Haití ahora mismo laza un desafío a la capacidad de ayuda internacional. Mientas la solidaridad llega, salvando todos los obstáculos, Puerto Príncipe, la capital de la miseria del mundo, es un territorio desolado, una foto movida de la América maltrecha, la América pobre. La otra América rica que exporta petróleo o, como Brasil, que escala posiciones en el ránking de las potencias (pronto será el quinto estado más poderoso del planeta), se ve reflejada también en las tripas al descubierto de Haití tras el paso del monstruo de la tierra que aplastó casas y habitantes sin compasión.
Porque ésa es la amenaza que toda América asume en su destino de placas tectónicas en continuo movimiento, digo que toda América se estremece al tiempo que lo hace Haití, y sufre las réplicas del seísmo como en carne propia. Toda América. Un continente con islas que se juega la vida a diario, en carreteras no aptas para salvar los transportes colectivos de despeñarse por sus riscos maravillosos y verticales; en cerros de chabolas de hambre extrema; en gobiernos habitualmente corruptos, y en terremotos, que arrasan con todo lo que, a pesar de todo, logran construir sus gentes laboriosas.
América no es fácilmente comprensible geográfica ni humanamente para una Europa que hace tiempo que no sabe de ella, no ya tanto para unas islas que no han perdido el roce. América escapa a toda comprensión ajena. Porque es el verdadero paraíso de la Tierra y, en un pronto temperamental del planeta, se convierte en un infierno. Porque es un mosaico de pueblos indómitos que ahora celebran el bicentenario de los años que hace que son libres, y prolongan, sin embargo, desigualdades y agravios hacia los indígenas, que nos remontan a etapas coloniales y, más aún, a los orígenes del mal llamado descubrimiento, con la misma nostalgia que rezuman, muchos siglos después, las piedras incaicas de Pikillagta, en Cuzco (Perú), en donde acabo de estar. Viví el seísmo de este país en agosto de 2007. Es el mismo seísmo que ronda de aquí para allá por todas las esquinas de América. El mismo. Y no la deja quieta.