La gripe A no es una plaga bíblica; ni la crisis, ni el cambio climático lo son. De modo cíclico se producen pandemias a causa de virus que nacen y mutan y en parte son viejos conocidos de los microbiólogos, que alertan al mundo del contagio masivo y fabrican vacunas para paliar cuanto antes sus efectos. Con toda probabilidad, nos pasaremos gran parte de este próximo invierno sin más protección que los antivirales ya existentes, hasta tanto la vacuna se dispense (y disperse) y nos vayamos haciendo inmunes al N1H1. Los mayores de cincuenta dicen que estamos parcialmente pertrechados por viejas gripes que nos fueron asaltando por el camino; de ahí que los más jóvenes constituyen el grupo de riesgo y, junto a los de cualquier edad con patologías crónicas y mujeres gestantes, deban ser vacunados de modo preferente.
La primera consideración que procede es recordar, o revelar para quienes lo desconozcan, que la llamada gripe estacional (la de todos los años, que por reiterativa ha dejado de ser noticia sanitaria en la prensa) produce miles y decenas y centenares de miles de muertos al año sin que nadie se alarme por ello, ni periodísticamente se preocupe de cuantificar las defunciones, goteo que sugiero a las autoridades sanitarias y medios de comunicación cesen cuanto antes por el bien de nuestra salud ya no respiratoria, sino mental. No es que esta gripe de ahora merezca nuestro desinterés informativo por insignificante, ni mucho menos, sino que conviene dimensionar el fenómeno de su hallazgo y expansión. Se trata de una pandemia, nadie lo vaya a discutir, y, además, es imparable.
En España ha habido a última hora dos nuevos casos mortales (una mujer nigeriana de 33 años en Baleares y un nacional de 71 con EPOC en Madrid). En Canarias ya se contabilizó uno, el segundo en orden de aparición, en el hospital Dr. Negrín, de Las Palmas de Gran Canaria, un hombre de 41 años, con problemas crónicos de salud.
La historia de Dalila, la bella atleta marroquí, previamente sana, que inauguró este obituario de la gripe fatídica, y de su hijo Ryan, nacido por cesárea horas antes del último suspiro de la madre, nos estremece por las circunstancias de cada caso. Ella, veinteañera y deportista, como digo, contrajo el virus, pero los médicos de Urgencias del hospital madrileño Gregorio Marañón no fueron capaces de diagnosticar el alcance de la enfermedad pese a que tres veces acudió a sus puertas con los mismos síntomas y la devolvieron a casa con la misma escueta receta, antibióticos y paracetamol, sin que mejorara. La desgracia se cebó en esta joven familia marroquí. El error letal de una enfermera novata, que involuntariamente confundió las sondas y alimentó al bebé por vía intravenosa y no por la nasogástrica, cuesta digerirlo, habida cuenta de que la negligencia con el hijo abundaba en el infortunio de la madre, ambos sin vida finalmente por desatinos de la sanidad de uno de los países más avanzados del mundo.
El avión militar fletado por el rey marroquí que evacuó el pequeño ataúd blanco de Ryan para llevárselo a Tetuán junto a los restos de su madre, es una bofetada del tercer mundo al arrogante occidente que alardea de estado de bienestar. En Mdiq, pueblo natal de Dalila, ni entienden nada ni perdonan. Mohamed VI envió el lunes una carta al entierro del bebé, en la que alude a “esta pérdida cruel”. La sanidad española se ruboriza ante África por un patinazo injustificable, cuando todos los ojos estaban pendientes de la evolución del niño nacido in extremis ante el desenlace irreversible de la madre. Estoy seguro de que esta noticia dará la vuelta al continente negro y tardará en olvidarse. Las condiciones sanitarias de España han sufrido un lógico descrédito por la torpeza y el caos de que dan muestra evidente ambos episodios, que ponen al descubierto la pésima organización del servicio de enfermería, capaz de dejar en manos novatas la vida de niños prematuros que deben tratarse entre algodones, y el régimen de rotaciones de alto riesgo para el paciente, y la escasez de personal (faltan enfermeros y enfermeras, como faltan médicos, y, no obstante, muchos de ellos y ellas emigran al extranjero en un éxodo bien remunerado que recuerda la antigua fuga de cerebros) y, además, la ausencia de especialidades que fueron decretadas en 2005 pero siguen en ‘pañales’.
Hace una década, se registró en Canarias un caso semejante al de Ryan. No podemos seguir diez años más con los brazos cruzados, sin poner soluciones a la altura del listón de nuestra sanidad, que es alto. En otros países de Europa se ha tomado medidas, y cuentan con sistemas de alarma para detectar cualquier fallo en las bombas de alimentación de los bebés. España, la sanidad española, ha decepcionado esta vez, siendo una de las mejor dotadas del mundo. En casa de herrero, cuchara de palo. Pero un hospital no es ninguna herrería.