La primera víctima del año del contingente español en Afganistán ha sido un canario. Y su muerte y las heridas de otros cinco soldados no eran inevitables, pues es bien sabido que la misión dispone de más de 90 vehículos Lince diseñados para soportar la explosión de artefactos improvisados como el que mató el miércoles a Cristo Ancor Cabello Santana, de Las Palmas. El joven cabo, padre de un niño, viajaba en un camión obsoleto que iba a ser retirado el próximo mes. Se abre, por tanto, un debate obligado sobre las garantías de seguridad de los más de 700 soldados procedentes de las islas y los 1.300 que conforman el despliegue militar español en el país centroasiático. Como tantas veces, habrá explicaciones que adornen un desliz fatal para justificar lo injustificable. Pero una vida exige algo más que un funeral de Estado para cuidar las formas. Las familias canarias de los soldados que se juegan el pellejo en este conflicto mal gestionado y peor vendido tienen todo el derecho a exigir que se depuren responsabilidades y se proteja a sus hijos en el campo de batalla.
La guerra de Afganistán, todo lo legítima que no fue la de Irak, es, sin embargo, una trampa mortal para nuestros soldados. Van allí a una ‘misión humanitaria’ que consiste en poner la mejilla y abstenerse de abrir fuego hasta tanto no lo haga la fusilería talibán. Ésta suele ser hábil y contumaz, y salvo una reciente escaramuza en la que los nuestros salieron bien parados milagrosamente (detuvieron sus vehículos en la carretera que une Herat y Badghis para repeler el ataque y causaron trece bajas afganas por ninguna propia), lo más normal es que pisen una mina anticarro, como ha sucedido ahora, o sufran una emboscada mortal de necesidad.
El debate sobre la presencia española en Afganistán estaba congelado (una concesión inconfesable al Gobierno de Obama tras el plantón español en Irak en tiempos de Bush), en virtud de un pacto tácito entre las dos principales fuerzas políticas y apenas la objeción testimonial de IU y ERC, únicos en oponerse en el Congreso al acuerdo mayoritario de aumentar el contingente en 220 militares. Pero esa inapreciable contestación al evidente riesgo que representa ir sin escudo protector a un conflicto ‘minado’, intuyo que ahora (con el primer soldado de este año en el ataúd) se va a reactivar (máxime si el dibujo político plantea como ahora un Zapatero acosado por la crisis contra las cuerdas y las encuestas, y en la otra esquina un Rajoy encogido de hombros temiendo que mane sangre de la ceja por los golpes del caso Gurtel y le cueste la descalificación). Afganistán como nueva cortina de humo (de la crisis y la corrupción) despunta ya en el horizonte, y es una lástima que este debate huya del fondo de la cuestión por intereses electorales. Si las elecciones de agosto que mantienen en el poder a Karzai fueron un fraude, Occidente no puede prolongar esta farsa. Si la OTAN es incapaz de pacificar y reconducir el país, se tiene que decir y se tienen que admitir los errores para dar con la fórmula que devuelva la soberanía al pueblo y fije un calendario de retirada (no un Irak II). El propio Obama estudiaba, el mismo día que caía muerto el paisano cerca de Herat, qué hacer, qué estrategia adoptar, y, según The New York Times, el presidente estadounidense no tenía aún claro si mandar más militares al frente, cuando nosotros ya lo hemos dado por descontado. Estar por estar, hace ocho años que estamos, pero aún no sabemos qué pintamos.
(Las Palmas de Gran Canaria, ciudad de luto, recibe a los ministros con las banderas a media asta. Como Italia, en septiembre, cuando recibió a sus féretros con los muertos de Kabul, la ciudad se paralizará bajo un funeral de Estado, y el Gobierno, sin poder prever la trágica coincidencia, está obligado a hacer abstracción del ambiente de duelo para atender, con éxito en la receta, las heridas de la crisis.)