Como de sopetón, esto ya es 2010, y el cuentakilómetros devora los días con auténtica avidez. Qué traerá de nuevo y de bueno (oh, o de malo) este año desconocido es un misterio que tardaremos, al menos, 365 días en desvelar. De antemano, irrumpe con todas las alharacas tras el año negro que le precede. Pero conviene, todavía en el umbral, no hacerse demasiadas ilusiones. Lo primero que habría que preguntarse es de qué depende el que 2010 sea, en efecto, un año 10. Supongo que cada uno tendrá requisitos que sugerir. Éstos son sólo algunos (y no todos). Que doblegue la crisis. Que insufle empleo. Que provea de grandes hallazgos científicos. Que se imponga la sensatez en la lucha contra el cambio climático. Que el terrorismo islámico (y todos los terrorismos de Oriente a Occidente, de Sur a Norte), cuya punta de iceberg ha sido ese frustrado atentado del vuelo a Detroit el día de Navidad, no retorne, ni por asomo, al funesto cénit del 11 de septiembre de 2001. Que Obama lo haga bien por el bien de todos. Que vean la luz un par de libros que no cambien el mundo pero nos rediman como lectores. Que no haya ninguna gran catástrofe natural capaz de morder un pedazo de humanidad en mala hora. Que el hambre y algunas graves enfermedades merezcan grandes soluciones. Que los derechos humanos sean preservados tras una década de horror. Que las guerras no merezcan la pena. Y la paz, la Paz, salte sobre todas ellas y se imponga como una colosal paloma. Ah, por amor de Dios, que 2010 no nos defraude.