El desparpajo de Pedrito no es la desfachatez de un jugador fanfarrón. Ésa nunca fue la vitola de los canarios, más dados a pecar por defecto que por exceso. Lo que sorprende de este delantero que no se arruga en el área no es que ‘no parezca canario’ en el viejo sentido peyorativo con que siempre se ironizó en la Península del aplatanamiento isleño, sino que haya hecho la proeza de meter goles en todas las competiciones en una misma temporada (hito sin precedentes por el que ha entrado en la historia del fútbol) justamente en las filas del mejor equipo del mundo. Su hazaña es múltiple, de ahí que el gol al Atlante mexicano en el Mundialito de Abu Dabi, por el que se le recordará siempre como autor de un récord para elegidos, no sea el mayor éxito que ha obtenido este tinerfeño precoz. Lo más importante de Pedro Rodríguez Ledesma es estar en su momento de gloria donde está, en el Barcelona de Messi, y tutearle el puesto al argentino, recién declarado mejor jugador actual. Esa responsabilidad recae sobre unas piernas que no han dejado de creérselo. El día que Pedrito no se lo creyera, se lo tragaría el fantasma de carne y hueso que, por suerte, se convirtió en otra pasta cuando Guardiola creyó en él. Jugadores mágicos, como dibujos animados, que no parecen de este mundo. El fútbol es talento y mucha fe. Valdano decía que cada jugador puede dar más de sí, porque cada uno lleva otro dentro que le habla al oído y le hace crecer. Son esa clase de jugadores que tienen sueños, “sueños de fútbol”, decía Benedetti en el célebre cuento ‘El césped’. El que llega a su casa exhausto y se echa en el sofá tras subir siete plantas por la escalera, el día que se averió el ascensor, se siente sin fuerzas. Pero si alguien grita “¡fuego!”, porque se declara un incendio, olvidará que estaba agotado y no parará hasta poner a toda la familia a salvo. Pedrito ya ha salvado al Barcelona de algún incendio. Y nunca está cansado.