martes, 29 de septiembre de 2009

En el minuto 24, un equipo se mostraba superior sobre el césped y no era el equipo de casa. Una entrada alevosa (aquí diría Millás qué significa alevosa, si cautela o perfidia) del lateral holandés del Madrid, Drenthe, dejó fuera de combate, poco después, al defensa del Tenerife Marc Bertrán, uno de los escasos argumentos con que cuenta Oltra para no descender y practicar buen fútbol en la mejor liga del mundo (como ha vuelto a denominarse el campeonato español).

La víctima de la salvaje tarascada camina ahora con muletas, tocado seriamente de la tibia de la pierna embestida, y los médicos le auguran un retiro forzoso de tres a cuatro meses. Quien siguió en directo el partido accidentado se estará preguntando todavía qué vio el árbitro, porque no expulsó al agresor, que, exonerado con la amarilla, pudo seguir jugando como un prófugo a salvo de su delito. El árbitro infligió así de su parte un castigo adicional al visitante, que no sólo perdió a un jugador básico, sino que no disfrutó de la ventaja razonable de disputar el resto del encuentro contra diez y no contra once. Era lo justo. Pero la negligencia (¿o la indulgencia?) del colegiado asturiano César Muñiz Fernández, perdonando una tarjeta roja de libro al infractor, concedió al Real Madrid (420 millones de euros de presupuesto frente a 15 el Tenerife) uno de esos privilegios que, de antemano, convierten en desigual todo choque entre la superpotencia merengue y cualquier otro club menesteroso de la periferia que lo visite en su feudo.

La actuación de Muñiz (no hay peor ciego que el que no quiere ver) equivale a una patada al reglamento como la de Drenthe a Marc Bertrán. Así se escribe la historia del fútbol español, que repite los mismos errores temporada tras temporada. Hay una casta de equipos intocables que desacredita deportivamente a un país y una ciudad (pongamos que hablo de Madrid, como diría Joaquín Sabina) que aspira este viernes a proclamarse sede olímpica en 2016.

La categoría y el prestigio, que sin duda posee, ha de demostrarlos el Real Madrid sin ventajismos ni favores clamorosos y abochornantes como el del sábado en el Bernabéu. Dirán que los árbitros, por humanos, se equivocan y que unas veces lo hacen en contra y otras a favor. Pero se da la circunstancia de que hay una ‘nómina’ (dicha con segundas) de señores del pito que suele equivocarse en el mismo sentido con cierta terquedad. En las islas se desconoce la identidad de un solo árbitro de probada afinidad hacia los equipos canarios, y sí se conoce de sobra la de otros cuyas simpatías con los equipos grandes son vox pópuli.

El español es un fútbol aún no investigado en un país que no duda en destapar los casos de corrupción en la política y el dopaje en cualquier disciplina deportiva. Cuando se aborde esa asignatura pendiente, aflorarán (como ha sucedido ya en Francia, Italia o Portugal) los pecados capitales que, si viviera, Fernando Díaz-Plaja habría atribuido, a buen seguro, al fútbol nacional.

Era tarjeta roja y el Tenerife debió gozar de superioridad numérica (frente al axioma de Helenio Herrera de jugar mejor con diez que con once). Otro gallo habría cantado, porque hasta ese minuto que violentó el partido, el fútbol lo ponía el visitante y en las gradas había rubor. En un libro que dimos a la luz en 1997, ‘La mejor liga del mundo. De Raúl a Ronaldo’, se cuenta la controversia que desató Luis Aragonés cuando propuso la legitimidad de cometer faltas técnicas sobre Ronaldo (el brasileño), o sea de darle patadas como Drenthe a Marc Bertrán que no fueran penalizadas con expulsión directa. Proteger a las estrellas es encomiable, siempre que ello no derive en una discriminación positiva de las figuras más caras.

La reprobación radiofónica y televisiva del atropello del sábado (RTVC no tardó en desenfundar todas sus armas mediáticas, con toda la razón del mundo, ante el silencio cómplice de la prensa de Madrid) está más que justificada. ¿Con qué ‘medios’ cuenta el Tenerife para defenderse de cuantos abusos haya de padecer de ahora en adelante hasta el final de la liga? Me temo que en los foros centralistas que filtran toda información perjudicial para su equipo, con ninguno. ¿Se imaginan cuánto fuego estaría vomitando por la boca, en lugar del actual mutismo, la ‘profesión periodística’ de la Villa y Corte si, en lugar de un jugador del Tenerife, el lesionado para cuatro meses fuera Ronaldo, cristiano, o Kaká (evangelista)? El autor del ‘crimen’ tendría que buscar refugio como Polanski en algún país amigo y, así pasaran treinta años, le darían caza para hacerle pagar. El comité de competición está tardando en actuar de oficio y ‘empurar’ como se merece al digno sucesor de Pepe, aquel ejemplo de niños. ¡Hala Madrid!

Comentarios
HIT
miércoles, 30 de septiembre de 2009 - 13:29
Estimado Periodista:

Primeramente debo decir que a uno le hace sentir cierto orgullo ver como aquellos jugadores no dudaron un instante en crecerse ante un rival de tanto caché, demostrando que si las reglas se aplicasen por igual a todos, aquí la historia hubiese sido bien distinta, indudablemente ( y que rabia!).

Desde luego, también me pareció antideportiva aquella entrada, por no decir ruín y caníbal, pero creo que pudiera existir una explicación que demostrase que razón motivaría a un colegiado a pasar por alto una tan clarísima tarjeta roja...son los SÍMBOLOS.

Aquel Real Madrid del régimen se mostró como un instrumento eficáz para aglutinar anhelos y sueños, de ensalzar el espíritu de guerreros hispanos, y pueblo del crisol, una España imbuida en pleno proceso de desarrollismo, que si bién con sus "traspiés" y "pardeleras", se logró, el Real Madrid aglutinaba...lo curioso de todo es que 40 años más tarde siga siendo tan efectivo...los caminos del poder informativo son inexcrutables.

(sus razones habrá)


Muchas gracias
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