El fracaso de la cuarta conferencia de presidentes (abierto el espectro político en canal, con las vísceras fuera: comunidades del PSOE a un lado y al otro las del PP, como las dos caras opuestas de una moneda de imposible coincidencia) augura pocas esperanzas a un acercamiento de los dos colosos, a raíz de la nueva ley de economía sostenible y todas las leyes económicas que el Gobierno quera poner sobre la mesa. La estrategia (o el tactismo, al que aludió Zapatero en la rueda de prensa tras el fiasco autonómico) se impone en la prelación de los partidos al interés general. Fue el pecado del PSOE en la pasada legislatura (aquella etapa tierna de leyes a mayor gloria del lifting del gobierno, durante la bonanza económica ajena al terremoto financiero que se avecinaba, como si el ojo de un cámara aficionado filmara el atardecer placentero de cualquier ciudad de costa horas antes de que un tsunami devorara las casas, los coches y transeúntes y los borrara del mapa, quiero decir) y ahora el PP copia el prontuario y juega con él como alevín imitando a las estrellas que ve en televisión.
Acudieron los presidentes populares al salón de los pasos perdidos del Senado, fingiendo una cortesía alentada por Rajoy que levantaba sospechas, y simularon afanarse en intercambiar documentos y propuestas ilusionando a Zapatero con algo más que una foto de familia: la hipótesis más remota de un acuerdo formal de los jefes de gobierno de las tribus de España para crear empleo, frenar el déficit, en una palabra, remar todos juntos contra la crisis, aunque ésta tenga olas de 30 metros y no haya brazos que resistan las embestidas. Sin embargo, el bloqueo de los populares a toda ‘pax’ económica desmoronó a Zapatero, que los llamó ‘desleales’ herido en su amor propio como quien se había tragado el anzuelo. De manera que, en vísperas de una presidencia semestral europea ya de por sí un tanto descafeinada por los cargos recién electos de presidente permanente y ministra de Exteriores tras el Tratado de Lisboa, a ZP le aguardan meses, incluso años (de prolongar la legislatura hasta su límite, en marzo de 2012) de diálogo de besugos.
Mientras el resto de la eurozona sale de la recesión y España alarga la agonía por problemas estructurales de economía interna, carece el país de altura política entre los principales partidos, incapaces de sellar un mínimo acuerdo que levante el ánimo de cuatro millones de parados y de cuantos temen perderlo en 2010 (el año del que nadie habla). Un presidente periférico, como el canario, tuvo que terciar en el desencuentro de los dos grandes partidos, según las noticias del postpartido, y abogar por una prórroga que no impidió la huelga de brazos caídos de los participantes del PP.
Paulino Rivero tiene a su favor haber suscrito hace muchos meses un acuerdo de concertación social con sindicatos y patronal, que no ha sido posible en Madrid (bien es cierto que no contemplaba el escollo de recortes en las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social, competencia del Estado) y el hecho de presidir un gobierno en coalición con el PP, que no le impide alcanzar acuerdos con el Gobierno socialista de Zapatero, como prueban el sí canario en esta conferencia, junto a navarros y cántabros, y el precedente de diálogo entre gobierno que consagrara el 9 de octubre el ‘Plan Canarias’ en el Consejo de Ministros de Las Palmas. Pero el cabo que echó Canarias quedó flotando en las aguas sucias de la política española actual que no ve más allá del dicho de que ‘cada palo aguante su vela’. A Zapatero, ahora, no le queda otra, ante el boicot del PP (Esperanza Aguirre lo resume en el agravio de tildarle de ’campeón del paro’), que consensuar contrarreloj con sindicatos y CEOE una espinosa reforma laboral que contente a todos y, sin flexibilizar el despido, favorezca un modelo de contratación único más ventajoso que genere empleo.
Los alemanes han tenido una idea (la ‘kurzarbeit’ o reducción de tiempo de trabajo para frenar el paro masivo) y ya despierta simpatías en Europa: de hecho mediante esta fórmula, por la que los trabajadores aceptan recortar la jornada y cobrar las horas que pierden por debajo de su precio con cargo a las arcas públicas, cerca de medio millón de personas han salvado el empleo. El Estado ahorra y el paro no crece. La llamada crispación española ya se sabe que se parece más a la beligerante política italiana que a los buenos modales alemanes (capaces de aquel abrazo de elefantes entre los dos grandes partidos, que gobernaron juntos para sanear el país y nadie se rasgó las vestiduras), pero, si no se juramentan pronto los líderes y lanzan un mensaje a sus tropas de la necesidad de mantener la fiesta en paz porque el país se desangra, veremos cualquier día a un dirigente, y no ya metafóricamente al país, con la cara bañada en sangre porque a un loco se le fue la mano.