SEPTIEMBRE 2009 ENTRIES
martes, 29 de septiembre de 2009 - 8:47

En el minuto 24, un equipo se mostraba superior sobre el césped y no era el equipo de casa. Una entrada alevosa (aquí diría Millás qué significa alevosa, si cautela o perfidia) del lateral holandés del Madrid, Drenthe, dejó fuera de combate, poco después, al defensa del Tenerife Marc Bertrán, uno de los escasos argumentos con que cuenta Oltra para no descender y practicar buen fútbol en la mejor liga del mundo (como ha vuelto a denominarse el campeonato español).

La víctima de la salvaje tarascada camina ahora con muletas, tocado seriamente de la tibia de la pierna embestida, y los médicos le auguran un retiro forzoso de tres a cuatro meses. Quien siguió en directo el partido accidentado se estará preguntando todavía qué vio el árbitro, porque no expulsó al agresor, que, exonerado con la amarilla, pudo seguir jugando como un prófugo a salvo de su delito. El árbitro infligió así de su parte un castigo adicional al visitante, que no sólo perdió a un jugador básico, sino que no disfrutó de la ventaja razonable de disputar el resto del encuentro contra diez y no contra once. Era lo justo. Pero la negligencia (¿o la indulgencia?) del colegiado asturiano César Muñiz Fernández, perdonando una tarjeta roja de libro al infractor, concedió al Real Madrid (420 millones de euros de presupuesto frente a 15 el Tenerife) uno de esos privilegios que, de antemano, convierten en desigual todo choque entre la superpotencia merengue y cualquier otro club menesteroso de la periferia que lo visite en su feudo.

La actuación de Muñiz (no hay peor ciego que el que no quiere ver) equivale a una patada al reglamento como la de Drenthe a Marc Bertrán. Así se escribe la historia del fútbol español, que repite los mismos errores temporada tras temporada. Hay una casta de equipos intocables que desacredita deportivamente a un país y una ciudad (pongamos que hablo de Madrid, como diría Joaquín Sabina) que aspira este viernes a proclamarse sede olímpica en 2016.

La categoría y el prestigio, que sin duda posee, ha de demostrarlos el Real Madrid sin ventajismos ni favores clamorosos y abochornantes como el del sábado en el Bernabéu. Dirán que los árbitros, por humanos, se equivocan y que unas veces lo hacen en contra y otras a favor. Pero se da la circunstancia de que hay una ‘nómina’ (dicha con segundas) de señores del pito que suele equivocarse en el mismo sentido con cierta terquedad. En las islas se desconoce la identidad de un solo árbitro de probada afinidad hacia los equipos canarios, y sí se conoce de sobra la de otros cuyas simpatías con los equipos grandes son vox pópuli.

El español es un fútbol aún no investigado en un país que no duda en destapar los casos de corrupción en la política y el dopaje en cualquier disciplina deportiva. Cuando se aborde esa asignatura pendiente, aflorarán (como ha sucedido ya en Francia, Italia o Portugal) los pecados capitales que, si viviera, Fernando Díaz-Plaja habría atribuido, a buen seguro, al fútbol nacional.

Era tarjeta roja y el Tenerife debió gozar de superioridad numérica (frente al axioma de Helenio Herrera de jugar mejor con diez que con once). Otro gallo habría cantado, porque hasta ese minuto que violentó el partido, el fútbol lo ponía el visitante y en las gradas había rubor. En un libro que dimos a la luz en 1997, ‘La mejor liga del mundo. De Raúl a Ronaldo’, se cuenta la controversia que desató Luis Aragonés cuando propuso la legitimidad de cometer faltas técnicas sobre Ronaldo (el brasileño), o sea de darle patadas como Drenthe a Marc Bertrán que no fueran penalizadas con expulsión directa. Proteger a las estrellas es encomiable, siempre que ello no derive en una discriminación positiva de las figuras más caras.

La reprobación radiofónica y televisiva del atropello del sábado (RTVC no tardó en desenfundar todas sus armas mediáticas, con toda la razón del mundo, ante el silencio cómplice de la prensa de Madrid) está más que justificada. ¿Con qué ‘medios’ cuenta el Tenerife para defenderse de cuantos abusos haya de padecer de ahora en adelante hasta el final de la liga? Me temo que en los foros centralistas que filtran toda información perjudicial para su equipo, con ninguno. ¿Se imaginan cuánto fuego estaría vomitando por la boca, en lugar del actual mutismo, la ‘profesión periodística’ de la Villa y Corte si, en lugar de un jugador del Tenerife, el lesionado para cuatro meses fuera Ronaldo, cristiano, o Kaká (evangelista)? El autor del ‘crimen’ tendría que buscar refugio como Polanski en algún país amigo y, así pasaran treinta años, le darían caza para hacerle pagar. El comité de competición está tardando en actuar de oficio y ‘empurar’ como se merece al digno sucesor de Pepe, aquel ejemplo de niños. ¡Hala Madrid!

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miércoles, 23 de septiembre de 2009 - 9:16

Los polvos de Meléndez fueron la sensación de la década. Sus milagrosos factores 1 y 2 despertaron la envidia de colegas, la suspicacia de dietistas y la desconfianza de las autoridades sanitarias en Canarias y Madrid. Los polvos fueron cuestionados por la Sanidad autonómica y el Gobierno central, bajo la hipótesis de que no eran nutrientes, como sostenía el padre de la criatura y su primer abogado Eligio Hernández, sino un medicamento en toda regla, que debía someterse a las pruebas de contraste empírico en pacientes cobaya antes de su comercialización.

Lo que me llamaba la atención de aquel pulso inconcebible entre gobiernos y científico era que éste resistía numantinamente las arremetidas de sus poderosos adversarios políticos sin dar el brazo a torcer. Personalmente, lo llevé a cuantos programas hacía entonces en radio y tv (era un reclamo y una bicoca informativa que suscitaba un gran interés masivo), y resultaba encomiable la fe ciega que depositaba en los prodigios de su descubrimiento.

Una noche, en ‘Hora 23’ (espacio que yo presentaba en la TVC tres veces en semana pegado a la actualidad), comparecieron Meléndez y el exfiscal general del Estado en labores de defensa de un demonizado investigador al que negaban sus colegas por apóstata, y el espacio fue un ‘bombazo’. El catedrático de La Laguna puso sus polvos sobre la mesa e impartió una clase didáctica y convincente sobre las bondades de la glicina y el ácido aspártico en la salud de los mortales. Tan sencillo, en su opinión, como que ambos aminoácidos deficitarios en el organismo son la clave para la sanación de enfermedades que los fármacos se revelan incapaces de combatir con tantas eficacia.

El dr. Meléndez se hizo famoso allende nuestras fronteras, no tuvo un segundo de duda, aunque las autoridades le intervinieran el ‘alijo’ de polvos y cerraran el Instituto en que los dispensaba. Corría el tiempo, la ‘guerra’ continuaba en los tribunales y en los círculos académicos, le hicieron el vacío, tengo entendido que abandonó al Universidad para dedicarse por entero a la difusión de su hallazgo y a repeler los ataques. Es muy probable que la sagacidad de este profesor atípico que se saltó los protocolos clásicos de actuación y puso en práctica la máxima de Hipócrates (“que tu alimento sea tu medicamento”), le haya reportado pingües beneficios. Era un secreto a voces que asistíamos a una burda demostración de hipocresía social: unos políticos lo perseguían mientras otros consumían sus polvos para bajar de peso o regenerar los huesos castigados por la edad. De la noche a la mañana lucían palmito como pipiolos y daban saltos de una agilidad ‘desempolvada’.

Un día, Meléndez vino a ‘La Caverna’ (que era un programa insólito y desenfadado en el universo amable e irracional de radio Colifata que hacíamos en la TVC con el amigo Segundo González y toda clase de invitados cada semana) y nos desplegó todo un catálogo de nuevas aplicaciones de sus polvos que plasmaría en nuevos productos para la venta desde cremas hasta pasta dental. Y le creímos. Nunca hablaba con titubeos. Luego, acudió a ‘El envite’ (TVC, este mismo año) y fue la única vez que le vi tenso y desanimado (en esa ocasión, intervenía también por separado Eligio Hernández, se saludaron friamente, seguían siendo amigos, pero ya no cliente y abogado por las razones que haya sido).

Ahora, acaba de anunciar públicamente, en compañía de su nuevo abogado (el joven y hábil político y abogado tinerfeño Gustavo Matos) que los tribunales le han dado la razón: eran alimentos y no medicamentos. Sólo un acto de generosidad suprema del científico evitaría, seguramente, también en este caso, posibles indemnizaciones de las arcas públicas de las islas y el Estado. Aquellos polvos trajeron estos lodos.

lunes, 14 de septiembre de 2009 - 9:38

Esta vez en la isla no hay tesoro que valga. La árida Fuerteventura mitificada por Unamuno cuando fue su jaula de oro y esqueleto de tierra sobre el mar, no tiene quien le escriba esta secuela de un cuento para niños, porque no hay tesoro enterrado bajo ninguno de los volcanes de sus entrañas que tanto admirara como gibas de camello el autor de ‘La tía Tula’; si acaso, un argumento fallido para los aspirantes a ‘stevensons’ de la política, de la prensa y del cotilleo de novela por entregas tan del agrado local.

Resulta que Tebeto es un camelo. Así de rotundo. La historia venida a menos que se desprende de esta montaña del tesoro de ficción da apenas para ríos de tinta y litros de saliva, como estamos presenciando; es un asunto esperpéntico, que si no fuera porque produce escalofríos la cuantía de que se trata (unos 17.000 millones de las antiguas pesetas de indemnización por una mina que vale cien veces menos o nada), sería de risa.

La traquita que hace muchos años pensaba extraer debajo de Tebeto una empresa minera que nunca movió una sola piedra, podría tratarse de una falacia, como si estuviéramos ante el hallazgo fraudulento del Odissey de un tesoro submarino inexistente en un falso pecio invocado como coartada para darse tan sólo publicidad y, de paso, cobrar la exclusiva del montaje. Tebeto tiene un valor ínfimo comparado con el que se le atribuía, según informes del Gobierno, pese a que una sentencia (a buen seguro, formulada con la mejor intención, no lo dudo) obliga a pagar de las arcas públicas (usted y yo) más de cien millones de euros a la empresa que reclamó en su día porque le fuera anulada la concesión tiempo atrás (da igual la fecha, a mí me da igual, me preocupa el monto, el cuánto, el fondo de la cuestión).

Por esta causa, Tebeto se ha convertido en un estribillo, en una matraquilla. Y por esta razón se viene discutiendo alegremente en Canarias de cifras, entre la exorbitada indemnización (todo un récord en su género) y las pruebas periciales del Gobierno canario asegurando que en esa montaña no hay ningún tesoro oculto que valga la pena. (Tengo, por otra parte, mis reservas sobre la actuación aquí de los servicios jurídicos de la comunidad autónoma a lo largo de todos estos años, porque me temo que se han cubierto de ‘gloria’.)

Chillida soñó inicialmente, como se sabe, con Tindaya, contigua a Tebeto, y vivimos el calvario inmerecido del escultor en vida, denostado por ecologistas sin medida, insultado por ignorantes e incomprendido por políticos que no le creyeron y por quienes a costa de su ensoñación artística quisieron hacerse un ‘bisnes’ (business). Murió Chillida, pasó lo peor del escándalo Tindaya, es posible que alguna vez se haga la escultura y sea un reclamo mundial (no lo sé, tampoco viene al caso, si quieren lo discutimos otro día cualquiera), y entró en escena Tebeto como un elefante en cacharrería.

En Canarias, los temas favoritos son como los ingredientes de la fórmula de éxito de todo best-seller, según el pionero Harold Robbins, “poder, dinero, sexo e ideales”, dejándolo, en nuestro caso, en poder y dinero, y trufándolo con una porción de tribunales y mucha carajera reiterativa en prensa que no cede a ningún asunto de mayor calado que se le cruce en el camino. Con tales dosis hay escándalo para rato y el tema, por machaqueo, cala. Pero pocas veces pocas voces se ocupan de lo que a la gente que está al margen del culebrón y sus intereses es lo que más le interesa: la verdad y, por tanto, la justicia. Ser justos, en esta ocasión, incluye ajustar el precio debidamente. El verdadero precio de la montaña de Tebeto. Más allá de la leyenda de feldespato y hornablenda de la roca del volcán.

Cuando se produce una duda de este calibre, que nos puede costar a todos los contribuyentes de las islas un ojo de la cara, uno piensa, desde la más profunda perplejidad y quizá desde la más profunda inocencia, que los tribunales de justicia son incapaces de cometer un error descomunal (o sea, una descomunal injusticia) desde el momento en que asoma la más mínima sospecha de que nos podemos encontrar ante una posible barbaridad. Y eso es lo que uno espera que suceda ahora: que el órgano judicial pertinente revise la sentencia como corresponda en tales casos y dé marcha atrás si los sondeos y valoraciones recién hechos públicos van a misa. ¿O en qué país viviríamos entonces si, mientras nos come crudos la mayor crisis económica que se recuerda en medio siglo, estuviéramos ante el riesgo de regalar una fortuna por unos derechos hipotéticos que ningún tasador oficial ha acreditado todavía a ciencia cierta?

Alguien debe ’desactivar’ la mina de Tebeto para que no se convierta en una mina antipersona, donde se empezó buscando traquita y se acabó en esta traca de pirotecnia mediática, política y judicial, que olvida, bajo el ruido ensordecedor, lo más importante: evitar que de un bocado alguien se zampe más de cien millones que nos pertenecen a todos los canarios. Una montaña de millones. Y esta sí que vale oro.

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jueves, 03 de septiembre de 2009 - 9:11

Perú vive en una constante telerrealidad, una realidad efusiva televisada a todas horas con tintes melodramáticos, que se revuelve en sus propias miserias como exige esa clase de formato de periodismo que, sin término medio, oscila entre la prensa rosa más cutre y la crónica negra casi de horror, a caballo de Poe, Stephen King y Agatha Christie.

Por eso resalta la facilidad con que este país, a veces desmesurado como una especie de remedo italiano en la América profunda, se entrega día y noche, con profusión de imágenes y suspense, a sacarse los ojos y airear los trapos sucios a través de la pequeña pantalla sin escrúpulos que valgan. Ahora se ha puesto de moda una suerte de martirologio carnal auspiciado en apariencia por hijos que encargan a sicarios eliminar a sus acaudalados padres para obtener sustanciosas herencias, pero los enredos y pistas falsas que enseguida nublan la solución judicial de los casos, hace que Perú se haya habituado a fabular en la tele con parsimonia sobre los posibles culpables a modo de infalible culebrón de muertos y ‘vivos’ verdaderos que parecen de mentira.

El frenesí televisivo que vive el país abarca todas sus facetas sociales y nada mínimamente relevante, soez u horrendo, sucede aquí sin ser filmado para un canal de tv en su versión más cruda y tenebrosa. No ha lugar a pactos de ninguna clase entre periodista y artista famosa o famosilla. El entrevistador le pregunta a bocajarro a Rosa Elvira Cartagena, la exmiss Perú que fingió en su día el robo de la corona para apropiársela, si el descrédito que sufrió le sigue abochornando una década después, y la exuberante modelo recién llegada a su país de Miami, que es de donde llegan siempre los peruanos de la farándula para vender su éxito probado o poco probable, tuerce el gesto y le recrimina “¿por qué me preguntas eso, en qué quedamos antes tú y yo?

Bozzo sin bozal

Icono maldito de la manipulación llevada a su grado máximo es la inaudita Laura Bozzo, célebre por sus falsos programas de falsos invitados y falsas historias de falsarios reclutados en barrios pobres a cambio de dinero, en los que, hasta que el novelista Bayly y la periodista Rosa María Palacios no contribuyeron a desenmascararla, los impostores acababan siempre al tortazo limpio. Bozzo, que estuvo a punto de venderle la moto a Telecinco en España, emigra ahora con su pequeño circo ambulante de monstruosidades de bajos fondos por los países del entorno que consienten su estafa televisiva.

En Ecuador, el presidente Rafael Correa acaba de vetarle el talk show en el canal estatal: “Ahora mismo me quitan esa porquería del aire”, ordenó; claro que la intempestiva presentadora respondió desde México, donde se recluye por último bajo los focos, que las palabras de Correa “las meto por el wáter y jalo”. A quien no conozca a este esperpento de abogada del pueblo desgañitándose en simulacros de neorrealismo patoso, cuesta trabajo explicarle quién es la cincuentona gritona redentora de maltratadas fraudulentas, examante de Montesinos, que sufrió arresto domiciliario por colaborar con Fujimori y que ha exportado durante años una pésima imagen de Perú, como todo en ella, falsa de solemnidad. Claro que aún en la televisión del país se perciben signos de esta mala semilla profesional y tengo la sospecha de que el programa ‘Caso cerrado’, que conduce desde Miami, a través de Telemundo, la reina de la justicia hispana, la también abogado Ana María Polo, sigue los pasos de la famosa Bozzo sin bozal, que un día en televisión dando bocado a pan de pulque perdió la funda de su dentadura caballar.

La fórmula entre casposa y sórdida del inframundo peruano transmitido por televisión como cada vez gusta más hacer en España, se extiende desde los magacines hasta los noticieros y los culebrones, y da pie a otro de los hobbies televisivos favoritos de la audiencia (o de los programadores, el eterno debate): el escándalo por método, al que nadie escapa, desde el presidente a los periodistas mismos convertidos en este país en vedettes de una tragicomedia orwelliana que penetra en cada casa día tras día.

Sólo un concepto televisivo amarillo tan interiorizado explica aquella compulsiva tendencia del sórdido edecán de Fujimori, Vladimiro Montesinos, hoy preso, que grababa en vídeo (los ‘vladivídeos’) a todos y cada uno de los ‘chorizos’ de la vida pública a los que sobornó y enfangó en su vasta red de corrupción.

Cinéma vérité

Consumir tele peruana (donde hallé, a su vez, muestras de magnífico periodismo) por un período de tiempo prudencial, como he hecho durante el mes de agosto, siempre que la gira por Lima, Ica y la selva central me lo permitió, ha sido una experiencia profesional enriquecedora, y no dudo en recomendar el mismo ‘cursillo’ a todos los colegas dispuestos a aprender lo bueno y lo malo del género en estado puro. De pronto, me he sorprendido como un alumno aplicado pendiente de la saga de crímenes familiares televisados mañana, tarde y noche, o, de igual modo, asistiendo a un duelo Perú-España entre los conductores del muy ‘riguroso’ programa de cotilleos ‘Tal Cual’ (Antena 3) y, sola ante el peligro, la diva del chisme Magaly Medina (ATV), reina de la cámara oculta, apodada ‘Urraca’, recién salida de la cárcel por difamar al futbolista de la selección nacional Paolo Guerrero atribuyéndole una falsa fuga amorosa de una concentración previa a un partido; el dúplex versaba sobre las andanzas sentimentales de la modelo peruana Mónica Hoyos afincada en Madrid, un asunto del montón capaz de acalorar a estos eximios especialistas del corazón de las dos orillas. Sin embargo, he de reconocer que, Hoyos aparte, mandar una temporada a la sombra a un periodista por mentir y manchar el honor de alguien es toda una lección de la justicia peruana frente al abusivo amparo en España de un pernicioso uso de la libertad de expresión.

El espectáculo mediático incluye a presentadores estrella tirándose los trastos a la cabeza en una guerra despiadada entre canales por la competencia. En medio afloran personajes del humor o del terror reivindicando sus debilidades amorosas, como el cómico y sonero ‘Melcochita’, padre a los 73 con una novia juvenil, o Abimael Guzmán, que aterrorizó Perú al frente de ‘Sendero Luminoso’ hasta su detención en 1992 (fotografiado en una jaula metálica con traje a rayas) y ahora reclama su derecho a reunirse en privado en la cárcel con su compañera sentimental también presa.

Los héroes y heroínas de esta audiencia sometida a una sobrecarga de tensión son comunicadores por lo general hábiles y locuaces, que practican un estilo muy peruano de estirar el chicle de las historias (la reales y las descaradamente inventadas), haciendo de la vida una telenovela descarnada. No es de extrañar que el culebrón, que aquí debe tanto a las factorías mexicanas entre otras, sea uno de los menús favoritos del televidente del país, donde todo transcurre como en un gran plató. Ni que una de las sitcoms de mayor éxito sea ‘Al fondo hay sitio’, producción ésta genuinamente peruana en la que no falta el humor y que aconsejo importar como modelo en nuestras islas.

Pero si esta sociedad andina que se baña en el Pacífico se ve retratada fielmente en la pequeña pantalla, habrá que colegir que algo marcha mal en Perú cuando espacios de elevado ‘rating’ como el matutino ‘América noticias’ ofrece un noventa por ciento de asaltos, raptos, asesinatos y violaciones, condimentados con la sección de espectáculos a cargo de la ‘chanchita’ (gordita) Giovanna San Miguel, que (abrazada a su inseparable cerdito de peluche para hacer honor al apodo que inspiró su físico) dicta sentencia sobre la actualidad de la farándula según un arbitrario gusto personal (me desconcertó que a Ricardo Arjona lo enviara a las galeras por sus letras infumables). Lo meritorio (e inconcebible en España) de este programa rey de las mañanas en Perú es que en cada suceso macabro el reportero (como bordando un encargo expreso de nuestro César Armas para ‘Código Abierto ‘) se las ingenia para que el homicida, ladrón o violador narre delante de la cámara en primera persona su horrendo delito con pelos y señales. Mejor ‘cinéma vérité’ imposible.

¿Hijos matan a padres?

Estos días, las cadenas se ponen las botas con el caso del crimen de la empresaria Myriam Fefer, ocurrido en 2007, ahora en plena efervescencia por la inminente detención (si no fallan los cálculos mediáticos) de su joven hija, Eva Bracamonte, a la que su propio hermano señala como autora intelectual, a través del sicario de turno, un colombiano ya entre rejas. La cosa no es tan fácil, salpica a más sospechosos, como a un abogado supuesto amante de la víctima y una joven lesbiana muy unida a la principal acusada. Eva, poseedora de una respetable fortuna que heredó de su abuelo materno al cumplir la mayoría de edad y que su madre gestionó hasta el día de su muerte, se autodefine como “una mujer muy jodida”, fría y superficial, que, para más morbo, decidió trasladarse a dormir a la misma habitación del crimen. El caso ha ido distorsionándose hasta degenerar en una gresca barriobajera entre periodistas, de parte del popular Raúl Romero (América Televisión), conocido como ‘el Feo’, contra el dúo de presentadores del programa nocturno ‘Enemigos íntimos‘ (Frecuencia Latina), por haber aireado determinadas insinuaciones sobre una azafata de su programa ‘Habacilar’, también presunta homosexual. Se da la circunstancia de que uno de los dos presentadores de ‘Enemigos íntimos‘, Beto Ortiz, que ha publicado una novela en Alfaguara, ha sido acusado, a su vez, de pedófilo por la controvertida Magaly Medina (la que pasó por una celda a raíz de una información errónea) y ahora es amenazado de muerte (ante las cámaras, por supuesto) por el padre de la azafata en cuestión: “Te voy a enviar un francotirador”, anunció entre una ristra de improperios.

En medio del festival de declaraciones de alto voltaje, el padre de los Bracamonte y exesposo de la empresaria asesinada llamó supuestamente (así, al menos, se identificó la voz) una noche en directo a la reputada periodista Rosa María Palacios, y le dijo al abogado de su hija que era entrevistado en directo que le podía “mamar los huevos y chupar la pinga” (sic).

Como si de una moda se tratara, en la televisión peruana se cotizan ahora los delitos de sangre familiar. “¿Qué pasa en Lima que por lo visto los hijos mandan matar a los padres?”, ironizó el escritor y periodista Jaime Bayly en su semanal entrevista de ‘El Francotirador’ (Frecuencia Latina), antes de habérselas con dos hermanos acusados de organizar hace doce años el asesinato de sus progenitores, el caso no cerrado ‘Tozzini-Bertelo’, que estremeció en los 90 a la alta sociedad limeña. La historia se las trae. Ambos encausados, ya en edades maduras con hijos propios, y un tercer hermano han esperado sin éxito todo este tiempo un veredicto definitivo, mientras la justicia, que les ha ido absolviendo sin fin hasta hoy, se revela incapaz de dilucidar si en efecto tuvieron algo que ver o no van por ahí ‘los tiros’, sino que una insólita pareja formada por Alicia Alvarado, la ruda asistente despedida de la casa familiar antes de los hechos, y su impresentable hijo, Jorge Culquicóndor, con delitos de sangre probados en su hoja de servicio, estarían directamente relacionados con el crimen. La pereza de los tribunales y la afición peruana a ralentizar los casos más escabrosos para sacarles partido en la pequeña pantalla parecen haberse aliado.

En 2005, una joven estudiante de Derecho malencarada, Giuliana Llamoja, no necesitó intermediarios: asestó personalmente más de 60 puñaladas a su madre y la dejó en el sitio. Como en el caso de Myriam Fefer, su hermano también la acusó. La asesina, protegida por un padre juez, logró salir en libertad este año habiendo cumplido tan sólo un tercio de la pena de 12 años a que fue condenada.

Así se cuecen, como en una serie de encadenados crímenes sin resolver, los contenidos de mayor tirón en la parrilla televisiva de Perú. Y no faltan las muertes pasionales en la crónica negra de esta creciente teleadicción, que ha logrado relegar la gripe porcina a un segundo plano, aunque aquí, en el invierno del altiplano esté en su apogeo. Cabe citar el asesinato de la cantante ‘vernacular’ (folclórica) Alicia Delgado, presuntamente inducido, mediante el sicario de rigor, por su pareja lésbica, la también intérprete Avencia Mesa (de sobrenombre ‘la Pistolita’, por los frecuentes incidentes de sus actuaciones ante públicos comúnmente ebrios), sin que falten candidatos a verse enrolados asimismo en los hechos, y el asesinato, a manos, según todos los indicios, de un empleado y amante gay, del estilista Marco Antonio, un rostro asiduo en la televisión, fábrica y devoradora de ángeles y demonios.

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