Ferran Adriá, reputado como el mejor cocinero del mundo (en Perú sostienen que Gastón Acurio también lo es, y en Canarias Gamonal era nuestro Ferran y Gastón juntos antes de que ambos fueran conocidos) anuncia en Madrid Fusión a modo de ‘carta’ que cierra El Bulli (el mejor restaurante del idem, sin objeción, dicen) dos años (2012 y 2013) para reinventarse, hacer inventario de dos décadas de vanguardia, irse posiblemente a China en busca de nuevas ideas y sorprender, a la vuelta, con inusitadas audacias, como acostumbra el laboratorio del viejo bar de veraneantes del matrimonio Schilling y sus bulldogs (de ahí ‘El Bulli’) en la cala gerundense de Roses. La decisión es tan genial e insospechada como la propia trayectoria del ‘picasso’ de los fogones. Tengo una pregunta que hacerme: ¿por qué los sobradamente sabios e inteligentes, en ocasiones como ésta se apean, o retiran temporalmente para hacer balance y pensar en qué se equivocaron, y los rebenques de turno se aferran al puesto (o cargo) sin visos de hacerse la mínima autocrítica o harakiri. Al país le sobran tranques y maletas en ejercicio y le faltan ‘adrianes’ o ‘ronaldos’, teniendo en cuenta que a este último una sanción por malos modos en el campo le apartará dos semanas del fútbol, una especie de cierre temporal como ‘El Bulli’, ya no por hastío, sino por desatino.