Fontanarrosa decía que las dos pasiones de los argentinos son el fútbol y la carne. Las dos pasiones del canario son el fútbol y el carnaval (la prohibición de la carne en cuaresma). El ascenso del Tenerife a Primera ha sido, por una vez, una fiesta no unilateral, quiero decir que, contra el curso de la historia, se apreció esta vez una camaradería de lo canario y los canarios por algo, mucho más que el éxito de un club de fútbol de una isla, circunstancia que en otro tiempo menos menesteroso era automáticamente relegado a una celebración localista del peñasco al que correspondiera. No me excedo en la hipótesis para concluir que todas las islas por igual viven y celebran este ascenso como suyo en lo más íntimo, pero sí como parte de lo suyo íntimamente, que de todos es sabido abarca mucho más y, en especial, los sentimientos referidos al equipo propio e insustituible, al que también, y por encima de todo, se anhela ver en el mismo trance y la misma gloria que alcance el vecino.
Claro que en Gran Canaria, este epifenómeno del ascenso del Tenerife sirve de espoleta para el fenómeno más ansiado del ascenso de la UD Las Palmas, a ser posible, la temporada más inmediata. Y es la reacción pertinente de un pueblo que adora sus colores por encima de cualesquiera otros. La sana ambición de imitar pronto el éxito del eterno rival no contradice las primeras líneas de este comentario. Lo insospechado del acontecimiento vivido es que, acaso -esa taumaturgia de la crisis- ésta ha sido –o parecido- una felicidad colectiva y compartida por todo el archipiélago. Y hay pocos precedentes de los que alardear en una época que no perdona. Las imágenes aéreas y terrestres de la Televisión Canaria logran enmarcar una fiesta, que de no haber existo este vehículo de expresión, es probable que nunca se hubiera dimensionado como merecía para disfrute y catarsis de todos los canarios de todas las islas. A mi juicio, ha sido una terapia televisada, que no alcanzamos a valorar en su justa proporción a bote pronto, porque el relato de esas imágenes espectaculares es un modo de comunicar la apoteosis al que no estábamos acostumbrados y resulta inédito; por eso, cuando nos recreamos en su visión diferida descubrimos la magnitud del lenguaje, la intensidad y la emoción que desprende, en ocasiones, la fiesta de un hecho ritual tan primitivo, según decía Johan Huizinga, como el fútbol: al fin y al cabo, un juego. Nos volvemos niños como por arte de magia. La alegría en este caso tiene una relectura adulta y hasta culta (el fútbol es cultura, volvemos al antropólogo holandés autor de ‘Homo ludens’): nos alegramos de lo bien que ha jugado el Tenerife esta temporada y de que esa belleza formal, tan denostada históricamente en Segunda, se reivindique para el futuro, gracias al premio del ascenso, como el mejor camino opcional. Un camino para la diversión durante meses, para concebir los sueños más ambiciosos y, finalmente, para obtener el éxito. El ascenso es la cota de felicidad que estaba reservada a unos pocos elegidos.
Y esa misma receta vale para la UD Las Palmas, que era el equipo que enseñaba a soñar en fútbol al resto del país en sus mejores tiempos, una escuela de toque y elegancia acreditados, verdaderos artistas que hicieron célebre el ‘fútbol amarillo’, cuya coreografía imitaban los niños en la Península pintando jugadas que importaban de la tele. Con decir que, ahora, la TVC hace justicia a la historia de este deporte en esta tierra, elevando a la máxima expresión un sentimiento colectivo de orgullo por ser, al fin, en algo, ‘de Primera’, no estamos inventando nada nuevo, está dicho y redicho en las páginas de Eduardo Galeano, en ‘Su majestad el fútbol’. El autor reproduce un texto impagable de César Pupo, ‘El Hachero’, en un diario de Montevideo, una entrañable y conmovedora forma de crónica dialogada en las voces de un matrimonio uruguayo que bien podría ser un matrimonio canario:
“Cuando me vio llegar esa tarde se alarmó. Dejó sobre la silla el frasquito de pintarse las uñas y corrió hacia mí, haciendo sonar los zuequitos de baño.
-Negro, vos tás enfermo –advirtió.
-Sí, estoy.
Me metí en la cama y trajo una bolsa de agua caliente que era lo que usaba para todas las enfermedades…
-En seguida te componés –decía segura-. Hoy hay partido de fóbal, ¿no?
-Sí, hay…
¡Qué minutos de martirio; qué horas de ansiedad, de sufrimiento, de tortura, aquella tarde terrible!
De repente, se abrió la puerta y llegó una clarinada de gloria, el grito de la calle: “¡Uruguay!, ¡Uruguay!”
-¡Vieja, vieja, vení!
-¿Ganaron los uruguayos?
-Sí, ganaron, querida, sí…
-Viejo, ¿tas yorando?
-Sí, estoy.
-¿Cómo cuando la perrera nos llevó al Pibe?
-Sí.
-¿Cómo cuando nos peliamos y encontrás la cama vacía?
-Sí.
-¿Cómo cuando creíste que me moría?
-Sí…, igual…, igual…
Montevideo volvió a ser nuestro, a darnos su amor, a entregársenos, grande, fuerte, victorioso, como aquellos once varones que también tenían adentro el fuego sagrado de un amor inmenso”.
El Tenerife, el fútbol canario, no ganó a Brasil, como aquella vez de mediados de 1950 hizo Uruguay, contra todo pronóstico, proclamándose campeona del mundo en el célebre ‘maracanazo’ que tanto deleitaba recordar a Mario Benedetti. Sólo ha sido un ascenso. Pero nada menos que el ascenso a la División de Honor de la que vuelve a ser la mejor liga del mundo. Y para el caso, a los ojos de un canario, es lo mismo. ¡Que el próximo año por estas fechas estemos celebrando el ascenso de la UD Las Palmas para que la dicha sea completa!