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lunes, 31 de agosto de 2009 - 9:03

¿Y América qué? De norte a sur pasan cosas que al visitante no siempre cogen desprevenido, alguna información se trae aprendida desde la Europa insular. Es cierto que el huésped no es el mismo a todos los efectos; si, concretamente, resulta ser canario, se sentirá más interesado por las noticias de los países de nuestra misma lengua, no sólo por ese factor, sino asimismo por los lazos históricos. Pero uno aquí, desde los Andes, otea el horizonte americano, del Pacífico al Atlántico y Caribe (llaman la atención la muerte de Ted Kennedy y el homicidio de Michael Jackson, pero también la de los indígenas de Perú defendiendo a cara de perro sus tierras de las insaciables multinacionales norteamericanas, que con Obama son el mismo perro con distinto collar) y busca sin éxito encontrar sentido al pandemónium de un subcontinente incapaz de dar dos pasos de la mano.

La inminente batalla electoral en esa especie de errata de la historia reciente americana que es Honduras (por un momento, el reloj de la democracia se detuvo y la palabra golpe volvió al diccionario de este hemisferio) eclipsa buena parte de un mosaico heterogéneo de conflictos regionales, que no se reduce al enésimo diferendo entre Venezuela y Colombia por la cesión de Bogotá de bases militares a EE.UU. en su territorio. El hervidero de litigios entre vecinos malavenidos en una región del mundo rica en recursos mineros, pero invertebrada políticamente hasta el esperpento, hace temer por el futuro de todo el área cuando en 2010 agote su segundo mandato el actual presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva (reacio a reformas constitucionales para optar a la reelección), que ha acreditado su papel de árbitro y contrapeso ante la interferencia norteamericana en lo que siempre consideró su patio trasero.

Cuando se ponen los pies en América se aprecian las ventajas de venir de las islas y queda claro que convendría al Gobierno de España, en medio de una evidente pérdida de ascendencia política en esta zona, estimular la idea de una cumbre iberoamericana en nuestro archipiélago, según la iniciativa impulsada en su día por Adán Martín ante el propio Lula, que ofreció su apoyo incondicional al entonces presidente canario. No es ninguna extravagancia, sino la ocasión de recuperar una vieja divisa geopolítica de Canarias, que, fundada en más de 400 años de tradición americanista que nadie discute, sería ahora capaz de obrar nuevos frutos como ayer lo fue de abrir puertas en países sensibles como Venezuela o Cuba.

La ‘condición atlántica’ de Canarias no ha de ser una mera coartada política a beneficio de España en América, sino su mejor aval desde una orilla para tender puentes con la otra sin levantar suspicacias ni que despierten los fantasmas de la colonización e independencia, de la que ahora comienzan las celebraciones del bicentenario.

Lula

Sigue deslumbrando, aun a ojos de un observador que disponga de una óptica afroeuroamericana como la nuestra, el hecho de que Lula, un dirigente campechano y sólido al que Obama no dudó en llamar ‘el hombre’, haya cosechado un éxito tal como estadista, bajo un estilo inédito, sereno y firme, que aún no ha sido evaluado como merece. Por suerte, Lula podría regresar en 2014 con 68 años, pletórico de facultades, en una década que será decisiva para todo el continente. Obama y Lula, que previsiblemente seguirían coincidiendo en el poder como las dos pesas de la balanza de América, aportan dotes personales (carisma, liderazgo, capacidad), que resultan providenciales para el Nuevo Mundo en el mundo nuevo que suceda al que con toda seguridad sucumba bajo la crisis presente.

Perú, uno de los países menos dañados por la recesión (con un crecimiento del PIB del 4% para este año), mantiene un pulso histórico (que acaba de depositar sobre la mesa de La Haya) con su vecino incómodo Chile por los límites fronterizos marítimos, amén de contenciosos menores (o no tan menores) como la paternidad del pisco (bebida nacional) o del suspiro (un postre aquí conocido como ‘suspiro limeño’). Y ahora mismo, Bolivia, tercero en discordia, ha cogido una rabieta con Perú porque su candidata a Miss Universo luciera como traje típico el de una danza popular, ‘la diablada’, que los bolivianos reclaman para sí en exclusiva. Forma parte, en efecto, de sus célebres carnavales folklóricos de Oruro, pero los peruanos la consideran una seña común de los distintos países del altiplano.

Mamacha Candelaria

La diablada de Perú, curiosamente, es la danza central de las fiestas de la Virgen de Candelaria en Puno, donde nuestra ‘Morenita’ es también patrona de la ciudad (como de tantas otras a lo largo de toda América) y se le conoce como ‘Mamacha Candelaria’, ‘Mamita Canticha’ y ‘Mamá Candi’. Aquí, asociada a la Pachamama (el culto a la tierra) y al mítico lago Titicaca, escenario majestuoso de los actos, es reconocida como el “símbolo de la devoción del Altiplano, con origen en las Islas Canarias”. (Valga el ejemplo de uno de esos galones nuestros que cuelgan de la pechera de casi toda América y explican en la vida cotidiana de estos países en los que ahora me encuentro por qué a las islas cabe tanto concebirlas prolongación en el mar de una España que se reivindica atlántica como de una América que se asoma a Europa, de tal modo que ello las convierte en punto obligado de encuentro iberoamericano.)

El citado pique de la danza y vestimenta en liza, aunque parezca mentira, ha añadido pimienta al conflicto nacional por definición que sostienen y alimentan como una necesidad patriótica ineludible peruanos y chilenos, que a uno le trae recuerdos de los demonios insulares. Evo (famoso por sus suéters o chompas en la jerga peruana) amenaza con trasladar a las más altas instancias internacionales el incidente de la ‘diablada’, con lo que queda todo dicho: las buenas relaciones entre Lima y La Paz decaen en favor de un idilio de La Paz con Santiago de Chile para obtener la salida al mar que no deja a Bolivia dormir en paz. Bolivia la perdió en la Guerra del Pacífico (1879-1883), precisamente a manos de Chile, antes enemigo y ahora amigo, que le arrebató el desierto de Atacama y Antofagasta, y desde entonces anhela ver el mar con tanta ansiedad como frustración. Para exportar su gas y curarse la falta de ese mirador necesita un pasillo al norte de Chile y sur de Perú, que muchos sitúan en la desembocadura del puerto de Arica (topónimo que nos recuerda al Arico nuestro).

Ese presunto pacto secreto socava toda cortesía de los tres convidados, Perú, Chile y Bolivia, a los que poco ha costado declararse por esta causa una guerra verbal rayante en lo histriónico en los medios de comunicación (Evo llamó “gordo” y “chabacano” a Alan García, presidente de Perú, y éste, parafraseando al rey don Juan Carlos, le dijo “por qué no te callas”), para alborozo de unos y disgusto de otros, que se preguntan a dónde ha ido a parar el sueño de Bolívar de una América con una sola voz, presenciando estos múltiples desarreglos locales, primos hermanos de nuestro inveterado pleito insular, que aquí, de pronto, se me presenta como el fantasma de un pariente lejano; una guerra de poca monta si la reducimos a esos ataques de soberbia o soberanismo indumentario y gastronómico, de envidia cultural. De la que se vacunan los peruanos, plagiados a menudo por sus vecinos, con eslóganes como el que leí en el letrero colgante de la ‘florería’ de Rosa Gambarino, en el cementerio de Ica: “Tu envidia alimenta mi progreso”.

La Curva del Diablo

No, esta suerte de litigios que parecen triviales no es, en el fondo, tan inocente. Chile y Perú no se pueden ver las caras con verdadera rivalidad vocacional, y Bolivia, que ha convivido, bajo alternancias de amor y odio, con ambos países que son como sus dos ventanas imposibles al Pacífico, no puede sustraerse al maltrato de los indígenas en la Amazonía peruana durante los incidentes de junio con el Gobierno por los decretos sobre la entrega de tierras a multinacionales ‘yanquis’ para explotaciones mineras, que abocaron a la masacre de la Curva del Diablo, en Bagua, en la selva norte. Los muertos y heridos provocaron la dimisión del primer ministro y un malestar ciudadano que aún perdura en la calle, donde me vendieron por 5 soles un dvd con ‘la verdad’ del ‘baraguazo’, el mayor traspié de Alan García. Éste se resistió cuanto pudo a derogar los polémicos decretos, pero finalmente el Congreso, dividido el grupo de gobierno, acordó su nulidad, y los indígenas se anotaron así una victoria de la que desconfían con motivo ante los poderosos intereses en juego y las presumibles ‘coimas’ o sobornos.

He visto ese vídeo de la matanza con imágenes grabadas por periodistas sobre el terreno, y la treintena de muertos, policías y nativos, revela una brutal represión con fuego real y la sospecha de que los indígenas, hasta entonces pertrechados con bucólicos arcos, flechas y lanzas, elevaron el nivel de su armamento para la ocasión. Perú, esos días primeros de junio, y los dos meses precedentes de revueltas (cortes de carreteras y tomas de hidroeléctricas, estaciones petroleras y pozos de gas, alentados o no por terceros países, según la acusación oficial), quién sabe si estuvo al borde de un levantamiento popular. Aún colea el desacuerdo, como comprobé en la cafetería ‘Coffé Cohuen’, de Villa Rica (la cuna del “café más fino del mundo”), en la selva central, cuyo propietario, Wilder Viallizán, un dinámico peruano de origen húngaro (oriundo de los asentamientos de centroeuropeos en estas tierras vírgenes desde hace 150 años), demandó de su clientela una noche que prestáramos atención al grupo de nativos ashaninkas que, parcos de vestuario e instrumental, cantó una pieza musical en lengua vernácula con las caras pintadas de rojo “en son de guerra”.

De ahí la suposición, nada peregrina, de que el gobierno de Evo Morales, de fuerte raigambre indígena, le haya puesto seriamente la cruz a Perú por los graves sucesos calificados por aquél de “genocidio”, además de tratarse de dos países que han elegido trincheras diferentes: la chavista de Bolivia antiUSA, frente a la amistosa vía peruana proestadounidense. No en balde, las ‘leyes de la selva’, como se conoce a los decretos finalmente suspendidos, obedecían a uno de los controvertidos tratados de Libre Comercio con EE.UU. en América Latina. Petróleo, madera y todo un potencial de materias primas provocan esta ‘guerra’ desigual entre agricultores primitivos y multinacionales norteamericanas que confunden una explotación racional de los recursos naturales con una despiadada depredación de los bosques únicos de Perú en nombre del progreso. De momento, el líder indígena Alberto Pizango, maestro bilingüe declarado fuera de la ley por encabezar la protesta, no tuvo otra opción que refugiarse en Nicaragua, como otro exiliado más de los que saltan de país en país con demasiada frecuencia en América.

Keiko

Perú, como Canarias, se encuentra en el ecuador de la legislatura y ya se respira, pese a tanta antelación, un ambiente preelectoral ante la cita del 2011. Sorprendentemente, la memoria histórica en este país es mucho más frágil que la española. A Fujimori ya le perdona una parte considerable de la sociedad sus abusos, crímenes y prebendas durante un decenio negro de gobierno (del que aún no se cumplen ni diez años) en el que su mano derecha, el sórdido Vladimiro Montesinos, hoy en prisión, desató una incomparable red de corrupción y persecuciones documentada por él mismo en su ominosa videoteca. Prueba de ese olvido vertiginoso y las prisas por pasar página, Keiko Fujimori, la hija del expresidente de origen nipón condenado en abril a veinticinco años de cárcel por sus delitos, ya figura entre los virtuales candidatos favoritos para dentro de dos años. Y nadie podrá llamarse a engaño: todos saben de antemano aquí por boca de ella misma que si alcanza el poder indultará a su padre y contará con su asesoramiento. Otros aspirantes, como el también expresidente Alejandro Toledo, el burgomaestre Luis Castañeda (alcalde de Lima) y una candidata siempre solvente como Lourdes Flores confían en cerrarle el paso, pero, como sucediera con Alan García (a quien su pasado corrupto no bastó para apearlo), la profusión de nombres con arrastre electoral puede dar alas a la populista Keiko, una congresista novata pero con suficiente gancho demostrado en las urnas, que ya ejerció de primera dama durante el período en que su madre cortó toda relación con el presidente y se opuso a él políticamente. En el otro extremo, Ollanta Humala, simpatizante chavista en absoluto testimonial, aguarda su oportunidad confiando en que la atomización acabe sonriéndole.

Fujimori

No es que Perú sea un país masoquista, sino es el reflejo de una sociedad que vivió amedrentada por el terrorismo de ‘senderistas’ y ‘tupacamarus’, especialmente por la extremada crueldad de los primeros, el grupo Sendero Luminoso (a cuyo líder, Abimael Guzmán, dio caza Fujimori en su mejor golpe de efecto al segundo año de estrenar el cargo), que ahora reaparece tímidamente con sospechosas conexiones con el narco, y es también el repudio de una ciudadanía desencantada con los malos gobernantes que ha tenido que soportar, bajo el estigma de la corrupción y la falta de transparencia.

Ejemplo de esto último, el actual gobierno, perteneciente al APRA, no ha sido capaz de cicatrizar las heridas del terremoto del 15 de agosto de 2007, y por esa razón, los vecinos de Pisco, la localidad epicentro del seísmo que desapareció prácticamente sepultada bajo los escombros, han vuelto a manifestarse airadamente, como hace un año por estas fechas, en el segundo aniversario de la catástrofe, preguntándose qué han hecho las autoridades con la cuantiosa ayuda económica de la solidaridad internacional.

El día que Perú dio la espalda a Mario Vargas Llosa (exactamente el 8 de junio de 1990, fecha de la segunda vuelta) y coronó en las urnas a su emperador japonés (con el 60 % de los votos frente al autor de ‘La fiesta del chivo’), tomó una senda que le conduce a un porvenir todavía incierto, como ya sugería el autogolpe al segundo año de la investidura de Fujimori. Hoy es un país afortunado económicamente (crece a buen ritmo, como se dijo, sin que ello suponga haber erradicado su mayor problema, la pobreza de los cerros), que va conquistando, paso a paso, un lugar preferente entre los principales destinos turísticos gracias a poseer una de las siete modernas maravillas del mundo, sin duda su mejor reclamo, el Machu Picchu. Pero sigue siendo un país descolgado, una isla dentro de un continente, sin un liderazgo claro y resuelto y un rumbo definido hacia alguna parte. Tiene todo (hasta minas propias y prósperas de cobre y oro), paisajes y talento de una vasta literatura andina, un pueblo preparado y trabajador que se crece ante las adversidades naturales que le asolan de cuando en cuando, tiene industria y agricultura y amigos en todas partes. Pero no ha tenido suerte con sus gobernantes. Como si a España, sin Suárez ni González, le hubiera caído la maldición de añorar a Franco en mala hora de por vida.

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martes, 18 de agosto de 2009 - 8:51

Vuelvo a América como una costumbre que se reanuda año tras año. En el avión, una de las lecturas que me traigo a bordo aborda la idea de la repercusión informativa como fenómeno intrínseco del siglo del conocimiento, el eco de todo hecho que acontece sin margen geográfico limitado, la eterna noción de noticia y su externalización a que obliga la era de la aldea global, no por manida menos cierta. Conviene aceptar, como precepto, que todo acontecimiento que se precie se deprecia ante el desprecio de una prensa que lo ignora con intención o sin ella. Es un viejo asunto, en efecto, recurrente en las islas –ellas, entendidas, a su vez, como un condicionante que aboca a ese incidente sobre la repercusión-, que se me refrescó con motivo del apagón informativo, este verano, por parte de los medios de comunicación nacionales respecto a la puesta en marcha del Grantecán –huelga añadir que estamos hablando del mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo, arropado en su debut por los Reyes de España y una nutrida corte de científicos y autoridades, sin ninguna trascendencia para el oráculo nacional-, en el mes de julio, en la isla de La Palma. Esta isla, como veremos, ha puesto este verano sobre la mesa, con dos grandes pretextos, de modo consecutivo, un debate que, a mi juicio, padece una inexplicable atonía en los círculos canarios de opinión, a menudo reacios a ‘sacar el tema’ para evitar ser acusados de provincianismo y complejo de inferioridad. Con ese prejuicio, tragamos más trato discriminatorio de la cuenta.

Aquella descarada omisión de la noticia en la prensa nacional, ninguna foto ni prácticamente titular alguno en primera en ninguno de los grandes diarios que se imprimen en Madrid, abochorna desde el punto de vista profesional al periodismo de un país, no ya porque revele un completo desinterés por la ciencia –y bien que se nos llena la boca de brindis grandilocuentes a la innovación y las nuevas tecnologías en la España que rasca puestos de ránking en Europa, como uno de tantos vacuos estribillos al uso-, sino porque, además, pone de manifiesto un anacrónico centralismo informativo que, por muchos seminarios y reprimendas puntuales que demandemos, el periodista y la empresa periodística radicados en la capital de España no consiguen exorcizar pese a las evidencias del formidable despliegue territorial que experimenta ‘la actualidad’ hoy en día. Tal es así que en una isla de la ultraperiferia europea como La Palma, en efecto, cabe imaginar la instalación del mayor observatorio astronómico del hemisferio norte y en él, como prueba irrefutable de su capacidad tecnológica, el telescopio más grande y avanzado hasta el momento.

El silencio de la prensa nacional hacia La Palma astrofísica (la ironía del apagón informativo de una isla que apaga las luces para ver, precisamente, el cielo), ese silencio de portada agravado por una insultante minimización de la noticia en páginas interiores, pese a tratarse probablemente del hito más relevante de Canarias en toda su historia y de la ciencia española, plantea una duda casi ontológica a los canarios sobre nuestra existencia no ya física, sino informativa, reconocible, periodísticamente valorable: ¿si nada menos que el Grantecán no es noticia de primera página para el periodismo español, qué otro logro insular podrá serlo en el futuro, o acaso, por esa regla, definitivamente, no lo sería ninguno? Y en este último caso descabellado, la consecuencia es atroz: Canarias, en positivo, no está llamada a ser noticia nacional de ninguna de las maneras. Un silencio paralelo, el de las propias islas que apenas se inmutaron con desidia ante el caso omiso que su joya científica suscitó en la prensa española, remata el pronóstico sobre el pobre destino informativo que aguarda al archipiélago en la sociedad de la información.

¿Podemos permitirnos el lujo de pasar desapercibidos en la propia prensa nacional hasta ese punto, como hemos comprobado con ocasión del estreno de un telescopio que concede a Canarias el liderazgo de la astrofísica mundial? Nada justifica ese mutismo, más allá de una histriónica ceguera política amén de informativa, que no viene al caso, o estaríamos ante una extremada locura general si pensáramos que la noticia de la inauguración de un telescopio muy importante en un lugar muy alejado de los centros de poder del país debe ser rebajada de tono por razones políticas desconocidas que no alcanzo a ver y que parecen más propias de un conspiranoico en la Red. Aquí no hay vuelta de hoja, se trata de un acto de ignorancia supina, que sólo hiere la esencia misma del periodismo en cuanto a su escala de valores respecto a qué es noticia según qué territorio. (Algo tan deleznable y antiguo, por otra parte.)

El efecto para las islas –al menos para las nuestras a la luz del periodismo que se practica en la capital del reino- del concepto repercusión se ve reducido de antemano, como a nadie se le oculta, a la saga de sucesos que acarreen drama y dolor por anticipado (y esto tampoco es un tópico más, sino uno de los cánones más viejos y consagrados en la prensa nacional). El incendio de La Palma es el último ejemplo que sumar al catálogo de naufragios de cayucos y muertos, asesinatos, desapariciones y siniestros aéreos –en los que, por cierto, siendo considerados en una ocasión un caso igualmente excepcional, esa vez por el elevado número de víctimas, merecimos, entonces sí, los honores de cinco columnas en todas las primeras páginas de los rotativos patrios-. Ejemplo éste el del incendio de La Palma que resulta providencial porque ilustra a la perfección la alta sensibilidad de que es capaz la prensa española hacia la periferia como noticia cuando se trata de sucesos y catástrofes, no dudando enmendar todo tic centralista, y porque, dado lo dicho, demuestra palmariamente hasta qué punto a un mismo territorio no se le presta atención cuando protagoniza un acontecimiento científico del que pueda alardear no ya él en particular, sino todo el Estado, y, en cambio, se le conceda el máximo interés en prensa, radio y televisión si arden sus montes, casas y ganados y se ven amenazados sus habitantes durante días.

No creo que estemos ante un debate a priori estéril, ni provinciano, ni ombliguista, como alguno interesadamente se apresurará a pensar; antes al contrario, visto desde aquí, desde Perú (donde los escritores siempre emigraron a Madrid y Barcelona para hacerse con un nombre y un hueco no sólo en el mercado editorial, sino en cualquier suplemento literario de la prensa española, desde Vargas Llosa y Bryce Echenique hasta Jorge Eduardo Benavides), y desde una América donde Europa cuenta con la mitad de sus regiones ultraperiféricas, justamente éste, el escaso peso informativo que islas y territorios alejados tienen en el seno de las redacciones de los diarios más influyentes de las capitales de la UE, es el tema. Como América es el interminable tema sobre el que volveré.

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