lunes, 18 de enero de 2010

Escucho contar a Miguel Blanco en Radio 5 que en Haití vio un diablo cara a cara. Conozco la historia del testimonio aterrador del veterano periodista de lo oculto (‘Espacio en Blanco’, un abrazo, Miguel). Recuerda que el país sepultado por el terremoto, que ahora mismo inunda la prensa de todo el mundo con fotos de niños de cal despavoridos, cuerpos mutilados entre los escombros, cadáveres apilados en las calles y lágrimas de ojos con vida en la carita asustada de Redjeson Hausteen, el niño de 2 años en brazos del bombero que lo salvó (esa foto), es un país que el día que se liberó decidió encomendarse al demonio, porque así hería la sensibilidad del hombre blanco que lo había colonizado y oprimido.

El vudú y la santería de Haití son como una marca de imagen en todo el mundo. Y esa imagen y esa marca se han vendido olvidando la miseria intrínseca de un país que tenía los pies barro. Pero el seísmo no es el castigo divino a la patria de la magia negra del Caribe mestizo. Sin embargo, no dudo de que en Internet tardará poco en circular esa teoría. Para prevenirnos de toda tentación maligna en tal sentido, el propio Blanco, que ha viajado allí como mínimo seis veces, invocó la solidaridad permanente para levantar Haití de las ruinas cuando la noticia haya pasado de largo. O de moda, como todo artículo de consumo.

La foto preciosa del milagro del niño abrazado al bombero será o no fetiche, póster, camiseta o cualquier producto de mercadotecnia del olvido. No me opongo a ello, también colecciono recuerdos. Pero los recuerdos a veces nos recuerdan los olvidos. Tocamos, contemplamos, revivimos en ellos escenas que impactaron nuestros ojos en su día y caemos en la cuenta de que las habíamos olvidado al poco tiempo, sustituidas por otras más o menos conmovedoras.

Con el arte ocurre en ocasiones lo mismo. La vista y la emoción se detienen en él y olvidan el hecho real y sus protagonistas de carne y hueso, desbordados por la intensidad de la escultura, el cuadro, la foto. El suceso muere, nace la imagen del suceso, la exposición, el arte del suceso. Y el olvido, contradiciendo su propio fin de divulgar lo que sucedió. La foto de Haití recibirá el premio que se merece. Recemos para que el infumable Damien Hirst no use el cadáver de ningún animal (espero que no de un humano) recogido por sus secuaces en una calle de Puerto Príncipe y lo conserve en formol como sus célebres vaca y ternero, récord de subasta. El olvido bajo el seísmo comercial. Porque todo recuerdo tienden a desaparecer al convertirse en arte. Y la solidaridad es un esfuerzo conciente de memoria ejercitada contra el tiempo y contra otros desastres que el tiempo nos deparará desalojando desastres anteriores durísimos, incluso éste del Haití infernal.

Memoria militante capaz de multiplicarse entre unos y otros sucesos, cada uno a su tiempo, el que corresponda a cada caso. Que las fotos de supervivientes y las de los restos de la tragedia sirvan, contra toda recreación ajena, por una vez, para recordarnos la ayuda que debemos seguir prestando, aún dentro de muchos meses, para desenterrar de pies a cabeza a Haití hechizado, hecho añicos.

Comentarios
lunes, 18 de enero de 2010 - 17:23
Muchas felicidades por su artículo. Es de premio. Gracias por sacarnos de la mediocridad.
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