La pérdida de Rafael Arozarena es desalentadora para los jóvenes escritores canarios que solían acudir a él en demanda de consejos, y para sus lectores fieles que seguían sus novelas y poemarios desde ‘A la sombra de los cuervos’, y para sus amigos que datan de los albores de la entomología en la isla, de las excursiones con lupa, frasco y mochila para catalogar bichos y dar forma a las primeras colecciones de insectos que nutrieron los fondos fundacionales del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife. O sea, causa baja el hombre, que no su obra escrita, pero sí su obra conversada y apenas conservada en algún libro de entrevistas y entre las paredes de cafeterías como ‘Arkaba’, primer cuartel general de los fetasianos.
Arozarena escribía despacio en tiras de papeles manuscritas y por eso daba a la luz sus novelas de San Juan a Corpus, de ‘Mararía’, a comienzos de los 70, a ‘Cerveza de grano rojo’ 14 años después. No tenía prisa para adornarse de autor con cada nuevo libro-hijo, los iba pariendo de manera pausada. Echaremos de menos su sentido del humor. Isaac de Vega, su compañero de viaje de generación y cómplice de silencios, se queda solo, sin complemento. Ambos obtuvieron al alimón el Premio Canarias de Literatura. Ambos han sido nuestro Borges y Bioy Casares, y la muerte de Rafael los separa como un contrasentido.
Rafael Arozarena casi se quita la vida antes de escribir ‘Mararía’. Lo asediábamos a preguntas sobre cómo era en la realidad la protagonista, María Femés, la anciana más hermosa del mundo, cuyo cuerpo, ya devastado por los años y por el viento conejero como el que doblega las sabinas herreñas, vio por primera vez pasar a su lado como si el de una joven aún sensual se tratara a lo lejos que, de cerca, bajo el luto de la falda dejara ver unos pies en realidad sarmentosos. Me contó aquella escena todavía seducido por la visión de una mujer enloquecedora. Pero la soledad de Femés, adonde la compañía Telefónica lo destinó temporalmente, lo trastornó tanto o más que las falsas caderas de una vieja irreductible, y en cierta ocasión –recordaba Rafael todavía espantado muchos años después- estuvo a punto de dejarse caer por uno de los abismos del pueblo para quitarse la vida. Se arrepintió en el último momento y luego redactó los hechos que narra la novela y la película y banda sonora de Antonio J. Betancor y Pedro Guerra.
En el bar Cervantes, frente al Teatro Guimerá, los llamaban ‘Los tres mosquiteros’, porque él y dos amigos entomólogos salían desde allí a caminar y recolectar mosquitos como unos poseídos. Le duró toda la vida la pasión por la naturaleza y en ese sentido era un ecologista de fiar. Un día lo fuimos a recoger a su casa de Bajamar para ir a un colegio a que contara a los alumnos cómo escribía historias. Contó la historia de su vida que estaba contenida en sus novelas, en sus cuentos, en sus poemas y en sus tertulias desenfadadas. ¡Qué gran tipo era! Apenas van quedando los bienhumorados en la fauna de letra impresa. Ruego encarecidamente que se editen sus textos inéditos y se reediten los ya editados. Nos conviene un pronto regreso a la obra del autor menos presuntuoso que he conocido.