viernes, 26 de junio de 2009

La hazaña de organizar en Santa Cruz de Tenerife un concierto del rey del pop que acaba de fallecer cuando escribo estas líneas, abocó, a comienzos de los 90, a una movilización social, sin precedentes en Canarias, liderada por el Ayuntamiento, bajo la alcaldía de José Emilio García Gómez. El productor italiano Pino Saglioco recuerda aquella odisea como un acto de fe de la isla cuando Michael Jackson parecía un dios inalcanzable para una capital de provincia remota y marginada de los circuitos tradicionales de las giras de los mayores astros musicales del siglo XX. Jackson, en efecto, era entonces (si bien su aureola declinó más tarde por los líos judiciales sobre presunta pedofilia, sin perder, en cambio, un ápice de la genialidad que le acompañaba casi desde niño, de la precoz experiencia en los Jackson 5) una suerte de deidad de la música que jugaba a flotar en su burbuja ingrávida de icono extravagante.

Recuerdo que, apostado en la baranda de la terraza de la segunda planta de Los Rodeos, me llamó la atención aquella vez (25 de septiembre de 1993) observar sus movimientos irreales sobre la pista del aeropuerto. Descendió levitando del avión como un ángel lejano y saludó a periodistas y fans guardando las distancias, tanto como al día siguiente en el concierto del muelle que, de no ser por su peculiar paso deslizante de baile ‘moonwalk’ con la punta de los pies, uno podía especular con la idea de que no fuera él en persona, sino un doble cualquiera como proliferan en carnavales. Se ocultaba el rostro con una mascarilla, como hacia entonces de modo indefectible, y entre sus acompañantes había un niño, que era su invitado especial a aquella excursión de Estambul a Tenerife. Protagonizó la estancia en la isla como si fuera, más que un cantante o un rey (del pop), una leyenda viva, dieciséis años antes de morir. Se hospedó en el Hotel Botánico del Puerto de la Cruz y le seguí las huellas para el diario El País como un asunto más sociológico que musical. Visitó el ‘Loro parque’ y convivió con aves y monos, compró, a veces compulsivamente como hizo con discos, todo lo que le apeteció a su paso, y se encerró en su habitación dosificando las apariciones en público a sabiendas de que los fotógrafos montaban guardia por fuera y algunos se habían colado como huéspedes en la misma planta del hotel que el autor de ‘Thriller’, el audiovisual que en los 80 cambió la historia de los videopclips y el tema más vendido y famoso del mundo.

No alcanzo a saber, aun con la noticia de su muerte caliente, si el infarto que cifró su vida en medio siglo lo convierte en más o menos mito para la posteridad que Elvis o los Beatles; supongo que cada cual ocupará el espacio que le corresponda, si bien la de Michael Jackson, como dice Lucía Lavado desde Perú, es “una muerte con Internet”, cosa que no pasó con el padre de su primera esposa, Lisa Marie, ni con el grupo inglés cuyo catálogo de temas compró por una auténtica fortuna. El crítico Diego A. Manrique sostiene que Jackson era un megalómano desquiciado además de un artista poderosamente mágico hasta que perdió la habilidad de hacer “música sencilla y directa” y, por tanto, el secreto de su misma magia. Pero estoy convencido de que se había ganado una gloria eterna antes de expirar el jueves en su casa de Los Ángeles cuando estaba a punto de volver a los escenarios, en el Londres del Canary Wharf, para dar 50 conciertos como si aquel septiembre del 93 hubiera actuado no una, sino 50 veces en el puerto de Santa Cruz. En la víspera, ya corrió el rumor de que le habían detectado un cáncer de piel curable. Fue el primer aviso a navegantes. Y el fatídico pronóstico de que el corazón (‘Al pop se le paró el corazón’, titulaba anoche certeramente la edición digital de El País) se resiente a los 50, no perdonó al hombre que arrastraba rumores de mala salud desde siempre, pero más relacionados con el presunto vitiligo que lo despigmentó o con la paranoia de retrasar todo envejecimiento por cualquier método, que con el tópico del infarto, un riesgo impensable en la figura de alambre del célebre zombi de ‘Thriller’ que ahora baila de nuevo entre nosotros, después de muerto, interpretando esta vez de verdad su mejor papel, su mejor coreografía y su mejor canción.

Comentarios
viernes, 26 de junio de 2009 - 15:11
En el programa de anoche en el que usted nos daba la noticia de la muerte de Michael Jackson, uno de los contertulios llamado Jorge Bethencourt, al preguntarle por esta noticia, hizo un comentario totalmente lamentable y fuera de lugar. Dijo que lamentaba la muerte de cualquier persona, pero que dado que no conocía de nada a ese señor pues que su muerte se la "reflanflinfla". Me parece que a muerto uno de los musicos más importantes del siglo XX y merece muchísimo más respeto que el mostrado mencionado el mencionado periodista. Un profesional de la noticia no puede hacer ascos a una noticia como esa. Saludos y gracias.
Añadir comentario:
Nombre *
Título *
Correo electrónico
Url
Comentario *

* Todos los comentarios están sujetos a aprobación antes de ser publicados.
Nos reservamos el derecho a editar comentarios que contengan un lenguaje inapropiado u ofensivo.