En Fitur se ha consagrado el final de la crisis del turismo, y al abrigo de la remontada económica británica y alemana no se ha dudado en proclamar un inminente repunte de este sector en Canarias. Habida cuenta que las islas dependen del motor turístico para recuperar el tono vital de nuestra economía, la noticia del incremento del número de vuelos contratados para la próxima temporada, la posible prórroga de la reducción de las tasas aeroportuarias y el clima general de optimismo que reinaba en la clausura, este domingo, de la feria turística madrileña, es la gran buena nueva que ha podido recibir el archipiélago en este comienzo de año.
Quien logre cambiar la tendencia fatalista en las islas habrá conseguido toda una proeza que contraviene a una especie de condicionamiento histórico. De ordinario, se impone, entre nosotros, dejarse llevar por una atonía general de desencanto y frustración y de ir con la cabeza gacha; es una impronta, una manera involuntaria de ser de este arquetipo de isleño de Macaronesia meridional que seguramente se agrava con la distancia de los círculos de poder y decisión nacionales (quiero decir que en Baleares el derrotismo y, en particular, la actitud ante cualquier revés de la musa turística se viven con mayor moderación por la cercanía al continente, que no es ningún factor baladí). A los canarios nos encanta autocastigarnos, como ya hemos comentado, y en los últimos meses se han podido oír las clásicas voces apocalípticas que, desde las islas, anunciaban que el turismo tenía (incluso que debería tener) los días contados y había que optar urgentemente por otro modelo de desarrollo radicalmente opuesto: del cemento y el ocio a una alternativa renovable y ambientalista a ultranza que respete el territorio y deje en paz el litoral. (Se parte de un simplismo: turismo igual a construcción igual a especulación igual a pelotazo de los cuatro de siempre, que no siendo inexacto del todo, no deja de ser una parvulez desde el punto de vista económico.)
En Canarias tenemos que hacer algún día un ejercicio de sinceridad. Tenemos que sincerarnos. ¿Qué queremos? ¿Cuánta población queremos que viva en las islas (dato actualizado: 2.100.000 habitantes)? ¿Cuántos canarios y no canarios sobran? ¿Qué hacer para vivir de una vez sin tantos rodeos sobre el tipo de archipiélago que anhelamos de verdad? ¿Fue un error educarnos en la cultura del turismo? ¿Era preferible emigrar? ¿Es aconsejable quedarse en esta tierra o abandonarla cumplida determinada edad para superar pleitos y localismos? ¿Merece más respeto el canario de la diáspora que el que elige permanecer de puertas adentro en el lugar donde nació, o al revés? Y todas las preguntas que se quiera añadir en torno al eterno dilema de la identidad, la economía y el espacio, que son tres de las grandes preocupaciones concientes o inconcientes con las que nace, crece y muere el canario desde el origen de los tiempos. Quiénes somos, cómo ingeniarnos un modo de subsistir y qué hacer en tan corto espacio para sentirnos felices.
El Hierro (quizá merezca un comentario aparte, es una de mis islas preferidas) cumple diez años como Reserva de la Biosfera. Creo ‘sinceramente’ que el herreño es el canario que tiene las ideas más claras sobre tales interrogantes: quién es, que modelo económico adoptar y cómo desenvolverse (sus 10.000 ocupantes) en 268 kilómetros cuadrados. Un poco de esto, un poco de lo otro, un desarrollo integral, un culto a las tradiciones más ancestrales sin ruborizarse por ello (del bimbache del Garoé a Valentina la de Sabinosa), y una vocación modernizadora que la convertirá en la primera isla del mundo en abastecerse totalmente de energías limpias.
Tendremos que volver sobre ese índice de temas abierto a debate sobre el tipo de Canarias que queremos. ¿Por qué apenas se abordan, en unas islas que polemizan de y sobre todo, aspectos que me parecen de cajón como el tamaño de población que queremos y nos corresponde por nuestras dimensiones físicas y sus consecuencias ambientales y económicas, o la idiosincrasia de los canarios como pueblo a lo largo de los siglos. Y las verdaderas raíces de la tricontinentalidad tan superficialmente citada a modo de comodín (el porqué histórico de nuestro americanismo; el verdadero alcance de nuestra vocación europea, y la falsaria negación de África hasta antesdeayer). Etcétera.
Camuflar en el tótum revolútum de las causas y consecuencias de la mayor crisis económica desde la II Guerra Mundial, un desapego sospechoso hacia el turismo como modus vivendi del canario del siglo XXI, es ignorar por completo la respuesta a la primera y principal de nuestras preguntas de hoy: ¿Quiénes somos? Somos, hemos sido, creo que siempre seremos, un crisol de culturas. Y eso es imposible sin viajar ni que te viajen.