Se da la circunstancia de que la Unión Europea (UE) nace el mismo año que el que suscribe, 1957. De ahí que mi generación nació con Europa y los tratados de Roma bajo el brazo como la famosa locución del pan. En este medio siglo, el Parlamento Europeo ha ido adquiriendo competencias y prestigio, desde una institución que en los años 70 era un cementerio de elefantes sin mayor contenido. Aquella fama de círculo de holgazanes en retirada es uno de los peores estigmas que ha arrastrado la institución hasta hoy, sin lograr desmentir s caricatura.
Hoy es una cámara con competencias nada desdeñables, que ha ido adquiriendo capacidad legislativa como todo parlamento democrático que se precie y que tiene la función de aprobar los presupuestos anuales de casi 500 millones de ciudadanos. Es cierto que La UE es un paquidermo perezoso que no acaba de cuajar como proyecto político capaz de tener una sola voz en materias económica, exterior y de defensa. Pero basta repasar sus progresos, aun a paso de tortuga, de estas cinco décadas para darnos cuenta de que, con todo, con el reloj de las ampliaciones parado, con el Tratado de Lisboa en el congelador y con la crisis propagando la aluminosis financiera y económica con riesgo para la propia estabilidad, Europa es un hecho consumado, un viaje sin retorno hacia el futuro, que cada día será menos un futuro de los estados y más un futuro de los europeos.
España tiene la suerte de contar con europeístas de dilatada experiencia y reconocimiento, como Javier Solana, llamado a sentarse próximamente en la Comisión con una vicepresidencia solvente y labores de ministro de asuntos exteriores. (Por cierto, que, de optarse por Solana como el hombre de España en Europa, Zapatero deberá renunciar a la plaza de comisario que ahora ostenta Almunia y a la que aspira Juan Fernando López Aguilar. En ese caso, el cabeza de la lista europea del PSOE optaría a uno de los dos períodos de la presidencia del Parlamento Europeo que suelen repartirse el PPE y el PSE conservadores y socialistas, o, por último, a la no menos relevante presidencia del grupo parlamentario socialista en la Eurocámara.)
A los canarios nos importa, y mucho, Europa, aunque no lo parezca. Del 92 a esta parte se escribe nuestro idilio europeo (que es, si se quiere, un idilio por interés, pero que hunde sus raíces en una tradición comercial anterior a la propia adhesión española), o sea, del Tratado de Maastricht al de Amsterdam, con el célebre artículo 299.2, que a los periodistas se nos quedó grabado como un latiguillo, porque sentó las bases de nuestro status permanente y de nuestra condición de Región Ultraperiférica (RUP), hoy consagrada como una conquista jurídica de primer orden en el nuevo Tratado de Lisboa, que entrará en vigor previsiblemente en enero de 2010, si Irlanda rectifica y ‘donde dije digo, digo Diego”.
En el primer semestre de ese año preside España la UE, y Canarias, en paralelo, continuará para entonces al frente de las RUP. Todo hace suponer que las islas tendremos en tales fechas cierto protagonismo paneuropeo. No hemos depositado nunca mucha fe en que algún día seamos capital cultural europea (o sede de expo como sugieren jóvenes artistas y emprendedores para el 2023), pero cabe confiar en que sí se nos concederá algún papel de puente con África, como parece elemental en coherencia con las ideas del propio gobierno de Zapatero.
Una ciudad aislada no va a ninguna parte, ha dicho Jerónimo Saavedra en una reciente conferencia, en la que habló de la suya, Las Palmas de Gran Canaria, como “una ciudad de mar, creativa y abierta al mundo”. Ése es el ideario, no sólo de ciudad, sino de isla y archipiélago que albergamos los canarios mirando a Europa. Eso es lo que queremos ser y en parte ya somos. Para no ser lo que no queremos: un pueblo aislado. Y eso es, en resumidas cuentas, lo que se decide este domingo.