de islas’, se lee en esta revista, como eufemismo de calima, acaso).
El economista José Luis Rivero, autor de uno de los ensayos, sostiene que esos trances de invisibilidad (lo vimos en el Consejo de Ministros del 9 de octubre de 2009, que dio a la luz el famoso ‘Plan Canarias’: hasta ese instante, no se hablaba en Madrid de la gravísima crisis de las islas, fue necesario poner los pies en el archipiélago para caer en la cuenta) para el Estado han sido siempre desmentidos por millones de turistas, que eligen Canarias para pasar las vacaciones, como afirma haber hecho en su día José Varela Ortega, director de ‘Revista de Occidente’ y presidente de la Fundación Ortega y Gasset, cuando vivía en Londres (“Era más barato volar a Canarias que a España”).
La lejanía es un factor que alimenta el mito y el ‘prestigio de las islas’, su éxito, su rango paradisíaco. Por todo ello, abrazamos la condición de ‘Islas Afortunadas’, que heredamos de la los autores clásicos, y damos rienda suelta a lo que el coordinador de esta publicación, Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense, un isleño radicado en Madrid, llama ‘la exuberancia del límite’, nuestra rica reivindicación de isla enmarcada, quieta, a veces prófuga, y de cuando en cuando tempestuosa, como estos días atrás. El mundo de las islas y las islas del mundo, de Rilke a García Cabrera en la antología que aquí firma Andrés Sánchez Robayna, y que monopoliza el entero año 2010 del Septenio, razón por la cual el viceconsejero de Cultura, Alberto Delgado Prieto, apadrinó este número insulario de Revista de Occidente, presentado en Santa Cruz de Tenerife el lunes y que estoy seguro de que va a dar que hablar.