Algunos compañeros periodistas de sucesos afirman últimamente que han aumentado los robos con la crisis en municipios de las islas, y cuentan que en más de uno (citan Tacoronte, en Tenerife, por ejemplo) la frecuencia de hurtos en viviendas y negocios (las gasolineras son el termómetro) genera pánico y no todos los asaltos son denunciados a la policía. En las últimas horas han caído algunos cacos (amigos de lo ajeno, los llamaba en sus crónicas negras a veces el recordado Bernal, recién fallecido, del que otro día les hablaré). Deberíamos prestar atención a las caras de algunos vagabundos inexpertos que alargan la mano demandando una limosna sin levantar la mirada. Ese pudor delata ‘vidas erráticas’, como dice Gianni Celati, en el bosque humano de esta crisis, incluso viejos amigos de tiempos mejores que cayeron en desgracia. En la Península –escucho por la radio- un padre de familia, bibliófilo, al quedar en paro, decidió poner en venta su biblioteca y creó una librería de segunda mano, donde libros viejos y nuevos –algunas joyas entre ellos- se vuelven asequibles a precios de ocasión. (Bernal, del que reitero que pienso hablarles próximamente, tenía un misterioso fondo de libros, que guardaba celosamente en una habitación de la casa familiar en la que parece ser que el padre le dejaba únicamente asearse y dormir, sin voz ni voto; también él cayó en picado, y yo le sugería que vendiera algunos libros de su misteriosa biblioteca para ir tirando, sin que me hiciera caso, hasta que una noche quiso entrar en su casa y le habían cerrado el paso: estaba en obras, ya nadie vivía allí, el padre se había mudado por la mañana, y de los libros nunca más supo, que yo sepa.) Conviene mirar a la cara a los mendigos de la crisis. Puede ser un amigo con un libro bajo el brazo y la otra mano abierta boca arriba que pide y se deja leer.