El ecuador de una legislatura esbozó siempre el perfil de una tierra contrariada por sus demonios familiares. El pleito (la pleita de esparto que ha trenzado de alambradas el intratable microcosmos insular) solía tensar la cuerda para tachar de imposible el “Canarias es posible” de Saavedra, y hacer inviable la unicidad de “una tierra única” de Adán Martín. Pero el pleito es la ficción mejor armada por la narrativa política de estas islas, nuestra saga de caníbales extendida de generación en generación como un best seller infalible para mantener los colmillos afilados, el ardor guerrero de las tribus alerta y el silencio de los corderos en su justo punto, presto el hannibal lecter de turno, porque nuestra vieja antropofagia nos habita día y noche como mito cultural inmejorable en su género.
En el programa ‘El Envite’, de la TVC, hemos contrastado el estado de opinión de partidos y sensibilidades diferentes, y el balance de este primer tramo de debate de ideas acerca de Canarias permite albergar esperanzas sobre las condiciones de convivencia de esta tierra bajo un mismo paraguas y un mínimo acuerdo de coexistencia. Escuché a Santiago Pérez (que usa el lenguaje de un nacionalista avanzado sin desacomodo en su partido), o a José Segura (político de investigación), o a Manuel Marcos Pérez (me llamó la atención su facilidad para caer bien), o al propio Saavedra (no seduce por veterano, sino por ser esencial en todo momento y certero, como al solicitar la dimisión del ministro Bermejo desde el minuto uno de la polémica cacería, que quedó para siempre como una perla de su olfato). Esas voces, cada una con su acento distintivo, pertenecen, en teoría, a un bando, el PSOE, enfrentado sin solución durante estos dos años al pacto CC-PP, en el campo de batalla dialéctica. Sin embargo, las prioridades (sociales y económicas, judiciales aparte) parecían coincidir con las que escuché al presidente Paulino Rivero, al vicepresidente José Manuel Soria, a consejeras como Milagros Luis Brito o Inés Rojas y a portavoces de los grupos. Pero el diálogo en nuestra tierra no es fruto que nazca de un modo espontáneo.
La etapa de Paulino Rivero se caracteriza (dos años permiten hallar las señas de identidad y estilo de un gobernante) por una lectura presencial del concepto de Canarias como un solo pueblo. Para gobernar este archipiélago (se desprende de las pautas de su agenda), el presidente hace una interpretación personal del desplazamiento físico como única manera de hacer creíble la voluntad de unir y tratar por igual a todas las islas. Esa mirada in situ de Canarias bebe en la idea de viaje como una de las raíces fundacionales de la antigüedad, a la que esta tierra invitó a formular ensoñaciones que perduran en nuestro imaginario colectivo. Somos navegantes por naturaleza condenados a navegar para conocernos, o seríamos un grupo de islas imbéciles, dándonos la espalda hasta caer por el hoyo de nuestro volcán. En la formidable mitología griega, Jasón, arquetipo de viajero por antonomasia, se ve obligado, entre otras misiones, para conseguir el vellocino de oro, a arar una parcela de campo sujetando unos bueyes que vomitan fuego por sus fauces. En Canarias no nos queda más remedio que arar con estos bueyes, que somos nosotros mismos, cada uno separado en su isla perpetua, desconfiando del vecino que vemos venir en la orilla. Ni en la era de la Red, diríase a mitad de legislatura, podemos permitirnos el lujo de que nos dirijan telemáticamente desde un punto neutro sin levantar suspicacias en cada uno de los peñascos.
El hecho de que, cada jueves, al lado de un político compareciera en ‘El Envite’ un artista, un científico, un deportista, un referente cultural, nos ha permitido obtener una foto de Canarias superadora de esos fantasmas atávicos que explican la constante agresividad intrapunitiva entre nosotros, frente a otros pueblos del Estado que invierten toda esa energía cerrando filas en una reivindicación de dentro hacia fuera. El ejemplo más gráfico, y quizá por ello manido, es el de Cataluña, cuyo concepto de cohesión interna trasciende toda discrepancia política y produce reacciones unitarias impensables en Canarias en materias como: financiación o (siendo éste un ejemplo no aplicable aquí, sí cabe a modo ilustrativo de un modelo de conducta) ley educativa, donde, salvo la oposición del Partido Popular, la gran mayoría de fuerzas políticas llega al extremo de consentir la práctica abolición del castellano de las aulas en defensa del catalán como idioma vehicular absoluto.
En las islas, el consenso emigró también lejos y aún no ha retornado a su lugar de origen. En ‘El Envite’, sin embargo, pude comprobar que muchas veces era el tono y no el fondo la causa de polémicas que acaban desbarrancándose fuera de control. Escuchando a políticos y artistas (en ocasiones, a políticos y actores humoristas, como Juan Manuel García Ramos y Lili Quintana, ‘Chona’ de ‘En Clave de Ja’), cada semana llegaba a la misma conclusión, al término del programa, sobre los excesos verbales que nos traicionan a lo largo del año hasta hacer irrespirable la atmósfera pública de esta comunidad. Quizá tengan que hablar y compartir mesa más a menudo líderes de lo uno y de lo otro, la política y la cultura, sin olvidar incluir en ésta, por favor, el humor, que tanta falta nos hace.