En la ‘batalla del Río de la Plata’, Argentina se libró del fantasma de quedar apeada del Mundial. Hablo de fútbol. Germen de guerra y de paz. En América, Maradona es como un océano, un mar, que casi da nombre a la marea humana de hinchas, y, de hecho, lo hace a una suerte de religión que cobró auge con la muerte y resurrección del ídolo, elevado a los altares, durante días de vigilia a las puertas del hospital en que el ‘Dios’ (que es el ‘Diez’) parecía tener las horas contadas. Maradona es como un alma en pena que se resiste a dejar este mundo y se aferra al césped, como hoja de hierba en su hábitat. No va a morir nunca. Ni nunca va a cambiar. Al término del partido en Uruguay (0-1) cargó contra los periodistas argentinos apóstatas, los que, amándole como Dios con el balón en los pies, habían blasfemado de él por su errática campaña como entrenador en la fase clasificatoria para el Mundial de Sudáfrica en 2010. “Que la chupen. Que la sigan chupando”, les dijo, “con el permiso de las damas”, en la conferencia de prensa, convirtiendo el exabrupto en bochorno de Estado y debate social a la postre. “Yo soy blanco o negro, gris jamás en la vida”, aclaró como un cabezazo de Zidane a Materazzi. Genio y figura. El escritor uruguayo Eduardo Galeano (‘Las venas de América latina’, desde luego, pero también ‘Su majestad el fútbol’ y ‘El fútbol a sol y sombra’) escribe en El País que ese día vio un partido, pero no vio fútbol, y la nostalgia le transportó al legendario ‘maracanazo’ (Final de la Copa Mundial de Fútbol, 16 de julio de 1950, Brasil 1–Uruguay 2). Es posible que Maradona, el mayor astro que ha brillado con luz propia en este deporte de Pelé a nuestros días, haya pasado a la fase final amarrado al estigma bilardista del antifútbol. El abrazo de Bilardo y Maradona tras la clasificación era el de Dios y el Anticristo, una alianza perversa para el fútbol, pero una metáfora exacta para el mundo de hoy, cuya mayor seña de identidad es la pérdida de toda identidad y el hallazgo de sincretismos imposibles.