Aminatu regresó un mes después a casa y ahora vivirá con esos 32 días de huelga de hambre en su palmarés de pacifista como un trofeo que le ganó a la muerte. Los derechos humanos, como el aire que se respira o el silencio, son impalpables, pero están presentes en el haber de todo lo humano: vivir sin derechos humanos, como vivir sin aire o sin un instante de silencio debería ser imposible. Comprender que es así, aun a estas alturas, exige recordarlo. Y es lo que ha hecho esta mujer que vino por el aire y guardó silencio casi todo el tiempo que permaneció en Lanzarote sin abrir la boca para comer.
“Volveré a El Aaiún viva o muerta, pero volveré”. Sólo esa determinación la ha llevado al hogar junto a los hijos. Con toda seguridad, el rey alauí se retractó a cambio de importantes concesiones; algunas están explícitas en los comunicados oficiales de España y Francia, este jueves 17 de diciembre del regreso de Aminatu a El Aaiún, que reconocen la “ley marroquí” sobre el Sáhara Occidental mientras el conflicto no se resuelva. No es poco relevante ese ‘favor’ de Zapatero y Sarkozy, porque en términos pragmáticos, equivale a reconocer la soberanía transitoria del territorio ocupado al invasor.
Francia ha ido esta vez más lejos que España, al consagrar de paso por escrito la propuesta marroquí de una “gran autonomía” del Sáhara frente a la defensa saharaui del derecho a la autodeterminación (tampoco es un respaldo sorprendente, habida cuenta de que a todos nos constaba que Rabat daba por seguro el visto bueno del padrino francés en su oferta a la ONU). España no llegado a ese extremo, pese a que es vox pópuli su simpatía hacia un desenlace autonómico de su antigua colonia.
Pero no paso por alto que en todo este largo mes de ‘cerrazón’ de Rabat a entrar en razones, ha habido pronunciamientos españoles cualificados a favor del referéndum de autodeterminación del Sáhara: desde el ministro Miguel Ángel Moratinos al portavoz parlamentario del PSOE en las islas Santiago Pérez (el mismo jueves en el programa ‘El Envite’ de TVC). Diríase que en el seno del partido en el gobierno y del propio Gobierno se han hecho públicas opiniones que han debido incomodar al rey Mohamed VI. Por meras declaraciones y manifestaciones públicas prosaharauis, Marruecos tensó en el pasado las relaciones con España. Me pregunto si esta vez, ante el calado de las desavenencias (Moratinos admitió el mismo jueves definitivo en la Comisión de Exteriores del Congreso que su colega alaui Fassi Fihri desoyó la negativa española a recibir en Lanzarote a la activista expulsada) y la evidente tensión bilateral maquillada en público con buenas palabras de preocupación, el incidente Haidar dejará secuelas en las relaciones entre Madrid y Rabat.
España no ignora que Marruecos comenzó amenazando con bajar la guardia en el control de las pateras, el narcotráfico y hasta el terrorismo si persistía en las presiones para que la activista volviera a El Aaiún. Tampoco desconoce que ha tenido que recurrir a los buenos oficios de Francia y EE.UU. para vencer las resistencias de Marruecos (en una clara demostración de flaqueza pese a ser su vecino más allegado). Y no es descartable que haya habido alguna mediación con la máxima reserva del Rey de España, que tampoco bastó de haberse producido. Al menos, el grado de confianza y fiabilidad pacientemente reconstruido por parte de España con Marruecos, en estos últimos cinco años, sobre las ruinas de aquella crisis del islote Perejil, se ha visto mermado en estos 32 imborrables días de incertidumbre diplomática.
A Canarias, testigo no pasivo de este conflicto humanitario y político, le deja una huella el valiente ayuno de esta mujer cuya sonrisa serena ha pasado la mano sobre la capa de polvo que cubría el contencioso del Sáhara durante más de 34 años. La huella de su indomable dignidad.