Esta vez en la isla no hay tesoro que valga. La árida Fuerteventura mitificada por Unamuno cuando fue su jaula de oro y esqueleto de tierra sobre el mar, no tiene quien le escriba esta secuela de un cuento para niños, porque no hay tesoro enterrado bajo ninguno de los volcanes de sus entrañas que tanto admirara como gibas de camello el autor de ‘La tía Tula’; si acaso, un argumento fallido para los aspirantes a ‘stevensons’ de la política, de la prensa y del cotilleo de novela por entregas tan del agrado local.
Resulta que Tebeto es un camelo. Así de rotundo. La historia venida a menos que se desprende de esta montaña del tesoro de ficción da apenas para ríos de tinta y litros de saliva, como estamos presenciando; es un asunto esperpéntico, que si no fuera porque produce escalofríos la cuantía de que se trata (unos 17.000 millones de las antiguas pesetas de indemnización por una mina que vale cien veces menos o nada), sería de risa.
La traquita que hace muchos años pensaba extraer debajo de Tebeto una empresa minera que nunca movió una sola piedra, podría tratarse de una falacia, como si estuviéramos ante el hallazgo fraudulento del Odissey de un tesoro submarino inexistente en un falso pecio invocado como coartada para darse tan sólo publicidad y, de paso, cobrar la exclusiva del montaje. Tebeto tiene un valor ínfimo comparado con el que se le atribuía, según informes del Gobierno, pese a que una sentencia (a buen seguro, formulada con la mejor intención, no lo dudo) obliga a pagar de las arcas públicas (usted y yo) más de cien millones de euros a la empresa que reclamó en su día porque le fuera anulada la concesión tiempo atrás (da igual la fecha, a mí me da igual, me preocupa el monto, el cuánto, el fondo de la cuestión).
Por esta causa, Tebeto se ha convertido en un estribillo, en una matraquilla. Y por esta razón se viene discutiendo alegremente en Canarias de cifras, entre la exorbitada indemnización (todo un récord en su género) y las pruebas periciales del Gobierno canario asegurando que en esa montaña no hay ningún tesoro oculto que valga la pena. (Tengo, por otra parte, mis reservas sobre la actuación aquí de los servicios jurídicos de la comunidad autónoma a lo largo de todos estos años, porque me temo que se han cubierto de ‘gloria’.)
Chillida soñó inicialmente, como se sabe, con Tindaya, contigua a Tebeto, y vivimos el calvario inmerecido del escultor en vida, denostado por ecologistas sin medida, insultado por ignorantes e incomprendido por políticos que no le creyeron y por quienes a costa de su ensoñación artística quisieron hacerse un ‘bisnes’ (business). Murió Chillida, pasó lo peor del escándalo Tindaya, es posible que alguna vez se haga la escultura y sea un reclamo mundial (no lo sé, tampoco viene al caso, si quieren lo discutimos otro día cualquiera), y entró en escena Tebeto como un elefante en cacharrería.
En Canarias, los temas favoritos son como los ingredientes de la fórmula de éxito de todo best-seller, según el pionero Harold Robbins, “poder, dinero, sexo e ideales”, dejándolo, en nuestro caso, en poder y dinero, y trufándolo con una porción de tribunales y mucha carajera reiterativa en prensa que no cede a ningún asunto de mayor calado que se le cruce en el camino. Con tales dosis hay escándalo para rato y el tema, por machaqueo, cala. Pero pocas veces pocas voces se ocupan de lo que a la gente que está al margen del culebrón y sus intereses es lo que más le interesa: la verdad y, por tanto, la justicia. Ser justos, en esta ocasión, incluye ajustar el precio debidamente. El verdadero precio de la montaña de Tebeto. Más allá de la leyenda de feldespato y hornablenda de la roca del volcán.
Cuando se produce una duda de este calibre, que nos puede costar a todos los contribuyentes de las islas un ojo de la cara, uno piensa, desde la más profunda perplejidad y quizá desde la más profunda inocencia, que los tribunales de justicia son incapaces de cometer un error descomunal (o sea, una descomunal injusticia) desde el momento en que asoma la más mínima sospecha de que nos podemos encontrar ante una posible barbaridad. Y eso es lo que uno espera que suceda ahora: que el órgano judicial pertinente revise la sentencia como corresponda en tales casos y dé marcha atrás si los sondeos y valoraciones recién hechos públicos van a misa. ¿O en qué país viviríamos entonces si, mientras nos come crudos la mayor crisis económica que se recuerda en medio siglo, estuviéramos ante el riesgo de regalar una fortuna por unos derechos hipotéticos que ningún tasador oficial ha acreditado todavía a ciencia cierta?
Alguien debe ’desactivar’ la mina de Tebeto para que no se convierta en una mina antipersona, donde se empezó buscando traquita y se acabó en esta traca de pirotecnia mediática, política y judicial, que olvida, bajo el ruido ensordecedor, lo más importante: evitar que de un bocado alguien se zampe más de cien millones que nos pertenecen a todos los canarios. Una montaña de millones. Y esta sí que vale oro.