Los 80 gramos de pentrita (un potente explosivo rompedor) que llevaba oculto en los calzoncillos el terrorista nigeriano de familia acomodada y con cara de niño bueno Abdulmutallab, a bordo del vuelo 253 de Northwest Airlines Amsterdam-Detroit, resucita un debate en la era Obama que en tiempos de Bush cobró vigor tras los atentados del 11-S de 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York. En aquella ocasión, el vuelo 93 de United Airlines, que guarda algunas similitudes con este caso del día de Navidad, acabó -recuerden los que vieron la película- precipitándose al vacío en Pensilvania. El debate entre seguridad y derechos civiles. O, lo que es lo mismo, aplicado a las actuales circunstancias, la utilización o no del escáner corporal.
El veinteañero suicida que quería abrir un boquete en el avión y hacerlo estallar antes de aterrizar, hijo de un notable banquero nigeriano, demostró, habiendo superado los detectores de metales en el aeropuerto con el fatídico polvo blanco adherido a su cuerpo en las zonas pudendas, la espantosa endeblez de los controles de seguridad en la aviación comercial; de ahí que en EE.UU y Reino Unido (almas gemelas) se abra paso, sin contemplaciones, la implantación de aparatos de rayos x que desnudan por completo al pasajero y ponen al descubierto lo que lleva bajo la ropa y la piel, sea un implante de silicona, un diente postizo o un arma de destrucción masiva, como portaba este muyahidin de clase alta dispuesto a inmolarse y aquel otro pasajero de un vuelo París-Miami que en 2001 pretendió también sin éxito hacer saltar el avión por los aires con el mismo explosivo camuflado en los zapatos.
Despelotar al viajero/a, violando flagrantemente su intimidad, lleva camino de imponerse con Obama, que no es Bush, pero no pestañea al igual que éste a la hora de anteponer la seguridad a los pudores de la intimidad personal de los ciudadanos.
Casi una década después del debut internacional de Bin Laden, el mundo vuelve a estremecerse al recobrar la conciencia del peligro de vivir en un mundo no apto para tal fin. Las amenazas de Al Qaeda, ahora mismo, se multiplican por dos: se extienden por tierra, como demuestra el secuestro de los tres cooperantes españoles, dos italianos y un francés en Mauritania, y por aire, como prueban éste y aquellos vuelos de la muerte de 2001. Los expertos vaticinan que, tarde o temprano, las garras del monstruo se ensañarán sin piedad con embarcaciones pobladas de pasajeros: cruceros, trasatlánticos y naves militares.que surcan los mares más conflictivos.
El resurgimiento de Al Qaeda coincide con la intensificación de las acciones y efectivos militares de Occidente encabezadas por EE.UU. en Afganistán y un despliegue considerable de los terroristas en el denominado Magreb. Esto hace que algunos medios de comunicación locales y nacionales, como Canarias 7 y El País, hayan puesto el acento últimamente en la presencia de Al Qaeda en el Sáhara, muy cerca de Canarias. No es nuevo el desplazamiento del fundamentalismo islamista de Irak y Afganistán hacia esa región de África, y ya EE.UU. ha instalado su cuartel general en la zona, el Africom, que opera desde Marruecos con la mirada puesta en los crecientes movimientos del salafismo armado. Tras las primeras incursiones virulentas del yihadismo más temerario en Marruecos, Argelia y Túnez, esta corriente del terrorismo heredero de los primeros años de la década encuentra su ámbito natural de expansión atravesando el inmenso desierto del Sahel, que abarca desde Sudán al Atlántico medio, donde se alinea una cadena de países de dudosa estabilidad o semifallidos como Mauritania (estrecho socio de Canarias, con vuelo directo y conexión marítima), Malí, Níger y Chad. El puente de esta franja con Yemen (lugar en que se focaliza ahora mismo un plan de respuesta intensa al atentado frustrado del avión de Detroit) culmina todo un corredor de la muerte.
Canarias está a tiro de piedra del flamante polvorín de Al Qaeda en el Magreb Islámico, un franquiciado de la yihad fundada por el decimoséptimo hijo de uno de los constructores más ricos de Arabia Saudí. Bin Laden acredita (como el célebre terrorista Carlos, que logró evadirse durante veinte años saltando entre países de África y Europa hasta su detención en 1994, “vendido” por Sudán a Francia, mientras dormía plácidamente en Jartún) capacidad de fuga. Pero un día caerá en la red. Y hasta entonces (como Carlos, ‘el Chacal’) ni en Canarias (aunque entre nosotros apenas hablemos de este riesgo de proximidad) ni en ningún rincón del mundo podemos permitirnos el lujo de dormir tranquilos.