OCTUBRE 2009 ENTRIES
miércoles, 28 de octubre de 2009 - 15:36

El periodismo aborta con frecuencia a autores con la vanidad suficiente para tutear a los fantasmas y concebir obras de ficción. Son autores malogrados por el día a día estéril del periodismo que muere al filo de la noticia; oficio que adocena las musas, inhibe la inspiración por una tiranía de la actualidad apasionante, en la que la mayoría perece literariamente en el intento y apenas sobrevive en meritorios reportajes, crónicas y columnas de opinión con fecha de caducidad.

En los años 60, el nuevo periodismo americano se libró de esa maldición y engendró escritores de doble vida, periodistas y fabuladores fabulosos, como Norman Mailer, Truman Capote o Tom Wolfe. Los viejos periodistas tradicionales no se cruzaron de brazos ante la incursión de aquellos cachorros apóstatas que llegaban con ganas de comerse el mundo haciendo periodismo y ficción a la vez, un mestizaje insultante para los más puristas. Gilberto Alemán me contaba que vivió en las redacciones de mediados del siglo pasado las mismas reticencias cuando el encerraba la esencia de la noticia en la entradilla o lid. Toda una revolución.

Pero, convencionalismos aparte, el periodismo insular del siglo XX facturó dos o tres generaciones de periodistas al mismo que escritores, como Leoncio Rodríguez, Luis Álvarez Cruz, Chela, Alfonso García Ramos, Juan Cruz, Fernando Delgado, Sabas Martín y tantos otros, a los que precedieron directores de periódicos tan sensibles al verso como mi recordado Víctor Zurita, que un día, siendo yo un niño, me recibió, con una amabilidad impagable, en su despacho de la esquina de Suárez Guerra con Viera y Clavijo y me dio la alternativa publicándome un soneto a Taganana, objeto entre otros valles del libro que ahora CajaCanarias edita a Gilberto Alemán.

Eran periodistas y cuentistas, sin doble intención, o bien poetas en horas libres o novelistas insomnes o todo a la vez. Hoy se da un pluriempleo semejante acaso en unas pocas cuantas firmas, que se sepa; son aquéllos que se esmeran en ser no sólo notarios de la vida, sino también notarios de la fantasía, la loca de la casa, como tituló Rosa Montero. Pero les aseguro que se corre a todas luces el riesgo de que el oficio frustre la imaginación, que el reportaje mate a la novela y la columna al cuento o al poema, que hibernan en la bitácora de todo hombre y mujer de letras absorbidos por la marea endiablada de la actualidad en esta era digital de redacciones informatizadas que perdieron dos cosas: el traqueteo de las máquinas de escribir y, como decía Elfidio Alonso Rodríguez, el olor a orines.

Pues bien. El periodista Gilberto Alemán es uno de esos autores bicéfalos, capaz de tener la cabeza puesta en la realidad y en la ficción. Para éste, que ha de ser su libro número cien o ciento uno o ciento diez, da igual, ha elegido un título más literario que periodístico: ‘La cordillera de los sueños’. Un libro sobre Anaga, que es como un cuento sobre Anaga, o una novela corta sobre Anaga, o un largo poema en prosa lírica sobre Anaga y San Borondón, que en las 73 páginas ilustradas vienen a ser lo mismo. De San Borondón hemos conversado largo y tendido desde mucho antes con el autor, padre de una mitología particular sobre la fauna, flora, geografía y poblamiento de la isla fantasmal y redactor, incluso, de un borrador de Constitución, indispensable para asumir el rango de embajador del islote errante. En una exposición vi cuadros de Pepe Dámaso en Lanzarote que recreaban las imaginarias especies que se encuentran en ese lugar paradisíaco habitado en sueños.

Creo que en las páginas de este libro Gilberto Alemán ha dado, al fin, con el paisaje de los duendes de la isla inventada. Llevaba años meditando sobre el tema sentado en la terraza de la cafetería Montecarlo en la Avenida del mismo nombre delante del océano y un vaso de güisqui y las montañas pensativas que nombran el lugar. El único lugar visible y visitable de San Borondón, por tanto, es Anaga, su forma más cercana y creíble, la materialización física del mito, que es una isla encantada producto de la imaginación de unos visionarios irlandeses, que por más que se organicen viajes para ir en busca de su paradero ilusorio, como la muy oficial expedición del capitán general Juan Mur en 1721, siempre se volverá con las manos vacías. Que no esté no significa que San Borondón no exista.

Gilberto ubica la isla imaginaria en la aislada musa botánica de Santa Cruz, Anaga, paraíso de hadas y duendes en miniatura, de árboles que se aparecen una vez talados, helechos que nacen y se mecen en silencio, un mundo donde la tabaiba y el cardón se alongan mirando al mar o ascienden por las cuestas hacia las nubes, donde el lagarto se siente protegido y avisado corre, huye, perenquén, y el drago es un árbol sagrado y los pájaros misioneros llevan mensajes contra la guerra, donde un mencey loco se desgañita por su raza, las cuevas guardan secretos milenarios y Amaro Pargo entierra su tesoro que el viejo Ambrut encuentra al fin para que el alma en pena del pirata descanse en paz. Gilberto ha localizado su universo literario en el macondo marinero de un bosque mágico situado al lado del mayor desierto del mundo. Un lugar único, mítico. Tan irrepetible como el San Borondón original que un fotógrafo creyó sorprender para la portada de ABC en 1958, como aquel ingeniero de Felipe II, Leonardo Torriani, que en el siglo XVI dibujó los contornos de su mapa y tomó las medidas como un sastre al fantasma de la isla: 480 kilómetros de norte a sur y 155 de ancho. Nom Trubada.

El monte está vivo, susurra el autor en su novelada cordillera de los sueños. En Anaga transcurre una historia de historias que parece un cuento de cuentos infantiles de escenas encadenadas, pero que es, a su vez, una metáfora del planeta para todas las edades, un alegato contra el cambio climático en la Gaia homeostática de James Lovelock, en la idea de la aldea global de la Tierra como un sistema enteramente vivo que se defiende a sí mismo cuando no le queda más remedio. El monte, en efecto, está vivo, escribe aquí Gilberto Alemán, y el monte se entristece cuando se prolonga la sequía, que es causa de alopecia para el laurel y vacía el manantial, hasta las ñameras del barranco pierden el color, y las nubes perezosas, alertadas del desastre por el jolgorio de la bruja Marabuja, se confabulan para desatar una tormenta salvadora que devuelve la vitalidad al ecosistema que languidece. Anaga es el prototipo de Kyoto, paraíso sostenible.

Este cuento reproduce las consignas de un periodismo militante, ecologista y pacifista, de Gilberto Alemán, que una vez intervino en política se topó con la OTAN como dicen que sucede a los idealistas cuando pisan las alfombras del poder. Y no tardó mucho tiempo en retornar al estado civil de ciudadano de a pie y a la piel del periodista comprometido. La cordillera de los sueños es el inventario imaginario, el decálogo de Gilberto Alemán, uno de los primeros defensores auténticos del medio ambiente de la isla, como lo fuera César Manrique, su amigo y esa razón es la que le permite declararse un ‘viejo verde’ con segundas. Un antiguo ecologista.

La paz. El extraterrestre que aterriza en su ovni en Anaga informa a los borondones de las guerras que padece el mundo, y éstos se conjuran para, en nombre del ‘hombre de la luz’, lanzar un mensaje de paz a todo el orbe a través de todas las aves disponibles de su entorno. Como un Saint Exupéry mostrando los grandes valores humanos con la mayor sencillez, el autor maneja los hilos de su historia poniendo a salvo de todos los peligros a sus amigos los borondones, originarios de San Borondón, que ya en las primeras páginas son socorridos providencialmente de una muerte segura en el cataclismo de su isla hundida, cuando un marinero extraviado los descubre flotando como, no hace mucho, a nuestros inmigrantes africanos náufragos, y los conduce a Anaga, la morada feliz, trasunto de la isla sumergida.

El personaje rubio y alto de ojos azules (llamado Armut al principio, por errata o error, y después, definitivamente, Ambrut), protagoniza el rescate como el ‘Sandokan’ de Las Palmas, salva a los borondones de ahogarse como aquellos dos supervivientes tinerfeños del Berge Istra (uno era de San Andrés y el otro, precisamente, de Taganana, en Anaga, donde sorteé riscos en la infancia). Ese personaje que auxilió a los duendes se internará en los mares y arribará al bosque encantado como aquel joven piamontés Roberto de la Grive, de ‘La isla del día de antes’, de Umberto Eco, que, delante de una isla de ensueño, descubre una sórdida confrontación de potencias para hacerse con el Punto Fijo, el Meridiano Cero de El Hierro, donde fue vista por última vez San Borondón.

Es un canto antibelicista que pone coto a los cazadores y se pone de parte de conejos y aves. Un canto coral, donde todos, los pocos seres de carne y hueso que cobran cuerpo en estas páginas (desde Ambrut a Carrucho, el viejo cascarrabias), y los habitantes supervivientes de San Borondón, y las especies, peces y plantas y hasta las estrellas locas del cielo de Anaga tienen algo que decir. Cuando se ponen de acuerdo para hacer pequeñas revoluciones puntuales contra el enemigo común procedente del exterior, consiguen su propósito y echan del monte a los hombres vestidos de gris provistos de planos para urbanizar el suelo, o al pirómano de turno, o al leñador, o al águila maléfica que secuestró un baifo el primer día de otoño, o a las brujas que en el aquelarre del Bailadero deciden barrer del monte a los liliputienses de San Borondón, que, armados con lanzas fabricadas con púas de tuneras, repelen el ataque de las arpías pinchando sus pies descalzos cuando la noche se hace boca de lobo.

Gilberto Alemán me ha devuelto al escenario de mi infancia. El autor se aproxima, de este modo, al mito de San Borondón con una fábula ecologista y pacifista que trata de ganar adeptos a su causa de la mano de una ficción interiorista que rezuma voces bucólicas, o activistas, o contemplativas, o perniciosas, para representar, a modo de actores de teatro que entran y salen de escena, los desafíos del hombre actual: la voluntad de reafirmar una identidad de pertenencia a un lugar frente a la amenaza invasora de grupos de intereses y el deseo romántico, utópico hasta donde lo permite la imaginación, de atrincherarse en su microcosmos, Anaga, a modo de edén fortificado, dando la espalda a un mundo intransigente, como el último refugio del hombre y la naturaleza. “Aquí hay paz, Hombre de la Luz. No hay armas ni guerras”, proclama uno de los borondones cuando el extraterrestre les comunica que los suyos están preocupados por las contiendas fratricidas de la Tierra.

Con una prosa tierna y poética que recuerda pasajes de nostalgia de niño de ‘Dinde’, de Luis Feria, Gilberto regresa, con un texto plenamente educativo de apariencia naíf, a una ficción didáctica, propia de maestro y periodista y de maestro de periodistas, una ficción para todos los públicos; regresa al cuento de los albores de sus inquietudes literarias juveniles que nacieron en un premio de la Caja y va bordando su taracea de argumentos bienintencionados con ayuda de una iconografía casi fetichista que está presente en su periodismo y literatura de un modo constante, de la que aquí sólo se ausentan el molino y el gofio, pero están: el drago, los alisios, el guanche, los piratas, las leyendas, los volcanes, la cochinilla, hasta Teobaldo Power y, naturalmente, San Borondón. La moraleja es la necesidad de curar entre todos un planeta que está enfermo. Gilberto un día dejó de fumar.

viernes, 23 de octubre de 2009 - 9:09
Willy García se pasaba las mañanas enteras hablando delante de un micrófono. Yo lo tenía al lado y doy fe del espectáculo único de verle hacer radio. Practicaba un periodismo de raza que llevaba en la sangre. No lo aprendió. Nació con eso. Comunicaba como caminaba. Bajaba cada mañana al suelo a radiar la vida. Cada mañana. Cada día, cada minuto inolvidable con los sesenta segundos que lo recorren, que decía Kipling en el célebre poema ‘Si’. Releo a menudo ese vasto universo conciso de los versos de un poema universal, que, aplicado al caso de Guillermo García-Machiñena García-Checa (Willy García, llamado así familiarmente desde la época que rememoro en Radio Club), actual director general de la RTVC, nos explica su travesía y consagración. Escribe el autor inglés natural de la India: “Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor/pierde la suya y por ello te culpan …” Y continúa: “Si puedes confiar en ti cuando de ti todos dudan,/pero admites también sus dudas”. Añade: “Si puedes esperar sin cansarte en la espera…/Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu maestro,/si puedes pensar y no hacer de las ideas tu objetivo,/si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre/y tratar de la misma manera a los dos farsantes…” Prosigue el poeta: “Si puedes arrinconar todas tus victorias/y arriesgarlas por un golpe de suerte,/y perder, y empezar de nuevo desde el principio/y nunca decir nada de lo que has perdido;/si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones/para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado./Y así resistir cuando no te quede nada/excepto la Voluntad que les dice:”Resistid”. Antes de concluir señala: “Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,/o pasear con reyes y no perder el sentido común,/si los enemigos y los amigos no pueden herirte,/si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;/si puedes llenar el minuto inolvidable/con los sesenta segundos que lo recorren.” Para inferir por último de lo antedicho: “Tuya es la Tierra y todo lo que en ella habita,/y -lo que es más- serás Hombre, hijo”. El viento que lleva y trae poemas con cualquier pretexto, me acercó estos versos biográficos de quienes, labrándose un destino en la adversidad, vencen, y a cada instante me recuerdan a alguien, gente que conozco bien. A Juan Cruz, por ejemplo, fan de Kipling y lector temprano de esas palabras certeras que cinceló de niño sobre un muro junto a su casa, y en cuyas pinceladas se vio también reflejado como él mismo me confesó. Juan, premiado ayer con el Comillas de ensayo, por su nueva obra inédita ‘Egos revueltos’ sobre los hábitos y óbitos literarios que jalonan su vida de narrador, poeta, editor y periodista, entre admirados escritores y artistas, vivos o muertos, con los que ha lidiado, de Borges a Paul Bowles, hallando siempre en sus vanidades y exigencias la misma voluta, el humo de la soledad. Juan Cruz ayer era un hombre feliz en Buenos Aires (viajó a la ciudad de Borges como jurado del premio Clarín), donde el prestigioso galardón español le sorprendió entre amigos de letras, que son la sopa de su última obra por ahora. ¿Por qué habló hoy de Willy García y de Juan Cruz al alimón? De una parte, porque a los dos les premia la vida y el trabajo merecidamente, no sin poner a prueba su resistencia. Willy, el mismo día que Juan ganaba el Premio Comillas, cosechaba el mejor dato de audiencia de la TVC en todo el año y sumaba por decenas de miles los espectadores que ha conseguido reunir en torno al medio que dirige como una gran atracción. Preside la Forta, que es la cúpula de las televisiones autonómicas, y todos le felicitan por el éxito de su experimento televisivo en Canarias (la ‘teleespectáculo de Willy’), un 19,4% de share, que es una de esas marcas imposibles en la jungla de canales de hoy día en una comunidad autónoma. Y en segundo lugar, porque a los dos clava Kipling en su poema titulado ‘Si’: dos resistentes, que no resignados. Cuando el escritor portuense obtuvo el Premio Canarias, lo apremiaron en su tierra con fuego a discreción, el premio se le atragantó hasta que pasó la refriega. A Willy, cuando lo nombraron director general del ente público RTVC, lo crucificaron en plaza pública, vivió meses de apestado y sobrevivió. Los dos llegan siempre lejos. Ambos son los personajes del poema. Sí.
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jueves, 22 de octubre de 2009 - 19:29

¿Hablaba en serio Soria? En presencia de periodistas, el presidente del PP en las islas afirmó que “en Canarias hay que ir hacia un tripartito”. ¿Un tripartito?, preguntó alguien del corro. “Sí, un gobierno tripartito formado por el PP, CC y dos consejeros del PSOE?” ¿Del PSOE o de una escisión socialista?, requirió otro. “No, no, del PSOE. Dos consejeros salidos del grupo socialista que se integraran en el gabinete”, insistió el vicepresidente del Gobierno canario.

José Manuel Soria se extendió unos minutos sobre el hipotético gobierno que él diseñaría si lo presidiera. Sustentó la idea en la necesidad de repartir juego con la oposición. Son muchos años lejos del poder y ése es el origen de la tensión en que vivimos, vino a decir, pensando, sin duda, en que un par de consejeros socialistas en un gobierno de populares y nacionalistas, implica, a su vez, una cadena de cargos públicos subordinados que, a su juicio, calmaría las aguas de la bronca política en el infierno insular.

¿Pensaba en voz alta Soria o verbalizaba a conciencia un proyecto madurado de gobierno tripartito que pacifique la continua operación ‘tormenta’ de la política canaria inspirada en aquel asedio del general Norman Schwarzkopf en la guerra del Golfo de comienzos de los 90? Dio la impresión de que abundaba en algo pensado y repensado y nada improvisado. Y citó a Sarkozy, encantador de socialistas a los que llamó a gobernar desde la derecha. Y puso algún nombre sobre el tablero de la conversación. “¿Por qué no un Paco Spínola de consejero de ese gobierno tripartito?” Durante unos minutos siguió perfilando el ejecutivo que ronda en su cabeza. No dijo, en ningún momento, si lo había comentado con el presidente Paulino Rivero para ensayar el experimento en la segunda mitad de esta misma legislatura. Viendo el estado de opinión (el estado de las opiniones) en el seno del PSOE, a raíz de los pronunciamientos del diputado José Segura en Radio Isla y La Opinión, y del alcalde Jerónimo Saavedra en Canarias Radio La Autonómica, ambos en sintonía, convencidos de que Ferraz medita mover la silla a JFLA, y viendo el tono que ha adquirido la polémica a bordo del Partido Socialista Canario (el portavoz del grupo parlamentario, Santiago Pérez, dijo que Segura quiere ser el novio de la boda y el muerto del entierro), la (¿ocurrencia?) propuesta de Soria parece un caramelo envenenado, pero quién sabe. Quién sabe.

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miércoles, 21 de octubre de 2009 - 9:25

Ernesto Cardenal es Ernesto y no es Cardenal, aunque podría haberlo sido de no haber sido lo que ha sido: sacerdote de la teología de la liberación, o sea, cura rojo. Y radical. Suficiente dosis de apostasía para no pasarla por alto en su visita a Managua aquel Papa inteligente e intransigente que acabó con el comunismo polaco y sin embargo salvó el comunismo cubano. Cardenal se arrodillo ante Juan Pablo II, hace un cuarto de siglo, en la pista del aeropuerto, en tiempos del sandinismo, y se llevó una bronca que todos vimos por televisión, porque Wojtyla hacía gestos de ‘papá’ severo reprendiendo al hijo descarriado. Fue la escena de una llamada al orden, de una disciplina militar eclesiástica que respondía a la época: la Iglesia se enfurecía con los teólogos de la liberación de Latinoamérica, que estaba fuera de su control (Leonardo Boff, condenado al silencio). Cardenal, ministro de Cultura en la revolucionaria Nicaragua sandinista, era el icono de esa rebelión a bordo, que no acabó bien políticamente. Desencantado de Daniel Ortega, el jerarca de la victoria sobre el dictador Somoza, el sacerdote y poeta se alejó del poder y de los correligionarios (como Sergio Ramírez, otro sandinista de letras) y arribó sentimentalmente a su ínsula de Solentiname y vagó por el mundo, de aquí para allá, regando de versos libres (‘exterioristas’, diría Ezra Pound) los países por los que paseaba, abriendo las jaulas para que volaran los epigramas, rezando su ‘oración por Marilyn Monroe’ y creyendo cada vez más en Dios todopoderoso que estás en los cielos. Cardenal, como un astronauta en un mar de nubes, está en Canarias con Caco Senante: en La Palma, Gran Canaria y Tenerife. El martes lo fui a ver al Museo de la Ciencia y el Cosmos (La Laguna). Recitó su ‘Canto cósmico’ y ‘El telescopio en la noche oscura’. Largos poemas astronómicos, acompañados de la voz del cantante y las cuerdas y coros de Rubén Díaz (excelente intérprete y compositor), Leiko Krahe (voz de apellido, sugerente, sensual) y Claudio Briones (jovencísimo hallazgo). El poeta terrenal ascendía al firmamento de las islas, paraíso de estrellas en el hemisferio norte, fascinado por el universo. Los poetas entienden el universo como los marinos saben de olas y se dejan arrullar por su vaivén. Ernesto Cardenal, de vuelta de todo a sus 84 años, hace un viaje espacial, habla de extraterrestres y concierta un diálogo de civilizaciones y, contagiado de la crisis, concluye: “Ciertamente, tendrán economía”. Fernando Senante, poeta, presentó la velada poético-musical y esta tarde (miércoles, 17.00 horas, Círculo de Bellas Artes, Santa Cruz de Tenerife), moderará un encuentro de autores canarios con el escritor que fue candidato al Nobel en 2005 y acaba de recibir en Chile el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, de manos de la presidenta, Michelle Bachelet. Tiene vis cómica este poeta cósmico. Como en un cuento de Monagas, versión de Pepe Castellano, leo en su ‘Elegía a Cristina Downing’: “Si hay Dios somos inmortales…/ Si no hay resucitado, estamos jodidos”). Caco Senante ha musicado fracciones de Cardenal y compilado algunos de sus epigramas; el resultado es una cadena cadenciosa de bellas canciones de amor para ser cantadas a media voz; la más pegadiza, que cierra el recital, dice así: “Si tú estás en Nueva York/ en Nueva York no hay nadie más, /y si no estás en Nueva York,/en Nueva York no hay nadie”. Estos días, entre nosotros, hay alguien. Alguien subido al cielo.

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lunes, 19 de octubre de 2009 - 15:45

Juan García Suárez, ‘El Corredera’, es toda una historia. Y una leyenda. Resume un tiempo corrosivo y una sociedad cercenada. Era el enemigo número uno de la dictadura en Gran Canaria durante un vasto período de oscuridad política. Todo lo que se dijera del Corredera siempre era poco. El régimen tenía en cada esquina un lobo feroz, y se sustentaba en la cacería de los fantasmas de su bestiario. El Corredera mató, sin duda, a un carnicero falangista que había asediado a su familia. Y después intercambió disparos en los que hubo muertos. Vivió escondido por los muertos que mató y por los que no mató. Era de Telde. Al parecer, era un buen hombre. Con un destino marcado. Se fugó toda la vida. Y lo persiguieron mientras tuvo aliento por cuevas y caminos; en su casa, donde era como una sombra que no se dejaba ver, entraba y salía. El día –la noche- que lo iban a ejecutar, Pedro Lezcano se fue a caminar con los pasos perdidos mientras le invadió un dolor impotente que sólo podía tener una válvula de escape para un poeta: esa noche escribió con atraganto el ‘Romance del Corredera’, que cantó Mestisay. Digo que el ‘injusticiamiento’ del Corredera dividió a la sociedad grancanaria, porque el franquismo tenía adeptos, pero el Corredera también. El éxito de su larga supervivencia al margen de la ley fue obra de una confabulación de familiares, amigos y vecinos fieles, que no lo dejaron morir de hambre por nada del mundo. Por eso, el obispo Pildain –un carca indulgente- pidió a Franco que lo indultara, sin éxito. Era un símbolo. Quebrarle el cuello era desnucar todo intento de rebeldía. En la celda, esa noche, momentos antes de dirigirse, flemático y resignado, al cadalso improvisado en el patio de la prisión de Barranco Seco, Juan -Juan ‘el Nuestro’, lo llamaban- dijo algo al oído a un familiar. Después se supo: el pajarito canario que él cuidaba en su jaula mimosamente era un regalo de su parte para el carcelero, del que se había hecho amigo. Cuando el verdugo, quizá rezando entre dientes un Credo, lo ejecutó a garrote vil, hace ahora cincuenta años, mató a Juan García ‘El Corredera’. Pero no a la leyenda.

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viernes, 16 de octubre de 2009 - 12:18
En la ‘batalla del Río de la Plata’, Argentina se libró del fantasma de quedar apeada del Mundial. Hablo de fútbol. Germen de guerra y de paz. En América, Maradona es como un océano, un mar, que casi da nombre a la marea humana de hinchas, y, de hecho, lo hace a una suerte de religión que cobró auge con la muerte y resurrección del ídolo, elevado a los altares, durante días de vigilia a las puertas del hospital en que el ‘Dios’ (que es el ‘Diez’) parecía tener las horas contadas. Maradona es como un alma en pena que se resiste a dejar este mundo y se aferra al césped, como hoja de hierba en su hábitat. No va a morir nunca. Ni nunca va a cambiar. Al término del partido en Uruguay (0-1) cargó contra los periodistas argentinos apóstatas, los que, amándole como Dios con el balón en los pies, habían blasfemado de él por su errática campaña como entrenador en la fase clasificatoria para el Mundial de Sudáfrica en 2010. “Que la chupen. Que la sigan chupando”, les dijo, “con el permiso de las damas”, en la conferencia de prensa, convirtiendo el exabrupto en bochorno de Estado y debate social a la postre. “Yo soy blanco o negro, gris jamás en la vida”, aclaró como un cabezazo de Zidane a Materazzi. Genio y figura. El escritor uruguayo Eduardo Galeano (‘Las venas de América latina’, desde luego, pero también ‘Su majestad el fútbol’ y ‘El fútbol a sol y sombra’) escribe en El País que ese día vio un partido, pero no vio fútbol, y la nostalgia le transportó al legendario ‘maracanazo’ (Final de la Copa Mundial de Fútbol, 16 de julio de 1950, Brasil 1–Uruguay 2). Es posible que Maradona, el mayor astro que ha brillado con luz propia en este deporte de Pelé a nuestros días, haya pasado a la fase final amarrado al estigma bilardista del antifútbol. El abrazo de Bilardo y Maradona tras la clasificación era el de Dios y el Anticristo, una alianza perversa para el fútbol, pero una metáfora exacta para el mundo de hoy, cuya mayor seña de identidad es la pérdida de toda identidad y el hallazgo de sincretismos imposibles.
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martes, 13 de octubre de 2009 - 9:23

Vigilar de cerca si el Gobierno canario hace un uso “decente” de los fondos provenientes de Madrid tras el Consejo de Ministros de Las Palmas, tal como ha formulado el secretario general del PSC-PSOE, Juan Fernando López Aguilar, trasluce el grado de desencuentro y desconfianza que persiste en los socialistas insulares respecto al gobierno de CC y PP, pese a la buena sintonía entre los dos presidentes.

Es una afirmación que obedece, por otra parte, a un lógica elemental de oposición al Gobierno de Paulino Rivero, ya que la evidente luna de miel entre los nacionalistas canarios y el PSOE en Madrid no tendría por qué trasladarse miméticamente a ambos partidos en la comunidad autónoma. Que contribuyen poco esas palabras a generar en el Parlamento de Teobaldo Power un clima más cordial en las relaciones entre siglas que se entienden en el Congreso, nadie lo discute. Pero desde el primer momento, López Aguilar, líder de los socialistas canarios ratificado holgadamente en las urnas en 2007 y después en los órganos del partido, ha renunciado a atenuar su oposición frontal a los dos partidos que, aliándose en su día, le impidieron gobernar en la comunidad autónoma como la lista más votada. Desde ese punto de vista, se propone una guerra sin descanso contra un gobierno que deplora.

Cabe considerar también, más allá de una inmisericordia política basada en un reparto de papeles pactado en el seno de un mismo partido, que la desconfianza imperturbable de López Aguilar sobre la administración que haga el Gobierno autónomo de los 10.000 millones de euros que recibirá de Zapatero en los próximos cuatro años (porque de los 15.000 restantes hasta 2020 sólo pueden dar fe quienes ganen en las urnas) se deba al socio de CC, ya que el PP insular no tiene previsto apoyar los Presupuestos Generales del Estado en Madrid ni mostró mucho entusiasmo por este Consejo de Ministros ‘salvavidas’.

Sea como fuere, los acuerdos del viernes contenidos en el ‘Plan Canarias’ resultan, a priori, plausibles para unas islas con la mayor tasa de paro de todo el Estado y una discontinuidad territorial que agrava y agravia a nuestros parados respecto a los parados peninsulares.

En la intrahistoria de ese Consejo de Ministros figura la moción de Ana Oramas en marzo en el Congreso y el giro experimentado durante el último medio año en las relaciones de Zapatero y Paulino Rivero. Es un hecho incuestionable que, bien por la llamada soledad del presidente socialista tras las elecciones en País Vasco y Galicia, y dada la importancia de los dos votos de CC en la frágil aritmética parlamentaria de esta legislatura, o bien por una sincera conciencia de La Moncloa sobre el drama económico canario en medio de esta crisis, los gobiernos de España y esta comunidad autónoma se han puesto de acuerdo en un plan estratégico para sortear las dificultades.

El día después de esa evidente escenificación de una sintonía entre gobiernos como no se recuerda en años (Zapatero invitó a Paulino Rivero a compartir juntos la conferencia de prensa de la ‘cesta de Navidad’, en una clara connivencia producto del roce personal), los socialistas y el Gobierno canario vuelven a la realidad de sus duelos y refriegas. De ahí, el enésimo vituperio de Aguilar y las declaraciones públicas de todos los líderes presentes y pasados del socialismo canario, cerrando filas con la ofensiva de su secretario general, al que en público respaldan a pies juntillas.

¿Qué hay de cierto en ese teorema que sostiene que el silencio de Saavedra en las últimas semanas y la popularización de la figura de la delegada del Gobierno, Carolina Darias, en el laboratorio de las reuniones previas al Consejo de Ministros, desembocan en una operación interna para moverle la silla al secretario general? Lejos de las islas, pero no ausente de ellas por completo, López Aguilar da pruebas, no obstante, de reafirmarse en su propósito de continuar en el cargo de máximo dirigente del PSOE canario amén de eurodiputado. Y capacidad no le falta, si permanece en el intento. En el primer ‘envite’ de la TVC de esta temporada, el director de Canarias 7, Francisco Suárez Álamo, deslizó la hipótesis del cambio de dirección en el PSOE en las islas, a falta de que descuelguen el teléfono y digan el sustituto en Ferraz. Preguntado en el ‘envite’ del pasado jueves Juan Carlos Alemán, el ‘viejo zorro’ en tiempos en que ejercía todo el poder del PSOE en Canarias, puso cara de póker y negó por no saber o por callar lo que sabía. Alemán es masón, no se olvide.

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jueves, 08 de octubre de 2009 - 8:57

La primera víctima del año del contingente español en Afganistán ha sido un canario. Y su muerte y las heridas de otros cinco soldados no eran inevitables, pues es bien sabido que la misión dispone de más de 90 vehículos Lince diseñados para soportar la explosión de artefactos improvisados como el que mató el miércoles a Cristo Ancor Cabello Santana, de Las Palmas. El joven cabo, padre de un niño, viajaba en un camión obsoleto que iba a ser retirado el próximo mes. Se abre, por tanto, un debate obligado sobre las garantías de seguridad de los más de 700 soldados procedentes de las islas y los 1.300 que conforman el despliegue militar español en el país centroasiático. Como tantas veces, habrá explicaciones que adornen un desliz fatal para justificar lo injustificable. Pero una vida exige algo más que un funeral de Estado para cuidar las formas. Las familias canarias de los soldados que se juegan el pellejo en este conflicto mal gestionado y peor vendido tienen todo el derecho a exigir que se depuren responsabilidades y se proteja a sus hijos en el campo de batalla.

La guerra de Afganistán, todo lo legítima que no fue la de Irak, es, sin embargo, una trampa mortal para nuestros soldados. Van allí a una ‘misión humanitaria’ que consiste en poner la mejilla y abstenerse de abrir fuego hasta tanto no lo haga la fusilería talibán. Ésta suele ser hábil y contumaz, y salvo una reciente escaramuza en la que los nuestros salieron bien parados milagrosamente (detuvieron sus vehículos en la carretera que une Herat y Badghis para repeler el ataque y causaron trece bajas afganas por ninguna propia), lo más normal es que pisen una mina anticarro, como ha sucedido ahora, o sufran una emboscada mortal de necesidad.

El debate sobre la presencia española en Afganistán estaba congelado (una concesión inconfesable al Gobierno de Obama tras el plantón español en Irak en tiempos de Bush), en virtud de un pacto tácito entre las dos principales fuerzas políticas y apenas la objeción testimonial de IU y ERC, únicos en oponerse en el Congreso al acuerdo mayoritario de aumentar el contingente en 220 militares. Pero esa inapreciable contestación al evidente riesgo que representa ir sin escudo protector a un conflicto ‘minado’, intuyo que ahora (con el primer soldado de este año en el ataúd) se va a reactivar (máxime si el dibujo político plantea como ahora un Zapatero acosado por la crisis contra las cuerdas y las encuestas, y en la otra esquina un Rajoy encogido de hombros temiendo que mane sangre de la ceja por los golpes del caso Gurtel y le cueste la descalificación). Afganistán como nueva cortina de humo (de la crisis y la corrupción) despunta ya en el horizonte, y es una lástima que este debate huya del fondo de la cuestión por intereses electorales. Si las elecciones de agosto que mantienen en el poder a Karzai fueron un fraude, Occidente no puede prolongar esta farsa. Si la OTAN es incapaz de pacificar y reconducir el país, se tiene que decir y se tienen que admitir los errores para dar con la fórmula que devuelva la soberanía al pueblo y fije un calendario de retirada (no un Irak II). El propio Obama estudiaba, el mismo día que caía muerto el paisano cerca de Herat, qué hacer, qué estrategia adoptar, y, según The New York Times, el presidente estadounidense no tenía aún claro si mandar más militares al frente, cuando nosotros ya lo hemos dado por descontado. Estar por estar, hace ocho años que estamos, pero aún no sabemos qué pintamos.

(Las Palmas de Gran Canaria, ciudad de luto, recibe a los ministros con las banderas a media asta. Como Italia, en septiembre, cuando recibió a sus féretros con los muertos de Kabul, la ciudad se paralizará bajo un funeral de Estado, y el Gobierno, sin poder prever la trágica coincidencia, está obligado a hacer abstracción del ambiente de duelo para atender, con éxito en la receta, las heridas de la crisis.)

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jueves, 01 de octubre de 2009 - 14:20

La pérdida de Rafael Arozarena es desalentadora para los jóvenes escritores canarios que solían acudir a él en demanda de consejos, y para sus lectores fieles que seguían sus novelas y poemarios desde ‘A la sombra de los cuervos’, y para sus amigos que datan de los albores de la entomología en la isla, de las excursiones con lupa, frasco y mochila para catalogar bichos y dar forma a las primeras colecciones de insectos que nutrieron los fondos fundacionales del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife. O sea, causa baja el hombre, que no su obra escrita, pero sí su obra conversada y apenas conservada en algún libro de entrevistas y entre las paredes de cafeterías como ‘Arkaba’, primer cuartel general de los fetasianos.

Arozarena escribía despacio en tiras de papeles manuscritas y por eso daba a la luz sus novelas de San Juan a Corpus, de ‘Mararía’, a comienzos de los 70, a ‘Cerveza de grano rojo’ 14 años después. No tenía prisa para adornarse de autor con cada nuevo libro-hijo, los iba pariendo de manera pausada. Echaremos de menos su sentido del humor. Isaac de Vega, su compañero de viaje de generación y cómplice de silencios, se queda solo, sin complemento. Ambos obtuvieron al alimón el Premio Canarias de Literatura. Ambos han sido nuestro Borges y Bioy Casares, y la muerte de Rafael los separa como un contrasentido.

Rafael Arozarena casi se quita la vida antes de escribir ‘Mararía’. Lo asediábamos a preguntas sobre cómo era en la realidad la protagonista, María Femés, la anciana más hermosa del mundo, cuyo cuerpo, ya devastado por los años y por el viento conejero como el que doblega las sabinas herreñas, vio por primera vez pasar a su lado como si el de una joven aún sensual se tratara a lo lejos que, de cerca, bajo el luto de la falda dejara ver unos pies en realidad sarmentosos. Me contó aquella escena todavía seducido por la visión de una mujer enloquecedora. Pero la soledad de Femés, adonde la compañía Telefónica lo destinó temporalmente, lo trastornó tanto o más que las falsas caderas de una vieja irreductible, y en cierta ocasión –recordaba Rafael todavía espantado muchos años después- estuvo a punto de dejarse caer por uno de los abismos del pueblo para quitarse la vida. Se arrepintió en el último momento y luego redactó los hechos que narra la novela y la película y banda sonora de Antonio J. Betancor y Pedro Guerra.

En el bar Cervantes, frente al Teatro Guimerá, los llamaban ‘Los tres mosquiteros’, porque él y dos amigos entomólogos salían desde allí a caminar y recolectar mosquitos como unos poseídos. Le duró toda la vida la pasión por la naturaleza y en ese sentido era un ecologista de fiar. Un día lo fuimos a recoger a su casa de Bajamar para ir a un colegio a que contara a los alumnos cómo escribía historias. Contó la historia de su vida que estaba contenida en sus novelas, en sus cuentos, en sus poemas y en sus tertulias desenfadadas. ¡Qué gran tipo era! Apenas van quedando los bienhumorados en la fauna de letra impresa. Ruego encarecidamente que se editen sus textos inéditos y se reediten los ya editados. Nos conviene un pronto regreso a la obra del autor menos presuntuoso que he conocido.

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