miércoles, 23 de septiembre de 2009

Los polvos de Meléndez fueron la sensación de la década. Sus milagrosos factores 1 y 2 despertaron la envidia de colegas, la suspicacia de dietistas y la desconfianza de las autoridades sanitarias en Canarias y Madrid. Los polvos fueron cuestionados por la Sanidad autonómica y el Gobierno central, bajo la hipótesis de que no eran nutrientes, como sostenía el padre de la criatura y su primer abogado Eligio Hernández, sino un medicamento en toda regla, que debía someterse a las pruebas de contraste empírico en pacientes cobaya antes de su comercialización.

Lo que me llamaba la atención de aquel pulso inconcebible entre gobiernos y científico era que éste resistía numantinamente las arremetidas de sus poderosos adversarios políticos sin dar el brazo a torcer. Personalmente, lo llevé a cuantos programas hacía entonces en radio y tv (era un reclamo y una bicoca informativa que suscitaba un gran interés masivo), y resultaba encomiable la fe ciega que depositaba en los prodigios de su descubrimiento.

Una noche, en ‘Hora 23’ (espacio que yo presentaba en la TVC tres veces en semana pegado a la actualidad), comparecieron Meléndez y el exfiscal general del Estado en labores de defensa de un demonizado investigador al que negaban sus colegas por apóstata, y el espacio fue un ‘bombazo’. El catedrático de La Laguna puso sus polvos sobre la mesa e impartió una clase didáctica y convincente sobre las bondades de la glicina y el ácido aspártico en la salud de los mortales. Tan sencillo, en su opinión, como que ambos aminoácidos deficitarios en el organismo son la clave para la sanación de enfermedades que los fármacos se revelan incapaces de combatir con tantas eficacia.

El dr. Meléndez se hizo famoso allende nuestras fronteras, no tuvo un segundo de duda, aunque las autoridades le intervinieran el ‘alijo’ de polvos y cerraran el Instituto en que los dispensaba. Corría el tiempo, la ‘guerra’ continuaba en los tribunales y en los círculos académicos, le hicieron el vacío, tengo entendido que abandonó al Universidad para dedicarse por entero a la difusión de su hallazgo y a repeler los ataques. Es muy probable que la sagacidad de este profesor atípico que se saltó los protocolos clásicos de actuación y puso en práctica la máxima de Hipócrates (“que tu alimento sea tu medicamento”), le haya reportado pingües beneficios. Era un secreto a voces que asistíamos a una burda demostración de hipocresía social: unos políticos lo perseguían mientras otros consumían sus polvos para bajar de peso o regenerar los huesos castigados por la edad. De la noche a la mañana lucían palmito como pipiolos y daban saltos de una agilidad ‘desempolvada’.

Un día, Meléndez vino a ‘La Caverna’ (que era un programa insólito y desenfadado en el universo amable e irracional de radio Colifata que hacíamos en la TVC con el amigo Segundo González y toda clase de invitados cada semana) y nos desplegó todo un catálogo de nuevas aplicaciones de sus polvos que plasmaría en nuevos productos para la venta desde cremas hasta pasta dental. Y le creímos. Nunca hablaba con titubeos. Luego, acudió a ‘El envite’ (TVC, este mismo año) y fue la única vez que le vi tenso y desanimado (en esa ocasión, intervenía también por separado Eligio Hernández, se saludaron friamente, seguían siendo amigos, pero ya no cliente y abogado por las razones que haya sido).

Ahora, acaba de anunciar públicamente, en compañía de su nuevo abogado (el joven y hábil político y abogado tinerfeño Gustavo Matos) que los tribunales le han dado la razón: eran alimentos y no medicamentos. Sólo un acto de generosidad suprema del científico evitaría, seguramente, también en este caso, posibles indemnizaciones de las arcas públicas de las islas y el Estado. Aquellos polvos trajeron estos lodos.

Comentarios
HIT
viernes, 25 de septiembre de 2009 - 21:57
Recuerdo vivamente la presentación en sociedad de tal producto, es la historia de siempre, David vence a Goliath, pero David se queda casi herido de muerte.

En este rinconcito atlántico aquel que apunte ínclitas maneras, será observado con microscopio, y no es de extrañar que le lanzen a un juez, cual perro de presa. Quien suscribe esto , algo conoció al respecto.

Mal de raza, caracter hispano, lo describiría como un espíritu retrogrado en el que unos pocos siempre saldrán más beneficiados en contra del interés de una mayoría, en este caso concreto, no dudemos un instante en la acción de intereses ocultos por parte de grandes compañías del sector del medicamento.
Quizá algún día veremos con ojos llorosos que aquel profesor buscaba facilitar un poco la vida al prójimo, no es de extrañar, pues incluso se rumorea que la caries posee vacuna...vaya negocio el de la caries.

David venció pero ha pagado un alto precio.

Muchas gracias.
Añadir comentario:
Nombre *
Título *
Correo electrónico
Url
Comentario *

* Todos los comentarios están sujetos a aprobación antes de ser publicados.
Nos reservamos el derecho a editar comentarios que contengan un lenguaje inapropiado u ofensivo.