El histórico discurso de Obama en la Universidad de El Cairo es un giro copernicano en las relaciones internacionales. La mano que tiende al Islam el inquilino de la Casa Blanca imprime a su mandato un estilo definitivo de concordia, que es el que impregnaba la fama de que llegó precedido a la presidencia del país más poderoso del mundo. Lejos de la excesiva visión planetaria de Leire Pajín (que convocó a “los seres humanos” al alineamiento astral de dos líderes en enero de la talla de Obama en EE.UU. y Zapatero en su semestre al frente de la UE), qué duda cabe que para España toda connivencia con la diplomacia exterior norteamericana hacia zonas calientes como la región de Oriente Medio, permite albergar esperanzas de solución para otros conflictos empantanados, que nos tocan de cerca a los canarios, como el Sáhara, en peligrosa deriva a este lado de la franja africana noroccidental, a medida que pasa el tiempo y el referéndum de autodeterminación sigue sin celebrarse.
En vísperas de las elecciones europeas de este domingo, el discurso invita a tender puentes trasatlánticos entre la UE y EE.UU ante la próxima cumbre del G-20, en septiembre, en Pensilvania. La inequívoca vocación de Obama de resolver el contencioso israelo-palestino, llamando a las cosas por su nombre y desmitificando el atávico respaldo de EEUU a los intereses de Tel Aviv, fruto de la influyente presión de los lobbies y think tanks judíos hasta ahora, confirma su condición de líder de un mundo dispuesto a cerrar los capítulos negros de la historia reciente y, aprovechando que la crisis económica parece concluir en efecto una etapa de desmesura y codicia (también imperialista y multinacional bajo el disfraz de la globalización), inaugurar, por fin, un siglo que habrá que volver a empezar por el principio.