Como ya es febrero, nos cabe el consuelo de poder decir que hemos dejado un mes atrás. Y ya queda menos. En Davos, donde cantantes pops como Bono, de U2, y estrellas de Hollywood, se ausentaron dejando paso esta vez a artistas chinos y de Bollywood, los dirigentes, estadistas y empresarios han procurado hablar sin mirarse a la cara para mentir sin ponerse colorados. Davos es una estación alpina suiza donde regularmente los popes del capitalismo se reunían para brindar por el triunfo del modelo hegemónico tras la caída del muro de Berlín y el descalabro comunista.
Ahora, que la mayor crisis económica en más de medio siglo, trastoca las esencias privatizadoras del ultraliberalismo de occidente y abre una tercera vía de socialismo de choque que nacionaliza bancos y pronto hasta colegios, los señores del capital han vuelto a su cita anual cabizbajos, temiendo lo peor. La cumbre coincide con las primeras revueltas en la calle por el caos económico. Estas primeras huelgas y manifestaciones del descontento, que hemos visto en París e Inglaterra, son, a juicio, de la ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, el preludio de que “la crisis puede desembocar en disturbios sociales”. En Argentina, cuando hace diez años sacudió al país una recesión local desmesurada tras las alegrías del gobierno de Menem, De la Rúa accedió al poder con medidas impopulares que desembocaron en el ‘corralito’ (restricción de los depósitos bancarios) y en un estallido social. La ministra francesa de Economía advirtió ahora en Davos de un fenómeno semejante a escala mundial. En Inglaterra, la huelga de los trabajadores de las refinerías trata de evitar la contratación de mano de obra extranjera, bajo el lema ‘Empleos británicos para los trabajadores británicos’. El propio primer ministro laborista Gordon Brown sucedió a Tony Blair con la promesa de priorizar el trabajo para los nativos, pese a que en toda la Unión Europea (Inglaterra, incluida) rige el principio de ‘libre circulación de mano de obra’. Gordon Brown paseaba por Davos con la cabeza agachada, desbordado por este conflicto que recuerda el volcán sindical de la recesión inglesa de los años 70 y el doble lenguaje de negar el proteccionismo de puertas afuera para salir de la crisis y practicarlo sin pestañear de puertas adentro, como hará con las escuelas privadas en la ruina.
Este debate inglés sobre el patriotismo laboral nos remite a Canarias, donde el gobierno autónomo de Paulino Rivero propone la preferencia del trabajador residente frente al extranjero a la hora de ocupar un puesto de trabajo. Es un eje de la estrategia de empleo del pacto entre nacionalistas y populares que no comparte la oposición socialista insular, pese a que en España el propio ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, es partidario de la misma política, ‘trabajo para los españoles’, más radical que la sugerida desde las islas, ‘trabajo para los residentes’ (sean o no canarios, sean o no españoles, sean de donde sean si viven aquí con sus familias). Son las paradojas del pandemónium político del archipiélago, una sociedad en bancarrota como la economía, donde los dirigentes se han quitado el habla y rebuznan por sistema, contrariados sin remedio, como si el modelo de convivencia política de las islas se hubiera despeñado y todos los intentos por detener la caída fueran inútiles.
En un artículo contracorriente publicado este domingo en el diario El País (página 7), Moisés Naím enumera ‘cinco razones para el optimismo’, tras el desalentador cónclave de Davos y el diagnóstico de los gurús de que la crisis va para largo. Una de esas razones es que aparecerán, necesariamente, otros, nuevos y mejores líderes. No podemos en Canarias haber caído más bajo con el desencuentro visceral de las principales fuerzas políticas. Si la derecha y el nacionalismo viven horas de desconcierto y necesitan una urgente catarsis, la izquierda, descarrilada, parece ajena al reloj de la crisis que cada hora que pasa destruye empleo y siembra un crash político, que amenaza la seguridad y el funcionamiento de las instituciones, no sólo en las islas, sino en todo el país. A causa de esa ceguera, vemos cómo cualquier tuerto se hace rey.