La mosca y Obama no guardaban precisamente un idilio personal. De acuerdo que no cabe hacer exageraciones sobre la felonía del inquilino de la Casa Blanca hacia el díptero de la tele, pero la indulgencia instantánea con que se disimula el mal gesto del amo del mundo fulminando al bicho que le importunaba forma parte de un culto baboso a la personalidad que va más allá de la obamanía que despierta el líder afroamericano y de la que me confieso afecto. Que Obama sí mate a una mosca no significa que esté dispuesto a aplastar a Irán si no cae Ahmadineyad depuesto en las urnas por Musavi en una hipotética repetición electoral. Mató su mosca cojonera y lo hizo gustándose, interrumpió la entrevista que mantenía ante las cámaras de tv, empujándola victorioso y sonriente con el pie para que todos vieran al insecto moribundo o ya cadáver en el suelo.
Es inevitable querer adivinar lo que se le pasó por cabeza en ese momento, lo que Cartier Bresson llamaba ‘el instante decisivo’ que captan tantas fotos célebres. ¿Pensaba en algún enemigo en particular pasado, presente o futuro, acaso sintió en su fuero interno un ánimo de venganza satisfecho en la denostada figura de la mosca, ante la incorrección política de ejercerlo en la persona de alguien o algo en particular? Es oficio de psicólogos especular sobre los pensamientos ocultos del presidente de los Estados Unidos a partir de esta anécdota quizá no tan inocente. ¿Es más grave matar una mosca que dedicarse a cazar peces espada en África siendo el jefe de los espías de un país, al margen de la pregunta pertinente sobre el origen hipotéticamente público de los gastos? Evidente, el pecado de Obama es venial, y produce menos rechazo que aquellas fotos de Garzón y Bermejo, en tiempos de cacería al alimón, posando junto a las piezas de renos abatidos alineados en el suelo. Lo que pasa es que, sin llegar al extremo de una asociación defensora de los animales poco simpáticos que ha reprendido a su presidente por cebarse con la mosca, sí es verdad que el manotazo letal deja a uno pensativo. De qué no será capaz después de esto?, es una pregunta en efecto excesiva, pero irreprimible. Esa misma mano derecha del hombre zurdo actúa como si no le preguntara a la mano izquierda si hace bien, no en aquel sentido bíblico de Jesús, que animaba a la caridad, sino en otro inconfesable tratándose de alguien que tiene poder para hacer muchas veces lo que le plazca sin medir las consecuencias. El hombre que tiene el mundo en sus manos, precisamente.
En una entrañable novelita de Sam Savage, Firmin es un ratoncito intelectual que vive en los vericuetos de una librería de Boston donde lee todo lo que está a su alcance y desprende tal carisma que uno quisiera haber podido conocer personalmente al roedor en cuestión de evidente talla humana. El mundo de los bichos, como dice el biólogo Antonio Machado, se vuelve apasionante si uno se descuida y cae en sus redes. Las redes de ‘civilizaciones’ misteriosas, como las hormigas o las moscas. Antes que Savage ideara su inteligente ratón devorador de libros, Lepoldo Alas Clarín creó una mosca políglota que vivía en una biblioteca privada, y tanto recitaba a Shakespeare como leía a Homero. Vieja, coja y casi ciega, si no recuerdo mal de cuando hace mucho leí ese cuento inolvidable, la mosca se enamora en su palacio literario de otra mosca bellísima. Alguien debería enviarle a Obama el cuento de Clarín.