JUNIO 2009 ENTRIES
martes, 30 de junio de 2009 - 9:03

Zapatero y Paulino Rivero han invertido los términos de una tradición poco asertiva del Estado con las islas, la de hacer cola los presidentes canarios para ser recibidos en La Moncloa. Creo que fue Fernando Fernández el que batió el récord en esa imaginaria sala de espera. Felipe González solía ser renuente a dar audiencia a los presidentes del archipiélago, y sin embargo se quemó las pestañas en defensa del plátano canario vetando toda la política mediterránea de la Unión Europea hasta que la fruta amarilla saliera bien parada. Cada presidente tiene su prontuario y sus prontos.

Olarte, harto del descreste arancelario (un rollo que no viene a cuento desmenuzar) que suponía un hachazo a las arcas de los cabildos, se plantó y declaró una guerra a Madrid que afeaba el rigor de España con las normas comunitarias; era ministro de Economía Solchaga y amenazó con tirar de Constitución y mandar los tanques de la fiscalidad española contra las ínsulas, por eso envió al secretario de Estado, José Borrell, al que abordé nada más bajarse del avión (de entonces data una informal e infomativa conexión cada vez que pisa el peñasco y lo sorprendo por el Mencey) y se alcanzó un armisticio que pudo derivar en gresca callejera a lo Teherán o Tegucigalpa.

Saavedra, amigo personal de González (con quien recordó viejos tiempos días atrás en Las Palmas, “tu te acordarás, Jerónimo”, decía continuamente el expresidente durante la conferencia dirigiéndose al alcalde sobre esto o sobre aquello) y futuro ministro de su último gobierno, tuvo sus más y sus menos con ese oráculo que llamamos genéricamente Madrid, cuando el citado Solchaga se dejó dormir en los laureles de la reforma paralizada del REF (“estás alentando el independentismo”, le escribió el histórico dirigente socialista a su compañero de partido para hacerlo entrar en razón) y le puso en bandeja a los insularistas y allegados el golpe de timón y conquista del poder (1993, año primero del nacionalismo que llega a nuestros días, gracias a la siesta de Solchaga y la conjura a que dio alas).

Hermoso no ocultó nunca que Aznar le caía antipático y sólo mantuvo una relación más correcta que estrecha con quien sin embargo fue el primero en firmar un pacto de legislatura nacional. Adán Martín era recibido en La Moncloa; quizá sería mucho decir bien recibido. Pero no se puede hablar de un hilo directo Canarias-Madrid. Nunca lo hubo. Aquella sentencia olartiana de que la distancia de Canarias con La Zarzuela era brevísima y con La Moncloa, sideral, refleja esa sensación de orfandad y desamparo de los gobiernos canarios históricamente respecto al Gobierno central. (“Madrid se va a enterar de lo que vale un peine”, acuñó el autor de la cita anterior, a mayor abundamiento.)

Esta vez se ha reescrito esa relación conflictiva. El viaje a las islas de Zapatero y tres ministros (Blanco, Sebastián y Corbacho) a reunirse con Paulino Rivero y los consejeros homólogos en Las Palmas de Gran Canaria, marca un precedente que me atrevo a calificar de fundacional. Lo que se funda es un nuevo estilo de política y gobierno entre el Estado y un archipiélago que viajó reiteradamente a Madrid con prejuicios plañideros y la sospecha, como decía Gil Roldán, de que a los ujieres de los ministerios (a los que él trataba por ello con exquisitez) nos los mandaban de gobernadores civiles con mando en plaza. El que hayamos asistido a un gesto nada irrelevante (Canarias, por una vez, no viajó a Madrid, sino Madrid vino a Canarias) inaugura toda una nueva cultura de relaciones futuras entre esta orilla y la capital del reino. Ha sido un encuentro que supera decenios de desencuentro. Se anota un tanto el presidente canario Paulino Rivero, y otro tanto el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero. No sé si las muestras de simpatía, y de una complicidad feliz, que hemos visto en la televisión y en las fotos de la conferencia de prensa, acreditan una cierta amistad que se ha fraguado a golpe de crisis entre dos políticos que no se profesaban hace algo más de un año ninguna química especial. No ha habido una lluvia de millones (cien para renovar la planta alojativa, 42 anuales para empleo más allá de 2010, nueve meses de rebajas de las tasas aeroportuarias, grupo de trabajo sobre el nuevo Ref, reforma legal para el acogimiento y tutela de menores inmigrantes en la Península, próxima cumbre de África, consejo de ministros en octubre y nuevos convenios de carreteras y ferrocarriles en ‘camino’), pero ha habido algo sensiblemente sustancial: entendimiento, diálogo, acuerdos, sentido común, sobre un terreno abonado de buena vecindad que debe mucho a los buenos oficios de los diputados de CC en Madrid Ana Oramas y José Luis Perestelo, más allá de la coyuntura parlamentaria que los hace socios necesarios para el PSOE.

El Plan Canarias sienta las bases de un nuevo código de relaciones entre el Estado y la autonomía peor ‘parada’. Al Estado no se le caen los anillos por coger la maleta y mudar el despacho a las islas, más allá de las Columnas de Hércules, para trabajar sobre el terreno en la búsqueda de las soluciones a la crisis. Y al archipiélago, este giro de 180 grados le aporta prestigio y reconocimiento. Eleva su autoestima y ayuda a erradicar complejos de marginación. En el primer semestre de 2010, Zapatero preside la UE y Paulino Rivero las RUP; si ambos conservan este talante, a Canarias le aguardan importantes novedades que contrarresten el índice de paro y la crisis y pongan en valor su papel fronterizo (por una vez) en esta región euroafricana, donde la economía y la seguridad son las dos llaves para abrir las puertas sin sobresaltos entre dos mundos que se mojan los pies en un mismo mar de dudas.

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viernes, 26 de junio de 2009 - 9:28

La hazaña de organizar en Santa Cruz de Tenerife un concierto del rey del pop que acaba de fallecer cuando escribo estas líneas, abocó, a comienzos de los 90, a una movilización social, sin precedentes en Canarias, liderada por el Ayuntamiento, bajo la alcaldía de José Emilio García Gómez. El productor italiano Pino Saglioco recuerda aquella odisea como un acto de fe de la isla cuando Michael Jackson parecía un dios inalcanzable para una capital de provincia remota y marginada de los circuitos tradicionales de las giras de los mayores astros musicales del siglo XX. Jackson, en efecto, era entonces (si bien su aureola declinó más tarde por los líos judiciales sobre presunta pedofilia, sin perder, en cambio, un ápice de la genialidad que le acompañaba casi desde niño, de la precoz experiencia en los Jackson 5) una suerte de deidad de la música que jugaba a flotar en su burbuja ingrávida de icono extravagante.

Recuerdo que, apostado en la baranda de la terraza de la segunda planta de Los Rodeos, me llamó la atención aquella vez (25 de septiembre de 1993) observar sus movimientos irreales sobre la pista del aeropuerto. Descendió levitando del avión como un ángel lejano y saludó a periodistas y fans guardando las distancias, tanto como al día siguiente en el concierto del muelle que, de no ser por su peculiar paso deslizante de baile ‘moonwalk’ con la punta de los pies, uno podía especular con la idea de que no fuera él en persona, sino un doble cualquiera como proliferan en carnavales. Se ocultaba el rostro con una mascarilla, como hacia entonces de modo indefectible, y entre sus acompañantes había un niño, que era su invitado especial a aquella excursión de Estambul a Tenerife. Protagonizó la estancia en la isla como si fuera, más que un cantante o un rey (del pop), una leyenda viva, dieciséis años antes de morir. Se hospedó en el Hotel Botánico del Puerto de la Cruz y le seguí las huellas para el diario El País como un asunto más sociológico que musical. Visitó el ‘Loro parque’ y convivió con aves y monos, compró, a veces compulsivamente como hizo con discos, todo lo que le apeteció a su paso, y se encerró en su habitación dosificando las apariciones en público a sabiendas de que los fotógrafos montaban guardia por fuera y algunos se habían colado como huéspedes en la misma planta del hotel que el autor de ‘Thriller’, el audiovisual que en los 80 cambió la historia de los videopclips y el tema más vendido y famoso del mundo.

No alcanzo a saber, aun con la noticia de su muerte caliente, si el infarto que cifró su vida en medio siglo lo convierte en más o menos mito para la posteridad que Elvis o los Beatles; supongo que cada cual ocupará el espacio que le corresponda, si bien la de Michael Jackson, como dice Lucía Lavado desde Perú, es “una muerte con Internet”, cosa que no pasó con el padre de su primera esposa, Lisa Marie, ni con el grupo inglés cuyo catálogo de temas compró por una auténtica fortuna. El crítico Diego A. Manrique sostiene que Jackson era un megalómano desquiciado además de un artista poderosamente mágico hasta que perdió la habilidad de hacer “música sencilla y directa” y, por tanto, el secreto de su misma magia. Pero estoy convencido de que se había ganado una gloria eterna antes de expirar el jueves en su casa de Los Ángeles cuando estaba a punto de volver a los escenarios, en el Londres del Canary Wharf, para dar 50 conciertos como si aquel septiembre del 93 hubiera actuado no una, sino 50 veces en el puerto de Santa Cruz. En la víspera, ya corrió el rumor de que le habían detectado un cáncer de piel curable. Fue el primer aviso a navegantes. Y el fatídico pronóstico de que el corazón (‘Al pop se le paró el corazón’, titulaba anoche certeramente la edición digital de El País) se resiente a los 50, no perdonó al hombre que arrastraba rumores de mala salud desde siempre, pero más relacionados con el presunto vitiligo que lo despigmentó o con la paranoia de retrasar todo envejecimiento por cualquier método, que con el tópico del infarto, un riesgo impensable en la figura de alambre del célebre zombi de ‘Thriller’ que ahora baila de nuevo entre nosotros, después de muerto, interpretando esta vez de verdad su mejor papel, su mejor coreografía y su mejor canción.

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miércoles, 24 de junio de 2009 - 9:04

La mosca y Obama no guardaban precisamente un idilio personal. De acuerdo que no cabe hacer exageraciones sobre la felonía del inquilino de la Casa Blanca hacia el díptero de la tele, pero la indulgencia instantánea con que se disimula el mal gesto del amo del mundo fulminando al bicho que le importunaba forma parte de un culto baboso a la personalidad que va más allá de la obamanía que despierta el líder afroamericano y de la que me confieso afecto. Que Obama sí mate a una mosca no significa que esté dispuesto a aplastar a Irán si no cae Ahmadineyad depuesto en las urnas por Musavi en una hipotética repetición electoral. Mató su mosca cojonera y lo hizo gustándose, interrumpió la entrevista que mantenía ante las cámaras de tv, empujándola victorioso y sonriente con el pie para que todos vieran al insecto moribundo o ya cadáver en el suelo.

Es inevitable querer adivinar lo que se le pasó por cabeza en ese momento, lo que Cartier Bresson llamaba ‘el instante decisivo’ que captan tantas fotos célebres. ¿Pensaba en algún enemigo en particular pasado, presente o futuro, acaso sintió en su fuero interno un ánimo de venganza satisfecho en la denostada figura de la mosca, ante la incorrección política de ejercerlo en la persona de alguien o algo en particular? Es oficio de psicólogos especular sobre los pensamientos ocultos del presidente de los Estados Unidos a partir de esta anécdota quizá no tan inocente. ¿Es más grave matar una mosca que dedicarse a cazar peces espada en África siendo el jefe de los espías de un país, al margen de la pregunta pertinente sobre el origen hipotéticamente público de los gastos? Evidente, el pecado de Obama es venial, y produce menos rechazo que aquellas fotos de Garzón y Bermejo, en tiempos de cacería al alimón, posando junto a las piezas de renos abatidos alineados en el suelo. Lo que pasa es que, sin llegar al extremo de una asociación defensora de los animales poco simpáticos que ha reprendido a su presidente por cebarse con la mosca, sí es verdad que el manotazo letal deja a uno pensativo. De qué no será capaz después de esto?, es una pregunta en efecto excesiva, pero irreprimible. Esa misma mano derecha del hombre zurdo actúa como si no le preguntara a la mano izquierda si hace bien, no en aquel sentido bíblico de Jesús, que animaba a la caridad, sino en otro inconfesable tratándose de alguien que tiene poder para hacer muchas veces lo que le plazca sin medir las consecuencias. El hombre que tiene el mundo en sus manos, precisamente.

En una entrañable novelita de Sam Savage, Firmin es un ratoncito intelectual que vive en los vericuetos de una librería de Boston donde lee todo lo que está a su alcance y desprende tal carisma que uno quisiera haber podido conocer personalmente al roedor en cuestión de evidente talla humana. El mundo de los bichos, como dice el biólogo Antonio Machado, se vuelve apasionante si uno se descuida y cae en sus redes. Las redes de ‘civilizaciones’ misteriosas, como las hormigas o las moscas. Antes que Savage ideara su inteligente ratón devorador de libros, Lepoldo Alas Clarín creó una mosca políglota que vivía en una biblioteca privada, y tanto recitaba a Shakespeare como leía a Homero. Vieja, coja y casi ciega, si no recuerdo mal de cuando hace mucho leí ese cuento inolvidable, la mosca se enamora en su palacio literario de otra mosca bellísima. Alguien debería enviarle a Obama el cuento de Clarín.

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jueves, 18 de junio de 2009 - 9:29

La visita de Emilio Lledó coincide con otras (Felipe González, Clara Janés, Soledad Puértolas, Cristina Peri Rossi) que confluyen en el concepto de las islas como parada y fonda, según la idea de aquel libro de huéspedes ilustres, ‘Entrada y salida de viajeros’, que Domingo Pérez Minik dio a la luz en 1969 (de Bertrand Russell a Alberto Sartoris, de Valentine Penrose a Friedrich Dürrenmatt, de André Breton a Óscar Domínguez y de Óscar Domínguez a Patrick Waldberg, qué envidia de testigos de su época los de ‘Gaceta de Arte’). Lledó, amigo de Tenerife desde que arribó a La Laguna para dar clases en su universidad y sentirse como en Heidelberg, es un filántropo por naturaleza que va por ahí regalando pródigamente todo lo que halló en los libros y pensó por su cuenta. Es un lujo escucharle (y, por lo tanto, aprender tanto de una sentada), pero lo es más comprobar hasta qué punto un filósofo de carne y hueso, como si Aristóteles fuera en realidad un personaje de hoy con su ‘etica nicomáquea’ a cuestas, puede ser tan oportuno en un tiempo tan revuelto para desempolvar todos los prejuicios y afeites que han dado lugar a lo políticamente correcto y descifrar en pocas palabras qué es ser un ciudadano de izquierdas: alguien que profesa la bondad, la amistad, la solidaridad y el amor, alguien que no miente y fia toda su credibilidad al espejo en que se mira, alguien libre, alguien digno y decente. No está de moda este encadenamiento literal de palabras tales en desuso, acaso desterradas, muchas de ellas, de la conversación y el discurso político más frecuente por entender que no sean progres, sino más bien mojigatas. Pero ya ven las cosas que omitimos por obvias y, sin embargo, son las verdaderamente importantes. Don Emilio suele decir que “dentro de todo sí hay un pequeño no, y dentro de todo no hay un pequeño sí”. Si desean volver en sí, y sacudirse algunos noes errados, les recomiendo buscar las obras, textos y entrevistas de Emilio Lledó. El periodista y escritor Juan Cruz, uno de los que más ha hablado con él a lo largo de las últimas décadas, compartió su avidez con la sabiduría del catedrático sevillano en diálogo en vivo en el Espacio Cultural de CajaCanarias en Santa Cruz, un encuentro que se inscribe en el ciclo denominado no por casualidad ‘La condición humana’, a todas luces un homenaje al escritor mencionado al comienzo de estas líneas, Pérez Minik, autor del ensayo tan citado y escasamente leído, ‘La condiciòn humana del insular’. Ambos, Lledó y Minik, comparten el hecho de poseer un ‘alma navegable’, que diría el poeta, donde cabe algo tan inagotable como la curiosidad de saber.

Conviene seguir con suma atención las revueltas en las calles de Teherán tras las elecciones del viernes. Si el fútbol se suele acercar a la verdad, los jugadores iraníes que lucieron, en el choque con Corea del Sur, brazaletes verdes de adhesión a las protestas por el fraude de las urnas, son el mejor indicio de que Ahmadineyad ha ido esta vez demasiado lejos, y los ayatolás han caído demasiado o es que estos jóvenes se les han subido a las barbas. En las plazas de Hafte- Tir y Vali Asr hay una parte considerable del pueblo que exige nuevas elecciones para salir de dudas sobre si, como creen, ganó el reformista Musavi, en contra del escrutinio oficial. Es probable que Irán tenga la tentación de silenciar a los jóvenes, como sucedió, hace veinte años, en Tiananmen. Entonces la gente se pasaba la consigna boca a boca; ahora lo hace por sms y cuando, como en Irán, tratan de impedírselo, lo hacen por Twitter o Facebook, y en última instancia, lo hace cuerpo a cuerpo, cara a cara, midiendo sus fuerzas con los medios de represión, arrebatándole la porra como en esa foto en que el joven ataca al policía y éste le dispara, con ventaja, un gas para inmovilizarlo, sin que sepamos, porque la imagen se detiene ahí, cómo termina el duelo que simboliza el pulso que está librando la juventud con un régimen (teocrático) pronto a ser nuclear. Permanecemos a la espera de conocer ese desenlace, pese al apagón informativo impuesto por quienes tienen algo que ocultar.

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martes, 16 de junio de 2009 - 9:25

Fontanarrosa decía que las dos pasiones de los argentinos son el fútbol y la carne. Las dos pasiones del canario son el fútbol y el carnaval (la prohibición de la carne en cuaresma). El ascenso del Tenerife a Primera ha sido, por una vez, una fiesta no unilateral, quiero decir que, contra el curso de la historia, se apreció esta vez una camaradería de lo canario y los canarios por algo, mucho más que el éxito de un club de fútbol de una isla, circunstancia que en otro tiempo menos menesteroso era automáticamente relegado a una celebración localista del peñasco al que correspondiera. No me excedo en la hipótesis para concluir que todas las islas por igual viven y celebran este ascenso como suyo en lo más íntimo, pero sí como parte de lo suyo íntimamente, que de todos es sabido abarca mucho más y, en especial, los sentimientos referidos al equipo propio e insustituible, al que también, y por encima de todo, se anhela ver en el mismo trance y la misma gloria que alcance el vecino.

Claro que en Gran Canaria, este epifenómeno del ascenso del Tenerife sirve de espoleta para el fenómeno más ansiado del ascenso de la UD Las Palmas, a ser posible, la temporada más inmediata. Y es la reacción pertinente de un pueblo que adora sus colores por encima de cualesquiera otros. La sana ambición de imitar pronto el éxito del eterno rival no contradice las primeras líneas de este comentario. Lo insospechado del acontecimiento vivido es que, acaso -esa taumaturgia de la crisis- ésta ha sido –o parecido- una felicidad colectiva y compartida por todo el archipiélago. Y hay pocos precedentes de los que alardear en una época que no perdona. Las imágenes aéreas y terrestres de la Televisión Canaria logran enmarcar una fiesta, que de no haber existo este vehículo de expresión, es probable que nunca se hubiera dimensionado como merecía para disfrute y catarsis de todos los canarios de todas las islas. A mi juicio, ha sido una terapia televisada, que no alcanzamos a valorar en su justa proporción a bote pronto, porque el relato de esas imágenes espectaculares es un modo de comunicar la apoteosis al que no estábamos acostumbrados y resulta inédito; por eso, cuando nos recreamos en su visión diferida descubrimos la magnitud del lenguaje, la intensidad y la emoción que desprende, en ocasiones, la fiesta de un hecho ritual tan primitivo, según decía Johan Huizinga, como el fútbol: al fin y al cabo, un juego. Nos volvemos niños como por arte de magia. La alegría en este caso tiene una relectura adulta y hasta culta (el fútbol es cultura, volvemos al antropólogo holandés autor de ‘Homo ludens’): nos alegramos de lo bien que ha jugado el Tenerife esta temporada y de que esa belleza formal, tan denostada históricamente en Segunda, se reivindique para el futuro, gracias al premio del ascenso, como el mejor camino opcional. Un camino para la diversión durante meses, para concebir los sueños más ambiciosos y, finalmente, para obtener el éxito. El ascenso es la cota de felicidad que estaba reservada a unos pocos elegidos.

Y esa misma receta vale para la UD Las Palmas, que era el equipo que enseñaba a soñar en fútbol al resto del país en sus mejores tiempos, una escuela de toque y elegancia acreditados, verdaderos artistas que hicieron célebre el ‘fútbol amarillo’, cuya coreografía imitaban los niños en la Península pintando jugadas que importaban de la tele. Con decir que, ahora, la TVC hace justicia a la historia de este deporte en esta tierra, elevando a la máxima expresión un sentimiento colectivo de orgullo por ser, al fin, en algo, ‘de Primera’, no estamos inventando nada nuevo, está dicho y redicho en las páginas de Eduardo Galeano, en ‘Su majestad el fútbol’. El autor reproduce un texto impagable de César Pupo, ‘El Hachero’, en un diario de Montevideo, una entrañable y conmovedora forma de crónica dialogada en las voces de un matrimonio uruguayo que bien podría ser un matrimonio canario:

“Cuando me vio llegar esa tarde se alarmó. Dejó sobre la silla el frasquito de pintarse las uñas y corrió hacia mí, haciendo sonar los zuequitos de baño. -Negro, vos tás enfermo –advirtió. -Sí, estoy. Me metí en la cama y trajo una bolsa de agua caliente que era lo que usaba para todas las enfermedades… -En seguida te componés –decía segura-. Hoy hay partido de fóbal, ¿no? -Sí, hay… ¡Qué minutos de martirio; qué horas de ansiedad, de sufrimiento, de tortura, aquella tarde terrible! De repente, se abrió la puerta y llegó una clarinada de gloria, el grito de la calle: “¡Uruguay!, ¡Uruguay!” -¡Vieja, vieja, vení! -¿Ganaron los uruguayos? -Sí, ganaron, querida, sí… -Viejo, ¿tas yorando? -Sí, estoy. -¿Cómo cuando la perrera nos llevó al Pibe? -Sí. -¿Cómo cuando nos peliamos y encontrás la cama vacía? -Sí. -¿Cómo cuando creíste que me moría? -Sí…, igual…, igual… Montevideo volvió a ser nuestro, a darnos su amor, a entregársenos, grande, fuerte, victorioso, como aquellos once varones que también tenían adentro el fuego sagrado de un amor inmenso”.

El Tenerife, el fútbol canario, no ganó a Brasil, como aquella vez de mediados de 1950 hizo Uruguay, contra todo pronóstico, proclamándose campeona del mundo en el célebre ‘maracanazo’ que tanto deleitaba recordar a Mario Benedetti. Sólo ha sido un ascenso. Pero nada menos que el ascenso a la División de Honor de la que vuelve a ser la mejor liga del mundo. Y para el caso, a los ojos de un canario, es lo mismo. ¡Que el próximo año por estas fechas estemos celebrando el ascenso de la UD Las Palmas para que la dicha sea completa!

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miércoles, 10 de junio de 2009 - 9:09

En democracia, los políticos que suspendieran más de dos o tres asignaturas fundamentales no deberían pasar a otro curso. La vida política se ha devaluado más de la cuenta y los niveles de descrédito alcanzados en el Parlamento británico, por ejemplo, a causa del abuso de los gastos domésticos cargados al erario público (desde la reparación de la cortadora del jardín hasta la comida del perro o las bombillas de la casa) abochornan a cualquiera. No sé si esos casos desvelados por el Daily Telegraph, unido a las veleidades de las velinas de Berlusconi en el paraíso sardo de Il Cavaliere y la publicitada vida sentimental de la pareja de El Elíseo (Sarkozy se estrenó con una sonada boda con la sensual cantante y modelo Carla Bruni) han podido desvirtuar la cosa pública hasta el punto de que una inquietante mayoría de la sociedad civil haya optado por darle la espalda a la política, a las urnas, a los parlamentos, en fin, a la democracia. Las recientes elecciones europeas han sembrado el pánico en Europa (cuya inconcreción como algo más que un cúmulo de estados que no se fían tiene parte de culpa en esta desgana, pese a la trascendencia que sus fondos y ayudas posee para los canarios, como podemos dar fe en unas islas agradecidas).

Uno de los eurodiputados ultraderechistas y xenófobos elegidos en el Reino Unido, gracias a la abultada abstención, fue recibido ayer con huevos por un grupo de detractores. La gravedad del éxito testimonial por ahora de grupúsculos radicales racistas reside en el desinterés que despiertan los grandes partidos hasta ese punto. Sólo un ciego no alcanzaría a ver que estamos ante una crisis política de Europa, además de enfrentados a una crisis económica. La derechización y el fracaso estrepitoso del socialismo en estos comicios se debe a la insensatez de la izquierda, que, instalada en su soberbia ideológica y cerrazón, ha logrado hacer buenas las ideas y las caras más conservadoras del continente. Ahora mismo, se pasea por Europa el carisma de Sarkozy o Merkel, incluso el de Berlusconi (sucedáneo confeso de ‘el Duce’), mientras en la otra orilla atlántica deslumbra un nuevo amo del mundo de piel oscura que sonríe como los niños y se mete a la gente en el bolsillo. No es casualidad que la veterana democracia yanqui tenga esa portentosa capacidad de reinventarse hasta el punto de suplir a Bush con Obama, como de la noche al día, y salvar los muebles de su dignidad cuando la memoria de Whitman parecía pateada sin remedio (“Creo que vendré otra vez a la tierra dentro de cinco mil años”, escribió en el siglo XIX el poeta, ensayista y periodista de Long Island, que dejó un testamento de sugerencias para inspirar de sobra a Obama cuando tenga una mala tarde).

Europa ha dejado atrás la estela de Miterrand y Jacques Delors, por qué no también del mejor Blair que sacudió los cimientos de la socialdemocracia hasta que llegó la guerra de Irak, y ha regresado a la era de los líderes de la derecha más sólidos, como Thatcher y Kohl. Una monumental crisis económica condiciona, es cierto, todo el fenómeno de la nueva derechización europea (aquello de que cuando se tambalea la economía, el inconciente colectivo se hace conservador y guarda para mañana cualquier romanticismo ideológico). Ahora bien, alguna vez la izquierda tendrá que aprender de sus errores y acertar si quiere en las recetas anticrisis para conquistar la confianza de los ciudadanos, antes de desautorizar todo modelo de gobierno de derecha desde una infalibilidad ideológica trasnochada. Los dogmas no sólo se han de saltar cuando conviene al partido, sino también cuando conviene a la gente. Ésta es la asignatura que no puede suspender un político del siglo XXI si quiere pasar de curso. No cabe demonizar a la nueva derecha europea tildándola de xenófoba y fascista cuando en circunstancias adversas como éstas es ella la que está tirando del carro de 500 millones de personas que habían perdido el rumbo, mientras en Francia, Alemania y Reino Unido la izquierda se deshace.

Cierto que uno de cada seis nuevos europarlamentarios son extremistas (no todos medibles por el mismo rasero), y que entre la maraña de ultras y xenófobos hay también quienes sencillamente no creen en Europa como proyecto y se han colado para boicotearla desde dentro, pero la emergente ultraderecha holandesa, por ejemplo, no olvidemos que es fruto del mismo edén progre y vanguardista que hemos admirado tantas veces. De manera que, así como en su momento nos sorprendieron los cismas y conflictos inesperados en sociedades interculturales como ésta cuando asomó el terrorismo islámico a comienzos de esta década, digamos ahora, a la luz de los nuevos indicios, que en Europa la política y los políticos han suspendido y no merecen pasar al siguiente curso sin haber aprendido definitivamente esta lección obligatoria.

No están en juego las próximas elecciones en España, en Reino Unido y, en septiembre próximo, en Alemania, no es un problema de poder a corto plazo lo que debe, honestamente, preocuparnos (¿cuándo los grandes partidos dejarán de mirarse el ombligo para velar por el interés general, que ha de ser el suyo propio como vivero de soluciones, universidad de líderes con talento y no mera maquinaria de poder?), sino la evolución, mejora y enriquecimiento de la democracia y los sistemas electorales, las campañas y estilos de gobierno y oposición, los métodos de disputa parlamentaria, el acervo democrático, en una palabra, de cuya modernización, puesta al día y éxito depende la convivencia en libertad que, por encima de todo, muchos, muchísimos deseamos con ahínco, aunque los índices de participación parezcan desmentir que así sea entre la mayoría de la sociedad.

En ‘Ensayo sobre la lucidez’, José Saramago especulaba, con evidente puntería, con la hipótesis de una ciudad en la que ganara por abrumadora mayoría el voto en blanco. El riesgo de que ello aboque a formas distintas de represión y tiranía es lógico. Pero la crecida abstencionista del domingo 7 de junio (más en el conjunto de Europa que en España, con ser toda ella excesiva) y un activo voto en blanco nada desdeñable, hacen temer que, a este paso, la ficción del Nobel portugués de Lanzarote se haga un día realidad. El mismo escritor, recién publicados en un nuevo libro sus textos como bloguero, se queja de que la corrupción no le importa a nadie. En la isla donde vive, el escándalo de decenas de cargos públicos, empresarios, funcionarios y profesionales implicados en una presunta red de cobro de comisiones ilegales y favores urbanísticos, invitó a la convocatoria por sms de una manifestación, el pasado fin de semana, bajo el espíritu de ‘¡basta ya!’ Acudieron tan sólo 4 personas a la cita de San Bartolomé y acabaron tomando café.

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viernes, 05 de junio de 2009 - 20:44

El histórico discurso de Obama en la Universidad de El Cairo es un giro copernicano en las relaciones internacionales. La mano que tiende al Islam el inquilino de la Casa Blanca imprime a su mandato un estilo definitivo de concordia, que es el que impregnaba la fama de que llegó precedido a la presidencia del país más poderoso del mundo. Lejos de la excesiva visión planetaria de Leire Pajín (que convocó a “los seres humanos” al alineamiento astral de dos líderes en enero de la talla de Obama en EE.UU. y Zapatero en su semestre al frente de la UE), qué duda cabe que para España toda connivencia con la diplomacia exterior norteamericana hacia zonas calientes como la región de Oriente Medio, permite albergar esperanzas de solución para otros conflictos empantanados, que nos tocan de cerca a los canarios, como el Sáhara, en peligrosa deriva a este lado de la franja africana noroccidental, a medida que pasa el tiempo y el referéndum de autodeterminación sigue sin celebrarse.

En vísperas de las elecciones europeas de este domingo, el discurso invita a tender puentes trasatlánticos entre la UE y EE.UU ante la próxima cumbre del G-20, en septiembre, en Pensilvania. La inequívoca vocación de Obama de resolver el contencioso israelo-palestino, llamando a las cosas por su nombre y desmitificando el atávico respaldo de EEUU a los intereses de Tel Aviv, fruto de la influyente presión de los lobbies y think tanks judíos hasta ahora, confirma su condición de líder de un mundo dispuesto a cerrar los capítulos negros de la historia reciente y, aprovechando que la crisis económica parece concluir en efecto una etapa de desmesura y codicia (también imperialista y multinacional bajo el disfraz de la globalización), inaugurar, por fin, un siglo que habrá que volver a empezar por el principio.

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miércoles, 03 de junio de 2009 - 16:35

Se da la circunstancia de que la Unión Europea (UE) nace el mismo año que el que suscribe, 1957. De ahí que mi generación nació con Europa y los tratados de Roma bajo el brazo como la famosa locución del pan. En este medio siglo, el Parlamento Europeo ha ido adquiriendo competencias y prestigio, desde una institución que en los años 70 era un cementerio de elefantes sin mayor contenido. Aquella fama de círculo de holgazanes en retirada es uno de los peores estigmas que ha arrastrado la institución hasta hoy, sin lograr desmentir s caricatura.

Hoy es una cámara con competencias nada desdeñables, que ha ido adquiriendo capacidad legislativa como todo parlamento democrático que se precie y que tiene la función de aprobar los presupuestos anuales de casi 500 millones de ciudadanos. Es cierto que La UE es un paquidermo perezoso que no acaba de cuajar como proyecto político capaz de tener una sola voz en materias económica, exterior y de defensa. Pero basta repasar sus progresos, aun a paso de tortuga, de estas cinco décadas para darnos cuenta de que, con todo, con el reloj de las ampliaciones parado, con el Tratado de Lisboa en el congelador y con la crisis propagando la aluminosis financiera y económica con riesgo para la propia estabilidad, Europa es un hecho consumado, un viaje sin retorno hacia el futuro, que cada día será menos un futuro de los estados y más un futuro de los europeos.

España tiene la suerte de contar con europeístas de dilatada experiencia y reconocimiento, como Javier Solana, llamado a sentarse próximamente en la Comisión con una vicepresidencia solvente y labores de ministro de asuntos exteriores. (Por cierto, que, de optarse por Solana como el hombre de España en Europa, Zapatero deberá renunciar a la plaza de comisario que ahora ostenta Almunia y a la que aspira Juan Fernando López Aguilar. En ese caso, el cabeza de la lista europea del PSOE optaría a uno de los dos períodos de la presidencia del Parlamento Europeo que suelen repartirse el PPE y el PSE conservadores y socialistas, o, por último, a la no menos relevante presidencia del grupo parlamentario socialista en la Eurocámara.)

A los canarios nos importa, y mucho, Europa, aunque no lo parezca. Del 92 a esta parte se escribe nuestro idilio europeo (que es, si se quiere, un idilio por interés, pero que hunde sus raíces en una tradición comercial anterior a la propia adhesión española), o sea, del Tratado de Maastricht al de Amsterdam, con el célebre artículo 299.2, que a los periodistas se nos quedó grabado como un latiguillo, porque sentó las bases de nuestro status permanente y de nuestra condición de Región Ultraperiférica (RUP), hoy consagrada como una conquista jurídica de primer orden en el nuevo Tratado de Lisboa, que entrará en vigor previsiblemente en enero de 2010, si Irlanda rectifica y ‘donde dije digo, digo Diego”.

En el primer semestre de ese año preside España la UE, y Canarias, en paralelo, continuará para entonces al frente de las RUP. Todo hace suponer que las islas tendremos en tales fechas cierto protagonismo paneuropeo. No hemos depositado nunca mucha fe en que algún día seamos capital cultural europea (o sede de expo como sugieren jóvenes artistas y emprendedores para el 2023), pero cabe confiar en que sí se nos concederá algún papel de puente con África, como parece elemental en coherencia con las ideas del propio gobierno de Zapatero.

Una ciudad aislada no va a ninguna parte, ha dicho Jerónimo Saavedra en una reciente conferencia, en la que habló de la suya, Las Palmas de Gran Canaria, como “una ciudad de mar, creativa y abierta al mundo”. Ése es el ideario, no sólo de ciudad, sino de isla y archipiélago que albergamos los canarios mirando a Europa. Eso es lo que queremos ser y en parte ya somos. Para no ser lo que no queremos: un pueblo aislado. Y eso es, en resumidas cuentas, lo que se decide este domingo.

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martes, 02 de junio de 2009 - 16:50

Pasó por la isla Youssou N’Dour, que es un embajador volante de África allá por donde va. Y cantó en la plaza Alisios del Auditorio de Santa Cruz sus pegadizas canciones de pop mbalax en wolof. Cantó a ‘mamá África’, bailó sobre el escenario como un senegalés fiel a sus orígenes y celebró de la mano los días de África y de Canarias, en un acto inédito de hermandad que consagraba un idilio pendiente entre las dos orillas. Hemos vivido largamente de espaldas a África, desistiendo de una proximidad que no nos alejaba de Europa, como saltar a América, siendo una odisea, se nos hizo familiar en siglos anteriores y, sin embargo, seguíamos comerciando con los puertos de Europa y haciendo nuestras rutas directas para enviar los tomates al Canary Wharf londinense antes de que España ingresa en la entonces CEE.

El cantante africano –uno de los cien personajes más influyentes del mundo para la revista Time, invitado a cumbres del G-8 e interlocutor de jefes del Estado- hizo algo que convierte su estancia en Canarias en una escala especial: se entrevistó formalmente con el presidente de esta comunidad, Paulino Rivero, y no habló de música, sino de desarrollo, de inversiones, de microcréditos (como los que él fomenta a través de su fundación, ‘Mutua de Crédito Birima’ con ayuda financiera de Benetton: entre 300 y 500 euros por persona), hizo honor al título de uno de sus discos, ‘Rokku mi Rokka’ (‘dar y recibir’) para rechazar las ayudas entre gobiernos que, disfrazadas de limosnas, derivan en corrupción, abogó por la iniciativa privada, y ambos convinieron en la necesidad de que Dakar se dote de un canal de televisión con corresponsales que trasmita a la sociedad local la vida real de los emigrantes de la diáspora europea.

Se celebrará, previsiblemente, una cumbre cultural de África y Canarias y se estrecharán los lazos entre dos pueblos que apenas se conocen, salvo por las tragedias que trascienden de las travesías en cayucos. Hacía dos meses de cayucos en blanco cuando este embajador de Unicef y de la Fao nos conquistó con su música en la bahía santacrucera. Esperamos ver más a menudo a este intérprete icono de una nueva era de despegue de un continente que hemos maltratado desde el lenguaje tildándolo de tercer mundo cuando sus recursos y talentos lo emplazan a vivir mejores tiempos en el futuro. El Nobel nigeriano Wole Soyinka suele lamentarse de que los mejores cerebros de África se van en cayuco. Youssou N’Dour libra una batalla personal para que los jóvenes se queden.

No es ya que ésta sea la hora de Obama, Mandela y Youssou N’Dour, es que el porvenir está en África, en el Senegal del poeta Leopoldo Sedar Senghor, amigo de Pedro García Cabrera, donde los canarios que van regresan contando que es un país para ir a trabajar y vivir. Ya ven, paradojas de dos culturas. Estos días de vísperas de elecciones europeas, África como oportunidad es una lección que en Europa, España y Canarias tenemos ya bien aprendida. Los últimos reveses del paro en mayo nos recuerdan que nos tenemos que poner las pilas y saltar por encima de viejos prejuicios. África, como América y Europa, es parte de nuestra geografía y de nuestra economía.

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