La huelga de hambre de Aminatu, que hoy miércoles cumple 25 días, se adentra en un terreno peligroso, que escapa al alcance de los políticos. Da la sensación de que esta irreductible mujer de principios tan firmes, cuya sonrisa en la orilla de la muerte parece fruto de la magia, ha tomado una decisión, que no es nueva ni premeditada, sino única. No creo que la pensara antes dos veces, ni ahora le esté dando vueltas en su cabeza bajo una preciosa melfa: morir o volver a El Aaiún. A España esta posibilidad se le atraganta por impensable, no la calculó cuando el ministro marroquí de Exteriores, hace ya casi un mes, le endosó a Moratinos el problema tras expulsar a Haidar por declararse saharaui en el casillero del control policial. Las causas existen. Y los ideales. Las convicciones. Pero las democracias suelen, en el curso de su degradación, olvidar estas cosas. Y lo que nos recuerda Aminatu es que la historia se repite. Gandhi se repite. Y los errores del 75 (falsa descolonización del Sáhara Occidental) también se repiten. España ha vuelto estos días a reencontrarse con los fantasmas de un conflicto que ha querido en vano en 34 años olvidar. Quiero, no obstante, cargar las tintas sobre el único gobierno y el único rey que asumen la mayor carga de la responsabilidad de que Aminatu se pueda, en cualquier momento, morir. El gobierno y el rey de Marruecos. Un gobierno que escupe en la cara de una mujer que defiende, a la vez que su dignidad, la de las demás mujeres musulmanas y la de todo su pueblo. Incluidos dos hijos que nadie debería permitir que queden huérfanos, como quedaron los saharauis de España el año del mal paso.