Perú vive en una constante telerrealidad, una realidad efusiva televisada a todas horas con tintes melodramáticos, que se revuelve en sus propias miserias como exige esa clase de formato de periodismo que, sin término medio, oscila entre la prensa rosa más cutre y la crónica negra casi de horror, a caballo de Poe, Stephen King y Agatha Christie.
Por eso resalta la facilidad con que este país, a veces desmesurado como una especie de remedo italiano en la América profunda, se entrega día y noche, con profusión de imágenes y suspense, a sacarse los ojos y airear los trapos sucios a través de la pequeña pantalla sin escrúpulos que valgan. Ahora se ha puesto de moda una suerte de martirologio carnal auspiciado en apariencia por hijos que encargan a sicarios eliminar a sus acaudalados padres para obtener sustanciosas herencias, pero los enredos y pistas falsas que enseguida nublan la solución judicial de los casos, hace que Perú se haya habituado a fabular en la tele con parsimonia sobre los posibles culpables a modo de infalible culebrón de muertos y ‘vivos’ verdaderos que parecen de mentira.
El frenesí televisivo que vive el país abarca todas sus facetas sociales y nada mínimamente relevante, soez u horrendo, sucede aquí sin ser filmado para un canal de tv en su versión más cruda y tenebrosa. No ha lugar a pactos de ninguna clase entre periodista y artista famosa o famosilla. El entrevistador le pregunta a bocajarro a Rosa Elvira Cartagena, la exmiss Perú que fingió en su día el robo de la corona para apropiársela, si el descrédito que sufrió le sigue abochornando una década después, y la exuberante modelo recién llegada a su país de Miami, que es de donde llegan siempre los peruanos de la farándula para vender su éxito probado o poco probable, tuerce el gesto y le recrimina “¿por qué me preguntas eso, en qué quedamos antes tú y yo?
Bozzo sin bozal
Icono maldito de la manipulación llevada a su grado máximo es la inaudita Laura Bozzo, célebre por sus falsos programas de falsos invitados y falsas historias de falsarios reclutados en barrios pobres a cambio de dinero, en los que, hasta que el novelista Bayly y la periodista Rosa María Palacios no contribuyeron a desenmascararla, los impostores acababan siempre al tortazo limpio. Bozzo, que estuvo a punto de venderle la moto a Telecinco en España, emigra ahora con su pequeño circo ambulante de monstruosidades de bajos fondos por los países del entorno que consienten su estafa televisiva.
En Ecuador, el presidente Rafael Correa acaba de vetarle el talk show en el canal estatal: “Ahora mismo me quitan esa porquería del aire”, ordenó; claro que la intempestiva presentadora respondió desde México, donde se recluye por último bajo los focos, que las palabras de Correa “las meto por el wáter y jalo”. A quien no conozca a este esperpento de abogada del pueblo desgañitándose en simulacros de neorrealismo patoso, cuesta trabajo explicarle quién es la cincuentona gritona redentora de maltratadas fraudulentas, examante de Montesinos, que sufrió arresto domiciliario por colaborar con Fujimori y que ha exportado durante años una pésima imagen de Perú, como todo en ella, falsa de solemnidad. Claro que aún en la televisión del país se perciben signos de esta mala semilla profesional y tengo la sospecha de que el programa ‘Caso cerrado’, que conduce desde Miami, a través de Telemundo, la reina de la justicia hispana, la también abogado Ana María Polo, sigue los pasos de la famosa Bozzo sin bozal, que un día en televisión dando bocado a pan de pulque perdió la funda de su dentadura caballar.
La fórmula entre casposa y sórdida del inframundo peruano transmitido por televisión como cada vez gusta más hacer en España, se extiende desde los magacines hasta los noticieros y los culebrones, y da pie a otro de los hobbies televisivos favoritos de la audiencia (o de los programadores, el eterno debate): el escándalo por método, al que nadie escapa, desde el presidente a los periodistas mismos convertidos en este país en vedettes de una tragicomedia orwelliana que penetra en cada casa día tras día.
Sólo un concepto televisivo amarillo tan interiorizado explica aquella compulsiva tendencia del sórdido edecán de Fujimori, Vladimiro Montesinos, hoy preso, que grababa en vídeo (los ‘vladivídeos’) a todos y cada uno de los ‘chorizos’ de la vida pública a los que sobornó y enfangó en su vasta red de corrupción.
Cinéma vérité
Consumir tele peruana (donde hallé, a su vez, muestras de magnífico periodismo) por un período de tiempo prudencial, como he hecho durante el mes de agosto, siempre que la gira por Lima, Ica y la selva central me lo permitió, ha sido una experiencia profesional enriquecedora, y no dudo en recomendar el mismo ‘cursillo’ a todos los colegas dispuestos a aprender lo bueno y lo malo del género en estado puro. De pronto, me he sorprendido como un alumno aplicado pendiente de la saga de crímenes familiares televisados mañana, tarde y noche, o, de igual modo, asistiendo a un duelo Perú-España entre los conductores del muy ‘riguroso’ programa de cotilleos ‘Tal Cual’ (Antena 3) y, sola ante el peligro, la diva del chisme Magaly Medina (ATV), reina de la cámara oculta, apodada ‘Urraca’, recién salida de la cárcel por difamar al futbolista de la selección nacional Paolo Guerrero atribuyéndole una falsa fuga amorosa de una concentración previa a un partido; el dúplex versaba sobre las andanzas sentimentales de la modelo peruana Mónica Hoyos afincada en Madrid, un asunto del montón capaz de acalorar a estos eximios especialistas del corazón de las dos orillas. Sin embargo, he de reconocer que, Hoyos aparte, mandar una temporada a la sombra a un periodista por mentir y manchar el honor de alguien es toda una lección de la justicia peruana frente al abusivo amparo en España de un pernicioso uso de la libertad de expresión.
El espectáculo mediático incluye a presentadores estrella tirándose los trastos a la cabeza en una guerra despiadada entre canales por la competencia. En medio afloran personajes del humor o del terror reivindicando sus debilidades amorosas, como el cómico y sonero ‘Melcochita’, padre a los 73 con una novia juvenil, o Abimael Guzmán, que aterrorizó Perú al frente de ‘Sendero Luminoso’ hasta su detención en 1992 (fotografiado en una jaula metálica con traje a rayas) y ahora reclama su derecho a reunirse en privado en la cárcel con su compañera sentimental también presa.
Los héroes y heroínas de esta audiencia sometida a una sobrecarga de tensión son comunicadores por lo general hábiles y locuaces, que practican un estilo muy peruano de estirar el chicle de las historias (la reales y las descaradamente inventadas), haciendo de la vida una telenovela descarnada. No es de extrañar que el culebrón, que aquí debe tanto a las factorías mexicanas entre otras, sea uno de los menús favoritos del televidente del país, donde todo transcurre como en un gran plató. Ni que una de las sitcoms de mayor éxito sea ‘Al fondo hay sitio’, producción ésta genuinamente peruana en la que no falta el humor y que aconsejo importar como modelo en nuestras islas.
Pero si esta sociedad andina que se baña en el Pacífico se ve retratada fielmente en la pequeña pantalla, habrá que colegir que algo marcha mal en Perú cuando espacios de elevado ‘rating’ como el matutino ‘América noticias’ ofrece un noventa por ciento de asaltos, raptos, asesinatos y violaciones, condimentados con la sección de espectáculos a cargo de la ‘chanchita’ (gordita) Giovanna San Miguel, que (abrazada a su inseparable cerdito de peluche para hacer honor al apodo que inspiró su físico) dicta sentencia sobre la actualidad de la farándula según un arbitrario gusto personal (me desconcertó que a Ricardo Arjona lo enviara a las galeras por sus letras infumables). Lo meritorio (e inconcebible en España) de este programa rey de las mañanas en Perú es que en cada suceso macabro el reportero (como bordando un encargo expreso de nuestro César Armas para ‘Código Abierto ‘) se las ingenia para que el homicida, ladrón o violador narre delante de la cámara en primera persona su horrendo delito con pelos y señales. Mejor ‘cinéma vérité’ imposible.
¿Hijos matan a padres?
Estos días, las cadenas se ponen las botas con el caso del crimen de la empresaria Myriam Fefer, ocurrido en 2007, ahora en plena efervescencia por la inminente detención (si no fallan los cálculos mediáticos) de su joven hija, Eva Bracamonte, a la que su propio hermano señala como autora intelectual, a través del sicario de turno, un colombiano ya entre rejas. La cosa no es tan fácil, salpica a más sospechosos, como a un abogado supuesto amante de la víctima y una joven lesbiana muy unida a la principal acusada. Eva, poseedora de una respetable fortuna que heredó de su abuelo materno al cumplir la mayoría de edad y que su madre gestionó hasta el día de su muerte, se autodefine como “una mujer muy jodida”, fría y superficial, que, para más morbo, decidió trasladarse a dormir a la misma habitación del crimen. El caso ha ido distorsionándose hasta degenerar en una gresca barriobajera entre periodistas, de parte del popular Raúl Romero (América Televisión), conocido como ‘el Feo’, contra el dúo de presentadores del programa nocturno ‘Enemigos íntimos‘ (Frecuencia Latina), por haber aireado determinadas insinuaciones sobre una azafata de su programa ‘Habacilar’, también presunta homosexual. Se da la circunstancia de que uno de los dos presentadores de ‘Enemigos íntimos‘, Beto Ortiz, que ha publicado una novela en Alfaguara, ha sido acusado, a su vez, de pedófilo por la controvertida Magaly Medina (la que pasó por una celda a raíz de una información errónea) y ahora es amenazado de muerte (ante las cámaras, por supuesto) por el padre de la azafata en cuestión: “Te voy a enviar un francotirador”, anunció entre una ristra de improperios.
En medio del festival de declaraciones de alto voltaje, el padre de los Bracamonte y exesposo de la empresaria asesinada llamó supuestamente (así, al menos, se identificó la voz) una noche en directo a la reputada periodista Rosa María Palacios, y le dijo al abogado de su hija que era entrevistado en directo que le podía “mamar los huevos y chupar la pinga” (sic).
Como si de una moda se tratara, en la televisión peruana se cotizan ahora los delitos de sangre familiar. “¿Qué pasa en Lima que por lo visto los hijos mandan matar a los padres?”, ironizó el escritor y periodista Jaime Bayly en su semanal entrevista de ‘El Francotirador’ (Frecuencia Latina), antes de habérselas con dos hermanos acusados de organizar hace doce años el asesinato de sus progenitores, el caso no cerrado ‘Tozzini-Bertelo’, que estremeció en los 90 a la alta sociedad limeña. La historia se las trae. Ambos encausados, ya en edades maduras con hijos propios, y un tercer hermano han esperado sin éxito todo este tiempo un veredicto definitivo, mientras la justicia, que les ha ido absolviendo sin fin hasta hoy, se revela incapaz de dilucidar si en efecto tuvieron algo que ver o no van por ahí ‘los tiros’, sino que una insólita pareja formada por Alicia Alvarado, la ruda asistente despedida de la casa familiar antes de los hechos, y su impresentable hijo, Jorge Culquicóndor, con delitos de sangre probados en su hoja de servicio, estarían directamente relacionados con el crimen. La pereza de los tribunales y la afición peruana a ralentizar los casos más escabrosos para sacarles partido en la pequeña pantalla parecen haberse aliado.
En 2005, una joven estudiante de Derecho malencarada, Giuliana Llamoja, no necesitó intermediarios: asestó personalmente más de 60 puñaladas a su madre y la dejó en el sitio. Como en el caso de Myriam Fefer, su hermano también la acusó. La asesina, protegida por un padre juez, logró salir en libertad este año habiendo cumplido tan sólo un tercio de la pena de 12 años a que fue condenada.
Así se cuecen, como en una serie de encadenados crímenes sin resolver, los contenidos de mayor tirón en la parrilla televisiva de Perú. Y no faltan las muertes pasionales en la crónica negra de esta creciente teleadicción, que ha logrado relegar la gripe porcina a un segundo plano, aunque aquí, en el invierno del altiplano esté en su apogeo. Cabe citar el asesinato de la cantante ‘vernacular’ (folclórica) Alicia Delgado, presuntamente inducido, mediante el sicario de rigor, por su pareja lésbica, la también intérprete Avencia Mesa (de sobrenombre ‘la Pistolita’, por los frecuentes incidentes de sus actuaciones ante públicos comúnmente ebrios), sin que falten candidatos a verse enrolados asimismo en los hechos, y el asesinato, a manos, según todos los indicios, de un empleado y amante gay, del estilista Marco Antonio, un rostro asiduo en la televisión, fábrica y devoradora de ángeles y demonios.