La explosión de júbilo, casi de ecumenismo futbolístico, que hemos vuelto a presenciar en todas las latitudes al término del partido Barcelona-Manchester de Roma, nos lleva a reflexionar sobre el alcance, tantas veces infravalorado por la izquierda española y europea (no así latinoamericana) que tiene un deporte que consiste en meter un balón en una portería. Volver al primitivo sentimiento de la victoria amenazada por el riesgo persistente del fracaso (algo que explica nada menos que el sentido de la vida) es como regresar a la niñez dando patadas a una pelota en la esquina del barrio. El mundo de Pep es el de todos los niños y mayores en tiempo de una crisis mundial que nos derrota de antemano. Es el espíritu del triunfo que tenemos olvidado en el ámbito personal, bajo los zarpazos de la economía.
En otra época, el binomio pan y fútbol funcionaba a modo de receta balsámica para ignorar las inclemencias de posguerra; ahora, toca fútbol sin pan, qué se le va a hacer. Pero las emociones, que no engañan al estómago todo el tiempo, son, no obstante, valiosas en cualquier circunstancia; mucho más, en éstas. Cuenta el periodista inglés John Carlin, en su hermoso libro ‘El factor humano’ (pronto en el cine, con Morgan Freeman de protagonista), que Mandela logró reconciliar a blancos y negros en Sudáfica gracias a la final del Mundial de Rugby que organizó en su país en 1995, cuando tan sólo llevaba un año al frente del gobierno tras una dilatada reclusión bajo el látigo del apartheid. Mandela, Nobel de la Paz, conoció el valor de la pasión en la grada y en la calle, en el 92, en España, y aplicó el método para poner fin al cainismo racial sudafricano, donde los negros odiaban el rugby y la camiseta verde de la selección nacional hasta el día que junto a los blancos defendieron el orgullo de ser campeones del mundo, en una prórroga contra todo pronóstico frente a Nueva Zelanda.
Vimos a Pedrito, un canario en medio de la fiesta más importante del fútbol ese día en todo el planeta, sustituir a Iniesta en el último minuto de la final de la Liga de Campeones y sentimos que, de pronto, en ese momento se estaba contradiciendo uno de los mayores y peores complejos que hemos ido contrayendo y nos han ido infundiendo a lo largo de nuestra historia: el complejo de inferioridad. Viva el fútbol que no sólo nos emociona y une por encima de razas e ideologías, sino que también nos reconcilia con nosotros mismos.