El periodismo aborta con frecuencia a autores con la vanidad suficiente para tutear a los fantasmas y concebir obras de ficción. Son autores malogrados por el día a día estéril del periodismo que muere al filo de la noticia; oficio que adocena las musas, inhibe la inspiración por una tiranía de la actualidad apasionante, en la que la mayoría perece literariamente en el intento y apenas sobrevive en meritorios reportajes, crónicas y columnas de opinión con fecha de caducidad.
En los años 60, el nuevo periodismo americano se libró de esa maldición y engendró escritores de doble vida, periodistas y fabuladores fabulosos, como Norman Mailer, Truman Capote o Tom Wolfe. Los viejos periodistas tradicionales no se cruzaron de brazos ante la incursión de aquellos cachorros apóstatas que llegaban con ganas de comerse el mundo haciendo periodismo y ficción a la vez, un mestizaje insultante para los más puristas. Gilberto Alemán me contaba que vivió en las redacciones de mediados del siglo pasado las mismas reticencias cuando el encerraba la esencia de la noticia en la entradilla o lid. Toda una revolución.
Pero, convencionalismos aparte, el periodismo insular del siglo XX facturó dos o tres generaciones de periodistas al mismo que escritores, como Leoncio Rodríguez, Luis Álvarez Cruz, Chela, Alfonso García Ramos, Juan Cruz, Fernando Delgado, Sabas Martín y tantos otros, a los que precedieron directores de periódicos tan sensibles al verso como mi recordado Víctor Zurita, que un día, siendo yo un niño, me recibió, con una amabilidad impagable, en su despacho de la esquina de Suárez Guerra con Viera y Clavijo y me dio la alternativa publicándome un soneto a Taganana, objeto entre otros valles del libro que ahora CajaCanarias edita a Gilberto Alemán.
Eran periodistas y cuentistas, sin doble intención, o bien poetas en horas libres o novelistas insomnes o todo a la vez. Hoy se da un pluriempleo semejante acaso en unas pocas cuantas firmas, que se sepa; son aquéllos que se esmeran en ser no sólo notarios de la vida, sino también notarios de la fantasía, la loca de la casa, como tituló Rosa Montero. Pero les aseguro que se corre a todas luces el riesgo de que el oficio frustre la imaginación, que el reportaje mate a la novela y la columna al cuento o al poema, que hibernan en la bitácora de todo hombre y mujer de letras absorbidos por la marea endiablada de la actualidad en esta era digital de redacciones informatizadas que perdieron dos cosas: el traqueteo de las máquinas de escribir y, como decía Elfidio Alonso Rodríguez, el olor a orines.
Pues bien. El periodista Gilberto Alemán es uno de esos autores bicéfalos, capaz de tener la cabeza puesta en la realidad y en la ficción. Para éste, que ha de ser su libro número cien o ciento uno o ciento diez, da igual, ha elegido un título más literario que periodístico: ‘La cordillera de los sueños’. Un libro sobre Anaga, que es como un cuento sobre Anaga, o una novela corta sobre Anaga, o un largo poema en prosa lírica sobre Anaga y San Borondón, que en las 73 páginas ilustradas vienen a ser lo mismo. De San Borondón hemos conversado largo y tendido desde mucho antes con el autor, padre de una mitología particular sobre la fauna, flora, geografía y poblamiento de la isla fantasmal y redactor, incluso, de un borrador de Constitución, indispensable para asumir el rango de embajador del islote errante. En una exposición vi cuadros de Pepe Dámaso en Lanzarote que recreaban las imaginarias especies que se encuentran en ese lugar paradisíaco habitado en sueños.
Creo que en las páginas de este libro Gilberto Alemán ha dado, al fin, con el paisaje de los duendes de la isla inventada. Llevaba años meditando sobre el tema sentado en la terraza de la cafetería Montecarlo en la Avenida del mismo nombre delante del océano y un vaso de güisqui y las montañas pensativas que nombran el lugar. El único lugar visible y visitable de San Borondón, por tanto, es Anaga, su forma más cercana y creíble, la materialización física del mito, que es una isla encantada producto de la imaginación de unos visionarios irlandeses, que por más que se organicen viajes para ir en busca de su paradero ilusorio, como la muy oficial expedición del capitán general Juan Mur en 1721, siempre se volverá con las manos vacías. Que no esté no significa que San Borondón no exista.
Gilberto ubica la isla imaginaria en la aislada musa botánica de Santa Cruz, Anaga, paraíso de hadas y duendes en miniatura, de árboles que se aparecen una vez talados, helechos que nacen y se mecen en silencio, un mundo donde la tabaiba y el cardón se alongan mirando al mar o ascienden por las cuestas hacia las nubes, donde el lagarto se siente protegido y avisado corre, huye, perenquén, y el drago es un árbol sagrado y los pájaros misioneros llevan mensajes contra la guerra, donde un mencey loco se desgañita por su raza, las cuevas guardan secretos milenarios y Amaro Pargo entierra su tesoro que el viejo Ambrut encuentra al fin para que el alma en pena del pirata descanse en paz. Gilberto ha localizado su universo literario en el macondo marinero de un bosque mágico situado al lado del mayor desierto del mundo. Un lugar único, mítico. Tan irrepetible como el San Borondón original que un fotógrafo creyó sorprender para la portada de ABC en 1958, como aquel ingeniero de Felipe II, Leonardo Torriani, que en el siglo XVI dibujó los contornos de su mapa y tomó las medidas como un sastre al fantasma de la isla: 480 kilómetros de norte a sur y 155 de ancho. Nom Trubada.
El monte está vivo, susurra el autor en su novelada cordillera de los sueños. En Anaga transcurre una historia de historias que parece un cuento de cuentos infantiles de escenas encadenadas, pero que es, a su vez, una metáfora del planeta para todas las edades, un alegato contra el cambio climático en la Gaia homeostática de James Lovelock, en la idea de la aldea global de la Tierra como un sistema enteramente vivo que se defiende a sí mismo cuando no le queda más remedio. El monte, en efecto, está vivo, escribe aquí Gilberto Alemán, y el monte se entristece cuando se prolonga la sequía, que es causa de alopecia para el laurel y vacía el manantial, hasta las ñameras del barranco pierden el color, y las nubes perezosas, alertadas del desastre por el jolgorio de la bruja Marabuja, se confabulan para desatar una tormenta salvadora que devuelve la vitalidad al ecosistema que languidece. Anaga es el prototipo de Kyoto, paraíso sostenible.
Este cuento reproduce las consignas de un periodismo militante, ecologista y pacifista, de Gilberto Alemán, que una vez intervino en política se topó con la OTAN como dicen que sucede a los idealistas cuando pisan las alfombras del poder. Y no tardó mucho tiempo en retornar al estado civil de ciudadano de a pie y a la piel del periodista comprometido. La cordillera de los sueños es el inventario imaginario, el decálogo de Gilberto Alemán, uno de los primeros defensores auténticos del medio ambiente de la isla, como lo fuera César Manrique, su amigo y esa razón es la que le permite declararse un ‘viejo verde’ con segundas. Un antiguo ecologista.
La paz. El extraterrestre que aterriza en su ovni en Anaga informa a los borondones de las guerras que padece el mundo, y éstos se conjuran para, en nombre del ‘hombre de la luz’, lanzar un mensaje de paz a todo el orbe a través de todas las aves disponibles de su entorno. Como un Saint Exupéry mostrando los grandes valores humanos con la mayor sencillez, el autor maneja los hilos de su historia poniendo a salvo de todos los peligros a sus amigos los borondones, originarios de San Borondón, que ya en las primeras páginas son socorridos providencialmente de una muerte segura en el cataclismo de su isla hundida, cuando un marinero extraviado los descubre flotando como, no hace mucho, a nuestros inmigrantes africanos náufragos, y los conduce a Anaga, la morada feliz, trasunto de la isla sumergida.
El personaje rubio y alto de ojos azules (llamado Armut al principio, por errata o error, y después, definitivamente, Ambrut), protagoniza el rescate como el ‘Sandokan’ de Las Palmas, salva a los borondones de ahogarse como aquellos dos supervivientes tinerfeños del Berge Istra (uno era de San Andrés y el otro, precisamente, de Taganana, en Anaga, donde sorteé riscos en la infancia). Ese personaje que auxilió a los duendes se internará en los mares y arribará al bosque encantado como aquel joven piamontés Roberto de la Grive, de ‘La isla del día de antes’, de Umberto Eco, que, delante de una isla de ensueño, descubre una sórdida confrontación de potencias para hacerse con el Punto Fijo, el Meridiano Cero de El Hierro, donde fue vista por última vez San Borondón.
Es un canto antibelicista que pone coto a los cazadores y se pone de parte de conejos y aves. Un canto coral, donde todos, los pocos seres de carne y hueso que cobran cuerpo en estas páginas (desde Ambrut a Carrucho, el viejo cascarrabias), y los habitantes supervivientes de San Borondón, y las especies, peces y plantas y hasta las estrellas locas del cielo de Anaga tienen algo que decir. Cuando se ponen de acuerdo para hacer pequeñas revoluciones puntuales contra el enemigo común procedente del exterior, consiguen su propósito y echan del monte a los hombres vestidos de gris provistos de planos para urbanizar el suelo, o al pirómano de turno, o al leñador, o al águila maléfica que secuestró un baifo el primer día de otoño, o a las brujas que en el aquelarre del Bailadero deciden barrer del monte a los liliputienses de San Borondón, que, armados con lanzas fabricadas con púas de tuneras, repelen el ataque de las arpías pinchando sus pies descalzos cuando la noche se hace boca de lobo.
Gilberto Alemán me ha devuelto al escenario de mi infancia. El autor se aproxima, de este modo, al mito de San Borondón con una fábula ecologista y pacifista que trata de ganar adeptos a su causa de la mano de una ficción interiorista que rezuma voces bucólicas, o activistas, o contemplativas, o perniciosas, para representar, a modo de actores de teatro que entran y salen de escena, los desafíos del hombre actual: la voluntad de reafirmar una identidad de pertenencia a un lugar frente a la amenaza invasora de grupos de intereses y el deseo romántico, utópico hasta donde lo permite la imaginación, de atrincherarse en su microcosmos, Anaga, a modo de edén fortificado, dando la espalda a un mundo intransigente, como el último refugio del hombre y la naturaleza. “Aquí hay paz, Hombre de la Luz. No hay armas ni guerras”, proclama uno de los borondones cuando el extraterrestre les comunica que los suyos están preocupados por las contiendas fratricidas de la Tierra.
Con una prosa tierna y poética que recuerda pasajes de nostalgia de niño de ‘Dinde’, de Luis Feria, Gilberto regresa, con un texto plenamente educativo de apariencia naíf, a una ficción didáctica, propia de maestro y periodista y de maestro de periodistas, una ficción para todos los públicos; regresa al cuento de los albores de sus inquietudes literarias juveniles que nacieron en un premio de la Caja y va bordando su taracea de argumentos bienintencionados con ayuda de una iconografía casi fetichista que está presente en su periodismo y literatura de un modo constante, de la que aquí sólo se ausentan el molino y el gofio, pero están: el drago, los alisios, el guanche, los piratas, las leyendas, los volcanes, la cochinilla, hasta Teobaldo Power y, naturalmente, San Borondón. La moraleja es la necesidad de curar entre todos un planeta que está enfermo. Gilberto un día dejó de fumar.