Estoy de mudanzas (casi a tono con 2009 y con esto que llamo, ficticia o presuntuosamente, nuevo siglo con ocho años y veinte días de retraso, a partir de la toma de posesión de Obama –Whitman-, salvando las distancias de mi traslado respecto al suyo a la Casa Blanca) y rescato, en el trasvase, libros que había dado por perdidos, como tres Monterrosos de bolsillo, joyitas básicas de esencia pura de lectura única (‘Obras completas y otros cuentos’, ‘Movimiento perpetuo’, y ‘La oveja negra y demás fábulas’). Declaro mi admiración prolongada por este autor breve (el monumento al género, de sobra conocido, es su célebre cuento de siete palabras y una coma decisiva: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, que sostengo que fue aval suficiente para que le dieran en 2000 el Premio Príncipe de Asturias, que ningún canario ganará si no se muda –hoy toca mudanza- a vivir y medrar a Madrid, dicho sin malicia). Monterroso, guatemalteco, sin llegar a enteco, era como sus textos de poco empaque, un hombre corto y exacto, y genio. Salgan corriendo a leerlo, y no se lo despachen de un plumazo, tentados por su brevedad engañosa, que hay tela que cortar en cada párrafo de este clásico de clásicos (los leía como uno entre ellos, siéndolo, y de ahí que opinaba que “un escritor no es nunca él mismo hasta que comienza a imitar libremente a los demás”). Y después, o antes incluso, si les apetece, escriban microrrelatos con que inundar este blog y todos los que se pongan por delante.
A eso invita Augusto Monterroso, al que El País dedicó una obra espléndida en su colección ‘Clásicos del siglo XX’, en 2003, con este título, ‘Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio’, una maravilla. Les podría citar todos (no son muchos, en total) los grandes libros que he leído con delicia de este autor bajito. Libros de su cosecha y libros de conversaciones con él, como ‘Viaje al centro de la fábula’ (placer en sumo grado). Los escritores (que ‘semos’, si dejan que me incluya, bastante adanistas, deben leer sus páginas todas, que ya digo que no son tantas, pero cunden, y aprender de un maestro sin segundas. Ideó un ‘decálogo del escritor’. Reproduzco algunos consejos jugosos para literatos timoratos: “Cuando tengas algo que decir, dilo, cuando no, también. Escribe siempre”; “Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras”; “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto…” Heredero fabuloso de fabulistas de toda época, leyó con interés al paisano Tomás de Iriarte (su versión de ‘El Burro y la Flauta’, apenas dos párrafos, darían para un coloquio sobre feminismo, sobre arte y azar, sobre cultura y multiculturalismo, sobre el amor, sobre la amistad, así era y es, en su laconismo, una de las grandes voces de la literatura en nuestro idioma) ¿Un pecado? Dos, no haber leído nunca a Monterroso ni a Borges.
(El 21 de febrero es el Día de las Letras Canarias. Así que pronto toca hablar de Mercedes Pinto, saber por qué, quién es y fue esta gran ausente que vuelve.)