Zapatero y Paulino Rivero han invertido los términos de una tradición poco asertiva del Estado con las islas, la de hacer cola los presidentes canarios para ser recibidos en La Moncloa. Creo que fue Fernando Fernández el que batió el récord en esa imaginaria sala de espera. Felipe González solía ser renuente a dar audiencia a los presidentes del archipiélago, y sin embargo se quemó las pestañas en defensa del plátano canario vetando toda la política mediterránea de la Unión Europea hasta que la fruta amarilla saliera bien parada. Cada presidente tiene su prontuario y sus prontos.
Olarte, harto del descreste arancelario (un rollo que no viene a cuento desmenuzar) que suponía un hachazo a las arcas de los cabildos, se plantó y declaró una guerra a Madrid que afeaba el rigor de España con las normas comunitarias; era ministro de Economía Solchaga y amenazó con tirar de Constitución y mandar los tanques de la fiscalidad española contra las ínsulas, por eso envió al secretario de Estado, José Borrell, al que abordé nada más bajarse del avión (de entonces data una informal e infomativa conexión cada vez que pisa el peñasco y lo sorprendo por el Mencey) y se alcanzó un armisticio que pudo derivar en gresca callejera a lo Teherán o Tegucigalpa.
Saavedra, amigo personal de González (con quien recordó viejos tiempos días atrás en Las Palmas, “tu te acordarás, Jerónimo”, decía continuamente el expresidente durante la conferencia dirigiéndose al alcalde sobre esto o sobre aquello) y futuro ministro de su último gobierno, tuvo sus más y sus menos con ese oráculo que llamamos genéricamente Madrid, cuando el citado Solchaga se dejó dormir en los laureles de la reforma paralizada del REF (“estás alentando el independentismo”, le escribió el histórico dirigente socialista a su compañero de partido para hacerlo entrar en razón) y le puso en bandeja a los insularistas y allegados el golpe de timón y conquista del poder (1993, año primero del nacionalismo que llega a nuestros días, gracias a la siesta de Solchaga y la conjura a que dio alas).
Hermoso no ocultó nunca que Aznar le caía antipático y sólo mantuvo una relación más correcta que estrecha con quien sin embargo fue el primero en firmar un pacto de legislatura nacional. Adán Martín era recibido en La Moncloa; quizá sería mucho decir bien recibido. Pero no se puede hablar de un hilo directo Canarias-Madrid. Nunca lo hubo. Aquella sentencia olartiana de que la distancia de Canarias con La Zarzuela era brevísima y con La Moncloa, sideral, refleja esa sensación de orfandad y desamparo de los gobiernos canarios históricamente respecto al Gobierno central. (“Madrid se va a enterar de lo que vale un peine”, acuñó el autor de la cita anterior, a mayor abundamiento.)
Esta vez se ha reescrito esa relación conflictiva. El viaje a las islas de Zapatero y tres ministros (Blanco, Sebastián y Corbacho) a reunirse con Paulino Rivero y los consejeros homólogos en Las Palmas de Gran Canaria, marca un precedente que me atrevo a calificar de fundacional. Lo que se funda es un nuevo estilo de política y gobierno entre el Estado y un archipiélago que viajó reiteradamente a Madrid con prejuicios plañideros y la sospecha, como decía Gil Roldán, de que a los ujieres de los ministerios (a los que él trataba por ello con exquisitez) nos los mandaban de gobernadores civiles con mando en plaza. El que hayamos asistido a un gesto nada irrelevante (Canarias, por una vez, no viajó a Madrid, sino Madrid vino a Canarias) inaugura toda una nueva cultura de relaciones futuras entre esta orilla y la capital del reino. Ha sido un encuentro que supera decenios de desencuentro. Se anota un tanto el presidente canario Paulino Rivero, y otro tanto el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero. No sé si las muestras de simpatía, y de una complicidad feliz, que hemos visto en la televisión y en las fotos de la conferencia de prensa, acreditan una cierta amistad que se ha fraguado a golpe de crisis entre dos políticos que no se profesaban hace algo más de un año ninguna química especial. No ha habido una lluvia de millones (cien para renovar la planta alojativa, 42 anuales para empleo más allá de 2010, nueve meses de rebajas de las tasas aeroportuarias, grupo de trabajo sobre el nuevo Ref, reforma legal para el acogimiento y tutela de menores inmigrantes en la Península, próxima cumbre de África, consejo de ministros en octubre y nuevos convenios de carreteras y ferrocarriles en ‘camino’), pero ha habido algo sensiblemente sustancial: entendimiento, diálogo, acuerdos, sentido común, sobre un terreno abonado de buena vecindad que debe mucho a los buenos oficios de los diputados de CC en Madrid Ana Oramas y José Luis Perestelo, más allá de la coyuntura parlamentaria que los hace socios necesarios para el PSOE.
El Plan Canarias sienta las bases de un nuevo código de relaciones entre el Estado y la autonomía peor ‘parada’. Al Estado no se le caen los anillos por coger la maleta y mudar el despacho a las islas, más allá de las Columnas de Hércules, para trabajar sobre el terreno en la búsqueda de las soluciones a la crisis. Y al archipiélago, este giro de 180 grados le aporta prestigio y reconocimiento. Eleva su autoestima y ayuda a erradicar complejos de marginación. En el primer semestre de 2010, Zapatero preside la UE y Paulino Rivero las RUP; si ambos conservan este talante, a Canarias le aguardan importantes novedades que contrarresten el índice de paro y la crisis y pongan en valor su papel fronterizo (por una vez) en esta región euroafricana, donde la economía y la seguridad son las dos llaves para abrir las puertas sin sobresaltos entre dos mundos que se mojan los pies en un mismo mar de dudas.