Desde la antigua Roma, en carnavales irrumpe el espíritu travieso y mordaz de ese dios pagano de la burla inmisericorde llamado rey Momo, justo el cariñoso apelativo de Jerónimo Saavedra, el autor de las polémicas declaraciones a la Televisión Canaria en las que pidió la dimisión del ministro Bermejo. En el programa ‘El Envite’ del jueves me tocó hacerle la pregunta obligada sobre la cacería. El episodio es pintiparado para una letra de murga o una parodia en la gala que levante chispas. El propio Saavedra calificó la montería de “numerito”. La crítica de Jerónimo, como disfrazado de rey Momo del Carnaval, usa con el ministro Bermejo la irreverencia murguera, que es como echarle una cana al aire al año al partido.
En el revuelo nacional de sus declaraciones y en la reacción de la Moncloa tras el Consejo de Ministros, se ignoró la atenuante del contexto festivo en que habló ante las cámaras, vísperas de la gala de la reina del Carnaval de piratas de Las Palmas, la ciudad de la que es alcalde. Saavedra opinó que el ministro debería dimitir y se convirtió en noticia nacional. ¿Profanó la disciplina de partido?, sí, pero también honró la ética de partido, antes que la cinegética, que a cualquiera repele viendo las fotos de los venados abatidos alineados en el suelo.
Lo de Bermejo y Garzón cazando juntos en mala hora, porque coincide con la instrucción del juez de un caso de corrupción en el entorno del PP, es evidente que no es más que un pecado de amistad, una metedura de pata, pero el acto de mal gusto es imaginarles con la escopeta apuntando a un ciervo que asoma entre los arbustos, como escribía el domingo Manuel Vicent, en su columna de El País. La declaración de Saavedra rebotó en los telediarios de todo el país como un exabrupto, un exceso de discrepancia interna de un alcalde librepensador, que, agitando un palitroque con la cabeza de muñeco de Bermejo en la punta, hablaba en medio de un Carnaval, conciente o no de ser el rey Momo de la política canaria.