Las fiestas conmemorativas del 20º aniversario de la caída (derribo) del muro de Berlín traen consigo una secuela de nostalgia, que hace bien al ocaso democrático en muchos países de occidente y oriente, porque nos devuelven a la realidad de los cimientos de la libertad que disfrutamos todos en una Europa que, por fin, acaba de obtener un tratado propio.
Hace tan siquiera dos décadas, media Europa declinaba al otro lado del muro, y la otra media estaba aún a medio hacer. La libertad y la paz (con la excepción balcánica y su excreción de bochorno) no advinieron de un modo casual fortaleciendo la unión de las dos Alemanias y las dos Europas de la noche a la mañana (de la noche del día 9 de noviembre de 1989 a la mañana del día 10). Fue fruto de la experiencia de un fracaso insospechado del modelo de sociedad socialista en el bloque comunista del Este. Y fue posible (anécdotas al margen, a las que en seguida recurriré) gracias a la clarividencia de un puñado de dirigentes.
Dos, en particular, posibilitaron el sustancial cambio político que supuso tirar abajo el muro de alambres y hormigón. Dos buenos amigos de Canarias. Dos veraneantes de La Mareta en Lanzarote: Mijail Gorbachov y Helmut Kohl.
El primero (último presidente de la URSS) decidió darle la vuelta a su gigantesco, gerontocrático y esclerotizado país como si se la diera a un calcetín, mediante su célebre perestroika, y, contra viento y marea en el seno de un régimen tan hermético como la compuerta de la cámara de seguridad de un banco, hizo saltar todas las alarmas, el muro se hizo añicos y souvenirs aguijoneado con picos y piquetas por una marea humana, y toda una era terminó. Conocí a Gorbachov y a Raisa en 1992, tres años después de la caída del muro, y para entonces, la URSS era historia, fragmentada en múltiples estados como un gran mural que se hubiera resquebrajado por la fuerza sísmica de tales acontecimientos.
Gorbachov (su mancha alargada en pleno cráneo era archiconocida como una señal distintiva en una cabeza que albergó semejante transformación impensable) era afable y sonriente, se mostraba como un adolescente seducido por una mujer que los rusos habían admirado como ejemplo de primera dama moderna digna del siglo que estaba a punto de llegar. Todas las mañanas salían a dar largas caminatas en Teguise, con la brisa del mar a un costado, a las que me sumé disciplinadamente para ganarme la confianza del solicitado líder en sus primeras vacaciones tras dejar el poder. Mi intención no era otra que lograr la entrevista en exclusiva que me llevó al aeropuerto de Guacimeta a presentarme ante el mismísimo Gorbachov en nombre del diario El País, con escasas probabilidades de éxito, dado el número de peticiones similares que recibió durante su estancia en la isla.
El otro personaje clave del fin del muro fue Kohl, huésped, asimismo, de La Mareta, que ha reconocido públicamente la trascendencia del talante de Gorbachov, cuya autoridad moral y política fue providencial para que con los primeros boquetes de la gran tapia nadie disparara un solo tiro. Kohl y Gorbachov. Dos hombres que, más tarde, se quedaron solos y viudos casi al mismo tiempo. Dos figuras del siglo de las guerras que alentaron la paz y siguen siendo testigos de un mundo que se resiste a llevarse bien consigo mismo.
El citado 9 de noviembre, en la célebre conferencia de prensa del portavoz del Gobierno de la República Democrática Alemana, Schabowski, ausente de las deliberaciones del Consejo de Ministros de ese mismo día y que hablaba sin saber muy bien lo que leía en los papeles que le habían pasado, dijo que las restricciones para viajar al extranjero habían sido levantadas y esta vez no harían falta pasaporte ni visado, sólo el documento nacional de identidad, un hecho inaudito. El periodista Riccardo Erhman, veterano corresponsal de la agencia italiana de noticias Ansa, preguntó como una flecha: “¿Ab wann?” (“¿A partir de cuándo?” Y el portavoz, titubeante buscando la respuesta en sus notas traspapeladas, contestó: “Ab Sofort” (“Inmediatamente”) y dio por concluida la rueda de preguntas. Sus declaraciones las pudieron escuchar todos los alemanes orientales por la televisión en directo. Erhman se sorprendió de que los demás periodistas recogieran sus bártulos como de costumbre sin dar importancia a la noticia. Él, sin dudarlo, corrió a transmitir para su agencia el siguiente titular: “¡Ha caído el muro de Berlín!” Sus jefes pensaron que estaba loco porque ninguna otra agencia, transcurridos unos minutos de margen prudencial, había contado lo mismo. Sin embargo, le creyeron, y ese ‘scoop’ pasó a los anales de la historia del periodismo. El mérito de Riccardo Erhman fue escuchar lo que escuchó y saber interpretar su significado.
Un día, con la simpatía que desplegaba, Gorbachov se me acercó y, delante de todos, me dio un abrazo. Acababan de regalarle un timple y se había esmerado en arrancarle algunas notas. Tenía una sencillez impropia en un jefe de Estado de todo un imperio. Había sufrido un golpe de Estado, como Suárez, que también fracasó, había culminado su obra y dejado paso a Yeltsin. Eran sus primeros días como hombre de a pie. “Tu error ha sido ése, permitir que Yeltsin lo estropee todo a partir de ahora”, interrumpió Raisa como un rayo desde el sofá, sin poder contenerse, mientras él nos concedía la disputada entrevista a solas a Martín Rivero, Lucas Fernández y quien suscribe, premio extraordinario a la constancia del periodista, que no se limitó a hacer guardia a las puertas de La Mareta, donde., mientras Gorbachov desgranaba los últimos episodios de su vida delante de un magnetofón, decenas de enviados especiales lamentaban su sedentarismo.