NOVIEMBRE 2009 ENTRIES
lunes, 30 de noviembre de 2009 - 9:40

La grave contradicción en que han incurrido los médicos sobre el ‘desgraciado’ caso de la niña de tres años Aitana, que falleció el jueves en el Hospital de La Candelaria, ha empujado a los medios de comunicación a condenar a coro unos hechos y un sospechoso, que se han revelado infundados.

En el primer diagnóstico, el facultativo del centro de salud que atendió a la niña en primera instancia en el municipio de Arona (Tenerife), creyó descubrir en el cuerpo de la pequeña (ingresó con parada cardiorrespiratoria) signos evidentes de una atrocidad: politraumatismos, quemaduras y abuso sexual ante posibles desgarros vaginal y anal. Con ese parte médico, el joven Diego P.V. fue detenido como sospechoso de malos tratos y la Policía Local pensó que estaba ante un monstruo.

En teoría, se activó el protocolo ordinario para abordar presuntos casos de violencia con niños: el médico, ante el primer indicio, pone en alerta a las autoridades. Un segundo informe forense, una vez hospìtalizada la niña en estado grave, descartó los indicios de violación. Finalmente, la autopsia ha acreditado la versión de la familia de Aitana (madre y novio): la niña se había caído días atrás de un columpio en un parque y no se le apreciaron en un servicio de urgencias lesiones internas, pero lo cierto es que murió a causa de la hemorragia provocada por las heridas de ese accidente.

El sospechoso, puesto en libertad sin cargos, había pasado en 72 horas de ser acusado de agresiones y abuso sexual de la menor a homicidio y, finalmente, declaro inocente. Una historia cruel de victimario convertido en víctima, que nos deja una lección, una más, sobre el espinoso oficio de informar y opinar sobre comportamientos ajenos.

Durante toda la semana, en el marco del día internacional contra la violencia de genero, el joven madrileño de 25 años que vivía desde octubre con la madre y la hija de ésta en Costa del Silencio (Arona, Tenerife), sufrió un linchamiento mediático generalizado, que se basaba en apreciaciones médicas antes de que fueran desmentidas. El caso dio un giro de 180 grados a partir de la defunción de la niña el jueves. Los médicos habían metido la pata al principio, y la prensa también. Que todos obramos con la mejor voluntad, es indudable. Que todos venimos de vivir durante años un clima social de máxima alerta y sensibilidad sobre la seguridad de los menores, nadie lo discute. Y que, en materia de pedofilia y atentado a la integridad infantil, no debemos bajar la guardia, huelga reiterarlo. Nos asalta la incertidumbre de la indefensión que casos como éste acarrearían si no se aprende del error cometido para que nunca se pueda repetir. ¿O cuántos padres se pensarían dos veces llevar a un hijo a un centro médico con rasguños en la cara por una caída accidental?

La contrariedad que nos produce semejante patinazo, a la luz de la segunda y esperemos que definitiva versión oficial, es que hemos ‘crucificado’ a un inocente. No pagó justo por pecador. Nos equivocamos. Todos. Si el mea culpa colectivo borrara ese fatídico deshonor, vaya el mío por delante.

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lunes, 23 de noviembre de 2009 - 9:14

Durante la guerra del Sáhara, en los años 70 y 80, eran frecuentes los apresamientos de pesqueros canarios. En una ocasión, un representante del Frente Polisario viajó a Las Palmas a apadrinar al hijo de un marinero que había sido rehén de los saharauis en Tinduf. Eran escenas familiares en aquellos años de turbulencia en el desierto. Una corriente de simpatía se había fraguado entre Canarias y el Polisario, y a Marruecos sólo se le ocurría perseguir el rastro de los saharauis en Las Palmas para boicotear esas relaciones.

En la casa de la periodista Herminia Fajardo, al lado de la catedral de Santa Ana, se hospedaban los más significados dirigentes saharuis; era una casa fichada por la inteligencia marroquí, y la periodista, que se la jugó sin duda en los años de plomo previos a la transición, gozaba de los mejores contactos con el movimiento independentista del Sáhara Occidental, hasta que, mucho tiempo después, enfrió una implicación tan visible.

En los recitales de canción popular que organizábamos en las islas era común escuchar canciones alusivas a la emancipación del Sáhara y se enarbolan banderas saharauis y tricolores con siete estrellas verdes, porque Cubillo ya hacía ruido desde Argel. Pedro Guerra se dio a conocer en aquellos circuitos espontáneos en plazas y calles de barrios periféricos.

Un día de 1992 marroquíes y polisarios firmaron una tregua que se ha revelado inservible. Y desde entonces vienen discutiendo con largos paréntesis, como ahora han vuelto a hacer, en un diálogo de sordos. Marruecos, hace un par de años, planteó una salida al callejón de más de tres décadas de desacuerdo: una amplia autonomía para el territorio al parecer inspirada en Canarias. Pero el Frente Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) se oponen a ese atajo, después de un amago de barajar seriamente tal opción que no prosperó en su seno, y se reafirma en una reivindicación histórica con el respaldo de la ONU: la celebración del referéndum de autodeterminación que consagre la independencia o la soberanía marroquí impuesta actualmente.

Éste es un conflicto originado por la vía de la fuerza. En 1974, España pretendió promover esa consulta para liberar al Sáhara de su dominio colonial, y Hassan II reclamó ante la ONU derechos inexistentes sobre el territorio. En vista de que no le fueron reconocidos (salvo una vaga conexión de tribus saharauis con el sultán marroquí), urdió una marcha verde de pacotilla y, comprando favores entre ministros venables mientras Franco agonizaba, forzó un 14 de noviembre de 1975 que recuerdo de memoria el montaje burdo de los famosos Acuerdos Tripartitos de Madrid (España, Marruecos y Mauritania con la anuencia de la Yemáa). Marruecos se quedó con la mayor parte del pastel y Mauritania con la franja de territorio más próximo a sus fronteras, a la que no tardó en renunciar por incapacidad militar para defenderla en el campo de batalla.

Este mes se cumplen, por tanto, 34 años de vergüenza tras aquella comedia infame de los últimos herederos de la dictadura para arrebatarle la patria a sus únicos dueños, los saharauis, que hoy sobreviven gracias a la caridad de algunos estados amigos en los campamentos de Tinduf (Argelia). El contencioso saharaui ha sido todo este tiempo una pesadilla para España, que no ha sabido, ni con gobiernos de derechas ni de izquierdas, enmendar la retirada poco gallarda (que abochornó a los propios militares obligados a hacer mutis por el foro), con tal de dejar a los saharauis a expensas de un Hassan sin compasión.

Ceuta y Melilla explican ese entreguismo, y posteriormente no han cesado de acumularse nuevas ‘entregas’: la desleal competencia del tomate marroquí al canario, la suspensión ad eternum de la mediana con las islas, o el archivo de la licencia a Repsol para extraer petróleo en esas aguas compartidas aprovechando la coartada de un veto ecologista y de los cabildos majorero y conejero a los que nadie trata de convencer de las garantías que reclaman. Con Marruecos, la diplomacia española se basa en un imperturbable ‘dejar estar’, que es un plagio de la estrategia alauí de dormir los asuntos espinosos hasta que el tiempo los resuelva. Ahora mismo, Rabat confía en que la próxima cumbre de la UE, ya bajo presidencia española, le conceda el estatuto avanzado al que aspira. España teme las represalias marroquíes cada vez que le pisa algún callo, como comprobamos al inicio de la ola de inmigración ilegal. Pero Canarias no puede dar la espalda al Sáhara. Fortalecer los lazos comerciales con uno de los países africanos más cercanos y estables es una política razonable que no está reñida con la debida solidaridad humanitaria ante este atropello con una representante saharaui, cuyo pueblo es un viejo amigo.

Todos los antecedentes citados explican la nueva metedura de pata del gobierno español, al aceptar que Lanzarote sea el destino pactado de la activista saharaui Aminatu Haidar, expulsada hace una semana de El Aaiún por no reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara en el casillero de la tarjeta de desembarque a su regreso de un viaje a Nueva York para recibir el premio por al ‘Coraje civil’ de la Fundación Train. El patinazo se amplifica al tratarse de una exponente de la lucha saharaui con reconocimiento internacional, que fue recibida antes por el Senado de los EE.UU. para concederle el Premio de los Derechos Humanos de la Fundación Robert Kennedy, y que nada más sentirse inmovilizada en el aeropuerto de Guacimeta, sin poder tomar otro vuelo de retorno porque Marruecos le intervino el pasaporte, ha denunciado a las autoridades españolas de secuestro y puesto su caso en conocimiento de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, y el propio secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon. Moratinos, el titular español de Exteriores, tuvo oportunidad esta semana de abordar el delicado caso con su homólogo marroquí en Rabat, pero la política generalizada de paños calientes de España con Marruecos se ha vuelto a repetir.

La ‘Gandhi saharaui’ es una mujer de 42 años valiente, que ya fue detenida por primera vez en 1987, por participar en una protesta contra la anexión marroquí del Sáhara durante la visita de una delegación de la ONU. Permaneció tres años y siete meses en prisión; fue torturada “con los ojos vendados” y privada de comida y juicio. Y en una segunda ocasión, hace cuatro años, con motivo de la ‘intifada saharaui’, fue condenada a seis meses en la Cárcel Negra de El Aaiún. Las fotos de su rostro irreconocible dieron la vuelta al mundo con su puesta en libertad.

Las autoridades marroquíes proponen a Moratinos que le conceda la carta de refugiada para que pueda desplazarse o que ella admita su nacionalidad marroquí para que se le devuelva la documentación. Pero, bajo sus coloridas melfas, Aminatu prosigue una huelga de hambre peligrosa en la tierra de los volcanes, dispuesta a resistir, pese a su frágil salud, hasta que se le devuelva a El Aaiún sin estratagemas. Mientras recibe la visita de Cayo Lara (coordinador de IU) o del actor Guillermo Toledo (“vengo a dormir a su lado como un perro”, dijo con indignación al enterarse de que el aeropuerto de Guacimeta cierra sus puertas cada noche y la desaloja), aclara que está aquí contra su voluntad y no es una inmigrante sin papeles. Pide respeto a la legalidad, porque sabe que se ha violado con ella el derecho a la libre circulación. España ha vuelto a enfangarse en el conflicto del Sáhara. Aminatu no piensa volver en patera.

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miércoles, 11 de noviembre de 2009 - 9:36

Las fiestas conmemorativas del 20º aniversario de la caída (derribo) del muro de Berlín traen consigo una secuela de nostalgia, que hace bien al ocaso democrático en muchos países de occidente y oriente, porque nos devuelven a la realidad de los cimientos de la libertad que disfrutamos todos en una Europa que, por fin, acaba de obtener un tratado propio.

Hace tan siquiera dos décadas, media Europa declinaba al otro lado del muro, y la otra media estaba aún a medio hacer. La libertad y la paz (con la excepción balcánica y su excreción de bochorno) no advinieron de un modo casual fortaleciendo la unión de las dos Alemanias y las dos Europas de la noche a la mañana (de la noche del día 9 de noviembre de 1989 a la mañana del día 10). Fue fruto de la experiencia de un fracaso insospechado del modelo de sociedad socialista en el bloque comunista del Este. Y fue posible (anécdotas al margen, a las que en seguida recurriré) gracias a la clarividencia de un puñado de dirigentes.

Dos, en particular, posibilitaron el sustancial cambio político que supuso tirar abajo el muro de alambres y hormigón. Dos buenos amigos de Canarias. Dos veraneantes de La Mareta en Lanzarote: Mijail Gorbachov y Helmut Kohl.

El primero (último presidente de la URSS) decidió darle la vuelta a su gigantesco, gerontocrático y esclerotizado país como si se la diera a un calcetín, mediante su célebre perestroika, y, contra viento y marea en el seno de un régimen tan hermético como la compuerta de la cámara de seguridad de un banco, hizo saltar todas las alarmas, el muro se hizo añicos y souvenirs aguijoneado con picos y piquetas por una marea humana, y toda una era terminó. Conocí a Gorbachov y a Raisa en 1992, tres años después de la caída del muro, y para entonces, la URSS era historia, fragmentada en múltiples estados como un gran mural que se hubiera resquebrajado por la fuerza sísmica de tales acontecimientos.

Gorbachov (su mancha alargada en pleno cráneo era archiconocida como una señal distintiva en una cabeza que albergó semejante transformación impensable) era afable y sonriente, se mostraba como un adolescente seducido por una mujer que los rusos habían admirado como ejemplo de primera dama moderna digna del siglo que estaba a punto de llegar. Todas las mañanas salían a dar largas caminatas en Teguise, con la brisa del mar a un costado, a las que me sumé disciplinadamente para ganarme la confianza del solicitado líder en sus primeras vacaciones tras dejar el poder. Mi intención no era otra que lograr la entrevista en exclusiva que me llevó al aeropuerto de Guacimeta a presentarme ante el mismísimo Gorbachov en nombre del diario El País, con escasas probabilidades de éxito, dado el número de peticiones similares que recibió durante su estancia en la isla.

El otro personaje clave del fin del muro fue Kohl, huésped, asimismo, de La Mareta, que ha reconocido públicamente la trascendencia del talante de Gorbachov, cuya autoridad moral y política fue providencial para que con los primeros boquetes de la gran tapia nadie disparara un solo tiro. Kohl y Gorbachov. Dos hombres que, más tarde, se quedaron solos y viudos casi al mismo tiempo. Dos figuras del siglo de las guerras que alentaron la paz y siguen siendo testigos de un mundo que se resiste a llevarse bien consigo mismo.

El citado 9 de noviembre, en la célebre conferencia de prensa del portavoz del Gobierno de la República Democrática Alemana, Schabowski, ausente de las deliberaciones del Consejo de Ministros de ese mismo día y que hablaba sin saber muy bien lo que leía en los papeles que le habían pasado, dijo que las restricciones para viajar al extranjero habían sido levantadas y esta vez no harían falta pasaporte ni visado, sólo el documento nacional de identidad, un hecho inaudito. El periodista Riccardo Erhman, veterano corresponsal de la agencia italiana de noticias Ansa, preguntó como una flecha: “¿Ab wann?” (“¿A partir de cuándo?” Y el portavoz, titubeante buscando la respuesta en sus notas traspapeladas, contestó: “Ab Sofort” (“Inmediatamente”) y dio por concluida la rueda de preguntas. Sus declaraciones las pudieron escuchar todos los alemanes orientales por la televisión en directo. Erhman se sorprendió de que los demás periodistas recogieran sus bártulos como de costumbre sin dar importancia a la noticia. Él, sin dudarlo, corrió a transmitir para su agencia el siguiente titular: “¡Ha caído el muro de Berlín!” Sus jefes pensaron que estaba loco porque ninguna otra agencia, transcurridos unos minutos de margen prudencial, había contado lo mismo. Sin embargo, le creyeron, y ese ‘scoop’ pasó a los anales de la historia del periodismo. El mérito de Riccardo Erhman fue escuchar lo que escuchó y saber interpretar su significado.

Un día, con la simpatía que desplegaba, Gorbachov se me acercó y, delante de todos, me dio un abrazo. Acababan de regalarle un timple y se había esmerado en arrancarle algunas notas. Tenía una sencillez impropia en un jefe de Estado de todo un imperio. Había sufrido un golpe de Estado, como Suárez, que también fracasó, había culminado su obra y dejado paso a Yeltsin. Eran sus primeros días como hombre de a pie. “Tu error ha sido ése, permitir que Yeltsin lo estropee todo a partir de ahora”, interrumpió Raisa como un rayo desde el sofá, sin poder contenerse, mientras él nos concedía la disputada entrevista a solas a Martín Rivero, Lucas Fernández y quien suscribe, premio extraordinario a la constancia del periodista, que no se limitó a hacer guardia a las puertas de La Mareta, donde., mientras Gorbachov desgranaba los últimos episodios de su vida delante de un magnetofón, decenas de enviados especiales lamentaban su sedentarismo.

sábado, 07 de noviembre de 2009 - 19:32

La cruzada por el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT), todavía bajo cuerda y sin mayor escándalo (todo se andará), retrotrae a Canarias a treinta años atrás, cuando Francisco Sánchez (director del Instituto de Astrofísica, IAC) defendía con uñas y dientes las excelencias del cielo insular ante un Adolfo Suárez que desconocía las condiciones innatas de Tenerife y La Palma para convertirse en vanguardia de esta ciencia. Suárez, ante la arenga apasionada del joven científico peninsular afincado en el Teide y epígono del astrónomo británico Charles Piazzi Smyth que subió al volcán en el siglo XIX, se rindió y aceptó invertir en la bóveda celeste de las islas el dinero que tenía una habitual finalidad terrestre (carreteras).

Y ahí comenzó una larga historia de tira y aflojas de Canarias con Madrid, ante la constante tentación centralista (vía Consejo Superior de Investigaciones Científicas –CSIC- o del ministro de turno) de absorber el IAC, que es un consorcio participado por instituciones locales (Cabildos, Universidad de La Laguna), gobiernos autónomo y central y CSIC. Esa matraquilla de Madrid de hacerse con las riendas de un instituto que yendo por libre desde la periferia ha logrado el máximo prestigio mundial, ha amenazado más de una vez la proyección y éxitos de nuestros observatorios del Teide y Roque de los Muchachos.

El primero participa en la investigación más importante de la Astronomía actual, el Big Bang u origen del Universo (personalmente, conocí y entrevisté en La Laguna a George Smoot, Premio Nobel más tarde, en 2006, autor de un libro divulgativo muy conocido, ‘Arrugas en el tiempo’, que narra la génesis del proyecto de la NASA de lanzar al espacio el satélite artificial COBE, providencial para el estudio de la radiación de fondo de microondas, gracias al cual este físico de Florida explicó la formación de galaxias a raíz de la gran explosión hace más de 13.000 millones de años), a través del ‘Experimento Tenerife’, dirigido por Rafael Rebolo, que aportó pruebas desde finales de los 80 sobre ese parto traumático del mundo basado en una gran detonación.

Por su parte, el observatorio palmero ha conseguido reunir en un mismo vivero los mejores espejos que apuntan al cielo (honrando 400 años de memoria de Galileo Galilei y 1.600 de Hipatia de Alejandría, de moda por ‘Ágora’, de Amenábar). El último y de mayores dimensiones hasta ahora, el Gran Telescopio Canarias (Grantecan), confirma, de modo irrefutable, que el Roque de los Muchachos es el Observatorio más importante del Hemisferio Norte. Sin embargo, las dudas históricas (sembradas bajo el mismo tic centralista político y científico de costumbre) ponen ahora en peligro (o, al menos, en cuestión) la posibilidad de que el mayor telescopio de última generación previsto, que supondría una inversión de más de mil millones, generaría empleo y consolidaría la sede ‘universal’ de la Palma para esta ciencia de enorme proyección, se ubique junto al Grantecan. Volver a empezar. Los directivos del IAC se desgañitan, como tantas veces antes, para hacer ver a las autoridades nacionales el riesgo real de dejar escapar este tren. El tren del futuro.

El telescopio de 42 metros vendrá si el Gobierno central se deja la piel en el duelo de influencias que enfrenta a España con Chile por la joya de la Astronomía. Y hasta el momento, ni la convicción ni la voluntad política parecen suficientes por parte española, en contraste con las autoridades chilenas que ya han constituido un grupo interministerial para conseguir hacerse con el E-ELT como sea. Chile está poniendo toda la carne en el asador. Se está moviendo. Su ministro de Relaciones Exteriores se reunía días atrás con el director general de la Organización Europea para la Investigación Astronómica en el Hemisferio Austral (ESO), que promueve el telescopio, y logró arrancarle cierto grado de respaldo para la opción del desierto de Atacama, en la región de Antofagasta. España todavía está cogiendo grillos, sin dar muestras de que ésta sea una prioridad de su agenda en materia de Ciencia e Innovación. Hasta ahora sólo hemos oído declaraciones de buenas intenciones, ganando (¿o perdiendo?) tiempo.

Ante las críticas del director del Grantecan, Pedro Álvarez (amén de quejarse de que la restricción presupuestaria para este telescopio recién inaugurado por el Rey aboca al cierre del mismo si no lo remedia una enmienda salvadora, puso al Gobierno central a caer de un burro por apático y desentendido en la pelea por traer para La Palma el próximo mayor telescopio del mundo E-ELT), la ministra del ramo, Cristina Garmendia, se ha limitado a decir que está a la espera de que en diciembre se conozca el dictamen científico-técnico que avale las bondades del cielo de Garafía para el nuevo instrumento de observación. Como si hubiera dudas. España ha decidido no tomar la iniciativa, o sea juega a la defensiva, mientras Chile ya ha marcado algún que otro gol. Que La Palma está a tiempo y en condiciones de ganar de calle este duelo es evidente por las credenciales que aporta sin necesidad de aguardar a ningún informe para hacerse valer, entre otras la de alojar el Grantecan. ¡Qué más argumento de peso quiere el Gobierno de España para batirse el cobre por la sede isleña sin más pereza que cuesta explicarse respecto a un país que, arrastrado por un autoengaño clamoroso, presionó y se vació hasta el mayor de los ridículos, dando saltitos de alegría por televisión a cada rival defenestrado, en el episodio frustrante de los JJ.OO. de 2016, cuando esta otra apuesta es infinitamente más segura y sólida.

La Palma es la única candidatura europea para acoger el E-ELT, frente a Chile, y sólo de intervenir a destiempo, dando ventaja a un aspirante en inferioridad de condiciones (su sismicidad crónica y la contaminación de sus minas de cobre obran en su contra frente a la calima esporádica del Roque de los Muchachos), nos lamentaremos, al final, de la torpeza y el desatino de nuestros gobernantes en un momento sin duda histórico para la ciencia española y canaria, la única en la que somos líderes mundiales (una categoría ganada a pulso precisamente con las armas de la fe y el don de la oportunidad, de las que hizo gala a lo largo de todos estos años el IAC dirigido por Francisco Sánchez, sorteando una y otra vez los obstáculos que la envidia y los celos gremiales iban oponiendo sistemáticamente desde Madrid, por suerte sin éxito).

Canarias, La Palma cuentan ya con el mayor telescopio, el Grantecan, de 10,4 metros de diámetro, cuyo reinado se perfila duradero, al menos hasta 2018, en que entrará en funcionamiento el telecopio norteamericano intermedio de 30 metros, el TMT, desde su emplazamiento de Mauna Kea (Hawai), en detrimento del Cerro de Amazones (Chile). Por haber sufrido esta derrota a última hora es por lo que Chile se ha volcado para apoderarse como sea del E-ELT, el telescopio óptico infrarrojo de 42 metros, el mayor con creces de la nueva generación de macroespejos, que será una realidad simultáneamente al de 30. Si La Palma gana este pulso seguirá siendo el Observatorio más importante del planeta; de lo contrario, bajaría de Primera a Segunda División.

Una maldad política sostiene que el Gobierno de España da por perdida de antemano esta batalla y ha tirado la toalla sin mayor resistencia, porque, una vez que EE.UU optara recientemente por un observatorio del Hemisferio Norte para su telescopio de 30 metros, el de 42 será sí o sí para un Observatorio del Hemisferio Sur, o sea, Chile, y no para otro del Hemisferio Norte como el Roque de los Muchachos. ¿Nos quedaremos los canarios con los brazos cruzados y tres palmos de narices por una jugarreta política de estas dimensiones que no se sostiene científicamente?

Yo pongo, por mi parte aquí y ahora, el grito en el cielo de La Palma.

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martes, 03 de noviembre de 2009 - 9:20

1.- En 24 horas, el peligro tuvo el mismo origen (cayó sobre las cabezas procedente del aire) y la misma consecuencia (causó dos muertes en cada caso). Dos sucesos gemelos. Uno, en la playa del Acantilado de los Gigantes (Santiago del Teide), donde los bañistas desoyeron, al parecer, los avisos de un socorrista demudado tras los hechos que intentó disuadirles de tomar el sol bajo las rocas por riesgo de desprendimiento (ya en octubre hubo uno, que desató la alarma, el balizamiento de la zona y la prohibición). El segundo accidente ocurrió un día después en Arrecife (Lanzarote). Esta vez, los operarios (dos inmigrantes) limpiaban en la cesta de la grúa los cristales de un edificio, pero el brazo del artefacto cedió y los dos obreros salieron despedidos hasta estrellarse contra la calzada y morir poco después como en una escena de Quentin Tarantino. ¡Qué testaruda mala pata mortal! Aún estábamos el domingo bajo la conmoción de las víctimas del alud de la playa, dos mujeres (una británica y la otra vecina de Arona), y el lunes se reproduce, como un calco de cifras y circunstancias, ese otro siniestro laboral de un francés y un peruano en su primer y último día de trabajo. Sucesos a pares. El seísmo y la réplica. Las desgracias, a veces, avisan, van dejando pistas sueltas. El derrumbe en la playa de Los Gigantes tuvo su señal de alerta en otro registrado antes en la carretera a Taganana. Dos sucesos del mismo género con los citados paralelismos. Penúltimo y último. Así debutó noviembre penúltimo mes del año, por cierto.

2.- Obama saca a EE.UU. de la recesión en su primer año (diez meses para ser exactos), pero cae en las encuestas (la demoscopia es la comidilla estos días en Canarias y en España). La derecha republicano lo tacha de rojo (“socialista”, “marxista”, son los cargos enarbolados contra él). y la izquierda demócrata. de moderado y poco fiable (no ha conseguido cerrar Guantánamo ni cerrar la reforma sanitaria de carácter público, promesas incumplidas de momento en un país de veleidades). “Yes we can” sonaba bien. Como ‘This is it”, la canción inédita de Michael Jackson que daba título a su frustrado espectáculo ecologista que acabo de ver en la magnífica película documental del mismo nombre. Dos negros. El poder desgasta. La muerte, en cambio, recompensa con mayor gloria al mito. Si Obama no sucumbe a un atentado será mucho más que un Premio Nobel de la Paz por hacer. Hará cosas que sólo Whitman pudo imaginar: “Comprendo cómo el patrón del barco vio los restos del buque de vapor, sin timón y atestado de gente, y cómo vio a la muerte que los perseguía en medio de la tormenta”. O salva al mundo o se lo comen los sondeos cual tiburones.

3.- En España –ya no se trata sólo de Canarias, como se llegó a propalar en cierta forma y ocasión-, la corrupción se ha erigido en el problema. Problema de Estado. Embarazoso. Como en los 90. Ahora ya salpica a los principales partidos que se financian con ella como un secreto a voces a expensas de uno u otro juez. Es la locura, la lacra de la democracia. De Gürtel a Santa Coloma de Gramenet. Este último foco debe de estar especialmente infestado, porque a las pocas horas de que Garzón metiera en la cárcel a cinco políticos del PSOE y CiU, gobierno y oposición se apresuran a conjeturar media docena de reformas legislativas urgentes de mutuo acuerdo para poner coto a la epidemia que los invade. La corrupción es un cáncer que mina la salud de un régimen de libertad por maduro que sea. La libertad está por encima de ella, pero no inmune a sus estragos. En Italia, por no amputar a tiempo el miembro necrosado, toda la democracia acabó podrida, y de ahí que Berlusconi, sin el escudo legal que le protegía, advierta de que no dimitiría de ser condenado. Es posible que, incluso, las encuestas (aquí también desconciertan), contagiadas del mismo virus, no le retiren su confianza del todo al líder que se sitúa por encima del bien y del mal, abrasado por éste.

4.- Para terminar el año. Con buen pie. Que le encarguen a Manolo Blahnik los zapatos de la crisis. Ahora que lo tenemos más cerca. Me cuentan que acude regular y asiduamente a La Palma. A rehabilitar su hotel. A hacerse la casa. A crear su museo. A vivir. Entre la isla y el mundo. Mito. Zapatero (sic) del siglo. Bienvenido.

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