En democracia, los políticos que suspendieran más de dos o tres asignaturas fundamentales no deberían pasar a otro curso. La vida política se ha devaluado más de la cuenta y los niveles de descrédito alcanzados en el Parlamento británico, por ejemplo, a causa del abuso de los gastos domésticos cargados al erario público (desde la reparación de la cortadora del jardín hasta la comida del perro o las bombillas de la casa) abochornan a cualquiera. No sé si esos casos desvelados por el Daily Telegraph, unido a las veleidades de las velinas de Berlusconi en el paraíso sardo de Il Cavaliere y la publicitada vida sentimental de la pareja de El Elíseo (Sarkozy se estrenó con una sonada boda con la sensual cantante y modelo Carla Bruni) han podido desvirtuar la cosa pública hasta el punto de que una inquietante mayoría de la sociedad civil haya optado por darle la espalda a la política, a las urnas, a los parlamentos, en fin, a la democracia. Las recientes elecciones europeas han sembrado el pánico en Europa (cuya inconcreción como algo más que un cúmulo de estados que no se fían tiene parte de culpa en esta desgana, pese a la trascendencia que sus fondos y ayudas posee para los canarios, como podemos dar fe en unas islas agradecidas).
Uno de los eurodiputados ultraderechistas y xenófobos elegidos en el Reino Unido, gracias a la abultada abstención, fue recibido ayer con huevos por un grupo de detractores. La gravedad del éxito testimonial por ahora de grupúsculos radicales racistas reside en el desinterés que despiertan los grandes partidos hasta ese punto. Sólo un ciego no alcanzaría a ver que estamos ante una crisis política de Europa, además de enfrentados a una crisis económica. La derechización y el fracaso estrepitoso del socialismo en estos comicios se debe a la insensatez de la izquierda, que, instalada en su soberbia ideológica y cerrazón, ha logrado hacer buenas las ideas y las caras más conservadoras del continente. Ahora mismo, se pasea por Europa el carisma de Sarkozy o Merkel, incluso el de Berlusconi (sucedáneo confeso de ‘el Duce’), mientras en la otra orilla atlántica deslumbra un nuevo amo del mundo de piel oscura que sonríe como los niños y se mete a la gente en el bolsillo. No es casualidad que la veterana democracia yanqui tenga esa portentosa capacidad de reinventarse hasta el punto de suplir a Bush con Obama, como de la noche al día, y salvar los muebles de su dignidad cuando la memoria de Whitman parecía pateada sin remedio (“Creo que vendré otra vez a la tierra dentro de cinco mil años”, escribió en el siglo XIX el poeta, ensayista y periodista de Long Island, que dejó un testamento de sugerencias para inspirar de sobra a Obama cuando tenga una mala tarde).
Europa ha dejado atrás la estela de Miterrand y Jacques Delors, por qué no también del mejor Blair que sacudió los cimientos de la socialdemocracia hasta que llegó la guerra de Irak, y ha regresado a la era de los líderes de la derecha más sólidos, como Thatcher y Kohl. Una monumental crisis económica condiciona, es cierto, todo el fenómeno de la nueva derechización europea (aquello de que cuando se tambalea la economía, el inconciente colectivo se hace conservador y guarda para mañana cualquier romanticismo ideológico). Ahora bien, alguna vez la izquierda tendrá que aprender de sus errores y acertar si quiere en las recetas anticrisis para conquistar la confianza de los ciudadanos, antes de desautorizar todo modelo de gobierno de derecha desde una infalibilidad ideológica trasnochada. Los dogmas no sólo se han de saltar cuando conviene al partido, sino también cuando conviene a la gente. Ésta es la asignatura que no puede suspender un político del siglo XXI si quiere pasar de curso. No cabe demonizar a la nueva derecha europea tildándola de xenófoba y fascista cuando en circunstancias adversas como éstas es ella la que está tirando del carro de 500 millones de personas que habían perdido el rumbo, mientras en Francia, Alemania y Reino Unido la izquierda se deshace.
Cierto que uno de cada seis nuevos europarlamentarios son extremistas (no todos medibles por el mismo rasero), y que entre la maraña de ultras y xenófobos hay también quienes sencillamente no creen en Europa como proyecto y se han colado para boicotearla desde dentro, pero la emergente ultraderecha holandesa, por ejemplo, no olvidemos que es fruto del mismo edén progre y vanguardista que hemos admirado tantas veces. De manera que, así como en su momento nos sorprendieron los cismas y conflictos inesperados en sociedades interculturales como ésta cuando asomó el terrorismo islámico a comienzos de esta década, digamos ahora, a la luz de los nuevos indicios, que en Europa la política y los políticos han suspendido y no merecen pasar al siguiente curso sin haber aprendido definitivamente esta lección obligatoria.
No están en juego las próximas elecciones en España, en Reino Unido y, en septiembre próximo, en Alemania, no es un problema de poder a corto plazo lo que debe, honestamente, preocuparnos (¿cuándo los grandes partidos dejarán de mirarse el ombligo para velar por el interés general, que ha de ser el suyo propio como vivero de soluciones, universidad de líderes con talento y no mera maquinaria de poder?), sino la evolución, mejora y enriquecimiento de la democracia y los sistemas electorales, las campañas y estilos de gobierno y oposición, los métodos de disputa parlamentaria, el acervo democrático, en una palabra, de cuya modernización, puesta al día y éxito depende la convivencia en libertad que, por encima de todo, muchos, muchísimos deseamos con ahínco, aunque los índices de participación parezcan desmentir que así sea entre la mayoría de la sociedad.
En ‘Ensayo sobre la lucidez’, José Saramago especulaba, con evidente puntería, con la hipótesis de una ciudad en la que ganara por abrumadora mayoría el voto en blanco. El riesgo de que ello aboque a formas distintas de represión y tiranía es lógico. Pero la crecida abstencionista del domingo 7 de junio (más en el conjunto de Europa que en España, con ser toda ella excesiva) y un activo voto en blanco nada desdeñable, hacen temer que, a este paso, la ficción del Nobel portugués de Lanzarote se haga un día realidad. El mismo escritor, recién publicados en un nuevo libro sus textos como bloguero, se queja de que la corrupción no le importa a nadie. En la isla donde vive, el escándalo de decenas de cargos públicos, empresarios, funcionarios y profesionales implicados en una presunta red de cobro de comisiones ilegales y favores urbanísticos, invitó a la convocatoria por sms de una manifestación, el pasado fin de semana, bajo el espíritu de ‘¡basta ya!’ Acudieron tan sólo 4 personas a la cita de San Bartolomé y acabaron tomando café.